Lucian Kraxter regresó a Draxcan al amanecer del día siguiente, con Fénix volando a tal velocidad que sus alas parecían dos llamaradas gemelas recortadas contra el cielo gris del amanecer. La capital estaba irreconocible: las calles que habitualmente bullían de actividad estaban ahora desiertas, salvo por las columnas de soldados que marchaban hacia el sur y los carros de suministros que serpenteaban hacia las puertas de la ciudad. Las mujeres y los niños habían sido evacuados a los refugios subterráneos, y los ancianos que no podían luchar se habían encerrado en sus casas, atrancando las puertas con muebles y tablones. El olor a humo de las fraguas —que trabajaban sin descanso forjando armas— se mezclaba con el aroma de la resina de las antorchas y el sudor de los caballos. Era el olor de la guerra. Un olor que Lucian conocía bien, pero al que nunca se acostumbraría.
Aterrizó en el patio del castillo, donde los dragones de la Academia se preparaban para la batalla. Luz, Nocturno, Bosque y Zafira estaban allí, junto con los seis dragones jóvenes y sus jinetes. También estaban las siete wyvern del Refugio de Krakator —incluyendo al macho alfa—, que habían sido trasladadas a la capital ante la inminencia del ataque. Krakator, encadenado con grilletes mágicos por precaución, emitía un gruñido grave que vibraba en las losas del patio. Ascua, más dócil, se acurrucaba junto a él, con sus ojos inyectados en sangre fijos en los dragones que la rodeaban.
—Lucian —Kael corrió hacia su hijo en cuanto lo vio desmontar de Fénix. Su rostro reflejaba alivio y preocupación a partes iguales—. Has vuelto.
—Te dije que volvería. —Lucian abrazó a su padre—. ¿Cómo está la situación?
—Mal. Los exploradores informan que el ejército de Varkhar está a menos de un día de marcha. Son al menos cincuenta mil hombres, con máquinas de asedio y dragones de guerra. Hemos conseguido reunir unos quince mil soldados, más los refuerzos que Alariel ha enviado desde Lythara.
—¿Quince mil contra cincuenta mil? —Lucian palideció—. Son muchas probabilidades en contra.
—Lo sé. Pero no vamos a luchar en campo abierto. Los interceptaremos en el valle de Torheim, donde el terreno es estrecho y nuestras líneas serán más difíciles de flanquear. Además, contamos con los dragones. Y con las wyvern.
—Krakator no está entrenado para la batalla. Es impredecible.
—Lo sé. Pero confío en que tú puedas controlarlo.
—¿Yo? —Lucian parpadeó—. Padre, apenas he conseguido que me respete. No sé si me obedecerá en combate.
—Pues tendrás que averiguarlo. —Kael le puso una mano en el hombro—. Porque vamos a necesitar toda la ayuda posible.
Lyssara llegó en ese momento, con Elyse en brazos. La niña, que ya tenía casi un año, agitó sus manitas al ver a su hermano y emitió un gorjeo de alegría.
—Has vuelto —dijo Lyssara, abrazándolo con cuidado de no aplastar a Elyse—. ¿Encontraste a la chica?
—Sí. Se llama Alyssandra Vaelthorne. Es... complicada.
—Todas las mujeres lo somos. —Lyssara sonrió—. ¿Vas a volver a verla?
—No lo sé. Ahora mismo, la prioridad es la batalla.
—Eso es muy maduro.
—Lo aprendí de ti.
—Y de tu padre. —Lyssara le acarició la mejilla—. Lucian, quiero que sepas que estoy orgullosa de ti. Pase lo que pase hoy, recuerda eso.
—Madre, no voy a morir.
—No he dicho que vayas a morir. Sólo he dicho que estoy orgullosa.
—Es lo mismo.
—No. Es diferente. —Lyssara le dio a Elyse, y Lucian tomó a su hermana en brazos. La niña le agarró el dedo con fuerza, como siempre hacía—. Cuida de tu hermana. Y cuida de ti mismo.
—Lo haré. Te lo prometo.
En ese momento, Talaida llegó al patio. Había decidido regresar con Lucian en lugar de quedarse en Lythara, argumentando que su magia sería más útil en el campo de batalla que en la retaguardia. Llevaba su túnica de batalla, una armadura ligera reforzada con sortilegios, y su grimorio flotaba a su lado.
—He estado hablando con Ysilla —dijo, sin preámbulos—. Varkhar está usando máquinas de asedio nuevas. Algo que llaman "escorpiones de fuego". Son catapultas modificadas que lanzan proyectiles incendiarios a larga distancia.
—¿Cuál es su alcance? —preguntó Kael.
—Al menos media milla. Pueden disparar por encima de las líneas de infantería y alcanzar a los dragones en vuelo.
—Eso es un problema. —Kael frunció el ceño—. Si no podemos acercarnos lo suficiente para atacar sus máquinas, nuestra ventaja aérea se verá neutralizada.
—Por eso necesitamos una estrategia —intervino Lyssara—. Dividir nuestras fuerzas. Atacar desde múltiples flancos a la vez.
—Eso es arriesgado.
—Menos arriesgado que volar en línea recta hacia una lluvia de fuego.
—Cierto. —Kael desplegó un mapa sobre una mesa improvisada—. Muy bien. El valle de Torheim tiene tres entradas. La principal, aquí, es un desfiladero estrecho donde podemos contener a su infantería. Las otras dos, aquí y aquí, son pasos de montaña más anchos. Si enviamos dragones por esos flancos, podremos atacar sus máquinas de asedio por sorpresa.
—Yo iré por el flanco norte —dijo Lucian—. Con Fénix y las wyvern.
—Yo iré por el sur —dijo Lyssara—. Con Nocturno y los dragones jóvenes de la Academia.
—Yo me quedaré en el centro —dijo Kael—. Luz y yo mantendremos la línea principal.
—¿Y nosotros? —preguntó Gerik, que acababa de llegar con Bosque.
—Vosotros, la infantería. Gerik, liderarás a los soldados en el desfiladero. Mantened la formación el mayor tiempo posible. Si el enemigo rompe nuestras líneas, retiraos hacia el norte. Allí os cubriremos desde el aire.
—Entendido.
—¿Y yo? —preguntó Talaida.
—Tú te quedarás con la infantería. Tu sortilegio de contención podría ser decisivo si conseguimos inmovilizar a sus dragones.
—De acuerdo.
—Entonces, pongámonos en marcha. La batalla nos espera.
El ejército de Draxcan partió hacia el valle de Torheim al mediodía. Eran quince mil soldados en total: diez mil de infantería, tres mil arqueros —la mayoría elfos de Lythara— y dos mil jinetes. Los dragones volaban en formación sobre ellos, proyectando sombras alargadas sobre los campos. Las wyvern, con Krakator al frente, volaban en una formación aparte, manteniendo las distancias con los dragones por precaución.