The War of Continents: Las Llamas de Varkhar

Capítulo V: La Ofensiva Aliada

La semana que siguió a la batalla del valle de Torheim fue un torbellino de actividad diplomática, militar y logística. Draxcan, que apenas unos días antes se preparaba para un asedio, se había transformado en el cuartel general de una contraofensiva sin precedentes. Los heraldos recorrían las calles pregonando las órdenes de movilización; los cuarteles se llenaban de nuevos reclutas que llegaban de todos los rincones del reino; los astilleros del puerto trabajaban sin descanso reparando los barcos dañados durante la batalla y construyendo otros nuevos. La alianza de los ocho reinos, puesta a prueba una vez más, demostraba una resiliencia que sorprendía incluso a sus propios líderes.

Kael Kraxter había establecido su puesto de mando en la sala de guerra del castillo, donde pasaba dieciocho horas al día revisando mapas, recibiendo informes y reuniéndose con los representantes de los reinos aliados. Las ojeras que surcaban su rostro eran cada vez más profundas, pero su determinación no flaqueaba. Había aprendido, después de tantos años de guerra, que el agotamiento era un lujo que no podía permitirse.

—La flota de las Islas del Alba ha aceptado unirse a la ofensiva —informó Aren aquella mañana, desplegando un mapa naval sobre la mesa—. El almirante Kaelen aportará treinta galeras de guerra y diez transportes de tropas. Suficiente para desembarcar un ejército de cinco mil hombres en la costa de Varkhar.

—¿Cinco mil? —preguntó Gerik, que asistía a la reunión con el brazo aún vendado—. Eso no es suficiente para invadir un continente.

—No vamos a invadir —respondió Kael—. Vamos a atacar sus líneas de suministro. Sus puertos. Sus astilleros. Si conseguimos interrumpir su capacidad de mover tropas y recursos, los obligaremos a negociar.

—Eso asumiendo que quieran negociar —dijo Lyssara, que estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados—. Rashan no es Derak IV. Es más astuto, más paciente. Preferirá sacrificar a la mitad de su imperio antes que admitir la derrota.

—Entonces tendremos que hacerle ver que la derrota es inevitable. —Kael señaló tres puntos en el mapa de Varkhar—. Estos son sus principales astilleros: Vorlagar, Puerto Drakar y Bahía de Alara. Si destruimos sus astilleros, no podrán reconstruir su flota.

—Eso requeriría una operación coordinada —dijo el almirante Kaelen, que había acudido personalmente a la reunión—. Mis barcos pueden atacar Vorlagar y Puerto Drakar, pero Bahía de Alara está demasiado al sur. Necesitaríamos dragones.

—Yo puedo ir —dijo Lucian, que estaba sentado en un rincón de la sala con Fénix acurrucado a sus pies. El dragón rojo, completamente recuperado de sus heridas, emitía un resplandor carmesí que iluminaba débilmente los mapas—. Las wyvern de Krakator necesitan entrenamiento en combate real. Esta es una buena oportunidad.

—Es demasiado peligroso —dijo Lyssara—. Bahía de Alara está fuertemente defendida. Tienen al menos una docena de escorpiones de fuego.

—Los escorpiones de fuego son lentos. Fénix es rápido. Podemos entrar y salir antes de que sepan lo que ha pasado.

—Lucian tiene razón —intervino Talaida, que estaba sentada junto a él—. He estado estudiando los informes de inteligencia. Los escorpiones de fuego son devastadores contra formaciones cerradas, pero ineficaces contra objetivos rápidos y pequeños. Si Lucian y yo atacamos de noche, con las wyvern, podremos destruir los astilleros antes de que las defensas reaccionen.

—Eso es muy arriesgado —dijo Kael.

—Lo sé. Pero es la mejor opción. —Talaida lo miró fijamente—. Kael, confía en nosotros. Lucian no es un niño. Es un Nexo. Y yo no soy una simple maga. Soy una Rosmar.

—Eso no lo hace menos peligroso.

—No. Pero lo hace más probable.

Kael guardó silencio unos segundos. Luego, lentamente, asintió.

—Está bien. Lucian y Talaida liderarán el ataque a Bahía de Alara. Gerik y yo atacaremos Puerto Drakar con la flota principal. Lyssara y Ysilla se encargarán de Vorlagar.

—¿Y yo? —preguntó Alyssandra, que estaba de pie junto a la puerta. Había asistido a la reunión como observadora, por invitación de Lucian, y aunque no tenía rango oficial, su presencia se había vuelto habitual en las reuniones del Consejo.

—Tú te quedarás aquí —dijo Kael—. Defendiendo la capital.

—No. —Alyssandra dio un paso al frente—. Quiero ir con Lucian.

—Alyssandra...

—Majestad —lo interrumpió ella, con un respeto que suavizaba su firmeza—, he entrenado toda mi vida para luchar. No me he pasado años golpeando un poste de madera para quedarme en la retaguardia mientras otros mueren por mí. Si Lucian va a Bahía de Alara, yo iré con él.

—Eso es muy valiente —dijo Lyssara—. Pero también es muy impulsivo.

—Lo sé. Pero soy una Vaelthorne. Los Vaelthorne siempre han sido impulsivos.

Lyssara y Kael intercambiaron una mirada. Luego, Kael asintió.

—Está bien. Irás con Lucian. Pero bajo sus órdenes directas. Sin desviarte del plan.

—Trato hecho.

Aquella noche, Lucian y Alyssandra se encontraron en los jardines del castillo, junto al estanque donde Kael solía sentarse a contemplar las estrellas. Fénix y Silvan descansaban cerca, y Ascua, la wyvern domesticada, dormitaba en una rama de un roble cercano. La luna creciente se reflejaba en el agua, y el aire olía a jazmín y a tierra húmeda.

—Gracias por lo de hoy —dijo Lucian, sentándose en un banco de piedra—. Por insistir en venir conmigo.

—No lo hice por ti. Lo hice por mí. —Alyssandra se sentó a su lado—. Necesito demostrar que puedo luchar. Que no soy sólo la hija de un noble menor que sueña con ser guerrera.

—Ya lo has demostrado. En Torheim derribaste a siete Inmortales.

—Derribé a siete, sí. Pero eso no es suficiente. Quiero derribar a setenta. A setecientos. Quiero que mi nombre sea recordado.

—Eso es mucha ambición.

—Lo sé. Pero es lo que me impulsa. —Alyssandra lo miró—. ¿Tú no tienes ambición?




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