Logan
Hace dos minutos todo lo que quería era celebrar la victoria del equipo con Isabella. Ahora mismo, lo que quiero es ir hasta donde está América y lanzarla lo más lejos posible de nosotros, donde nunca más pueda encontrarnos.
Isabella se mantiene en silencio, pero yo necesito que diga algo. No quiero que todo lo que hemos trabajado hasta ahora se vaya a la mierda por culpa de esa mujer que no es más que una mentirosa en todo el sentido de la palabra.
Es por eso que no llevo a Isabella hacia donde están celebrando; busco el baño más cercano y entro con ella, encerrándonos en él. Ella suspira y se aleja de mí. Ese simple gesto hace que sienta como si me hubieran dado una patada en el vientre.
Puede que no haya sido el mejor hasta ahora y que quizás soy un idiota, pero quiero hacer las cosas bien por ella y por mi hijo. Estoy intentando por todos los medios mostrarle que soy más que el imbécil que se largó sin escucharla. No quiero que ambos cometamos los mismos errores del pasado.
—Isabella, ¿estás bien?
Cuando finalmente ella me mira, tiene los ojos rojos y en pasos rápidos me coloco frente a ella antes de que comience a llorar.
Isabella es una mujer con una coraza enorme, así que verla en un momento vulnerable me hace saber cuánto le afectó volver a ver a América, y no es para menos. Sé de primera mano lo mucho que Isabella la quería. Para ella, América era como una hermana, pero la realidad es que solo era alguien que intentaba quitarle todo lo que Isa tenía porque, al final, la envidia que sentía por ella era mayor que cualquier otra cosa. Quizás uno de mis mayores errores fue nunca comentarle nada a Isabella, porque yo si que sabía como era esa esa mujer. Sus sutiles insinuaciones, su manera de pegarse a mí, pero nunca la vi como algo más que la mejor amiga de mi novia.
—Nunca pensé que la niña con la que crecí me odiaría tanto, Logan —susurra—. Siempre me ha odiado y sé que debí hacerme a la idea de que esto pasaría si nos veíamos de nuevo, pero aceptarlo no es lo mismo. Duele mucho —susurra, yo la abrigo contra mi cuerpo y suspiro. —Y me siento mal porque estoy siendo muy sentimental cuando debería estar disfrutando tu triunfo. Porque sé que ella no merece mis lágrimas y porque tú mereces que en este momento esté feliz por ti, no por triste por una amitad que nunca fue real. —La aparto un poco y le tomo el rostro entre mis manos. Limpio sus mejillas húmedas y beso su frente.
—No me importa celebrar mi triunfo si tú no estás feliz —susurro—. Te quiero sentimental, en tus mejores y peores momentos. Estoy aquí contigo, Isabella, ya no estás sola. No debes ocultar tus lágrimas ni tus risas. Te quiero tal y como eres. —Ella me mira fijamente y quedo atrapado en sus ojos marrones.
Aun con las mejillas, la nariz y los ojos rojos por el llanto, es la mujer más increíblemente hermosa del mundo. Nunca nadie ha podido compararse con ella y quizás América se hizo una idea equivocada. Porque han pasado cinco años e Isabella sigue siendo la única mujer que reina en mi corazón. Nunca habrá nadie más que ella.
—Logan —Surrura consternada y es oír eso y agacharme para besarla, sintiendo cómo todo explota dentro de mi pecho, una emoción que ninguna otra persona será capaz jamás de igualar.
Ella me corresponde al instante, aferrándose a mi camiseta como si necesitara algo sólido a lo que sujetarse. La beso despacio, sin prisas, intentando transmitirle aquello que no sé poner en palabras. Porque hay cosas para las que nunca he sido bueno. Pedir perdón. Explicar lo que siento. Decir lo que pasa por mi cabeza sin arruinarlo en el proceso. Pero besarla siempre ha sido fácil. Siempre ha sido ella.
Cuando nos separamos, apoyo mi frente contra la suya y cierro los ojos durante unos segundos. Puedo sentir cómo su respiración poco a poco recupera la normalidad.
—No voy a dejar que vuelva a hacerte daño. —Ella suspira.
—Logan...
—Lo digo en serio.
—No puede hacerme daño si no se lo permito.
Abro los ojos y la observo. Ahí está otra vez, la Isabella que conozco. La que se rompe durante unos minutos y luego vuelve a levantarse porque la vida la obligó a aprender a hacerlo sola.
—Quizás no —admito—. Pero tampoco voy a quedarme de brazos cruzados si intenta algo.
—No necesito que me rescates.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme como si estuviera hecha de cristal. —Una sonrisa se me escapa.
—No te miro así.
—Claro que sí.
—Te miro como alguien que acaba de pasar un momento de mierda. —Ella rueda los ojos y por primera vez desde que entramos aquí parece un poco más relajada.
—Voy a estar bien.
—Lo sé. —Y es verdad.
Lo sé porque Isabella siempre encuentra la manera de salir adelante. Lo hizo cuando creyó que jamás volvería a verme. Lo hizo cuando tuvo que criar sola a nuestro hijo. Lo hizo cuando el mundo parecía empeñado en ponerle obstáculos. Lo que pasa es que ahora no quiero que tenga que hacerlo sola. Mis dedos apartan un mechón de cabello de su rostro y ella me observa en silencio.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Solo di lo que pienas, a veces eres muy necio.
—Eso dicen todos.
—Porque es verdad. —Una pequeña risa abandona mis labios y niego con la cabeza.
Me mantengo en silencio porque sé que hay una palabra que me quema el pecho, pero ella todavía no está preparada para escucharla y no quiero que salga corriendo, es por eso que simplemente pego mi frente a la suya. Durante unos segundos ninguno dice nada. Afuera todavía se escuchan gritos, música y voces celebrando la victoria. Seguramente el equipo ya está preguntándose dónde demonios me metí.
—Deberías volver con los demás —dice finalmente.
—No tengo prisa.
—Acabas de ganar el partido más importante de la temporada.
—Y aun así prefiero estar aquí. —Sus mejillas adquieren un ligero tono rosado y tengo que contener una sonrisa.