Isabella
Salir de la casa resulta mucho más difícil de lo que imaginaba. Apenas Richard abre la puerta principal, el ruido me golpea de lleno. Los gritos llegan desde todos los frentes, los destellos de las cámaras me obligan a entrecerrar los ojos y, en cuestión de segundos, los periodistas comienzan a avanzar hacia nosotros hasta donde la seguridad se los permite. Nunca había visto tantas personas reunidas en un mismo lugar, todas queriendo una respuesta, una reacción o una imagen que alimentar durante el resto del día. Instintivamente doy un paso hacia atrás, pero la mano de Logan se aferra a la mía antes de que pueda hacerlo.
—¡Logan! ¿Es cierto que ocultó a su hijo durante años!
—¡Isabella! ¿Agredió a Kitty por celos!
—¡¿Van a despedirlos del equipo?!
—¡¿Desde cuándo mantienen una relación?!
Las preguntas llegan una detrás de otra sin darme tiempo siquiera de procesarlas. Mi respiración comienza a acelerarse mientras observo los micrófonos estirarse hacia nosotros y las cámaras enfocarnos desde todos los ángulos posibles. Nunca había estado frente a algo así. Yo era la enfermera auxiliar que caminaba por los pasillos con un expediente entre las manos, la que atendía lesiones y desaparecía detrás de la puerta de la enfermería. No estaba hecha para esto. No estaba preparada para convertirme, de un día para otro, en el centro de atención de todo el país.
Logan no responde absolutamente nada. Solo continúa caminando con una calma que me resulta imposible comprender, manteniéndose siempre entre los periodistas y yo, como si incluso en medio de ese caos su cuerpo siguiera siendo una barrera para protegerme. Richard y Diana avanzan unos pasos delante de nosotros, mientras Isaac camina a mi otro lado con una expresión tan seria que cualquiera pensaría dos veces antes de acercarse demasiado. Aun así, los gritos continúan persiguiéndonos hasta que finalmente llegamos al vehículo.
La puerta se cierra detrás de nosotros y el silencio del interior me golpea con la misma fuerza que el bullicio de hace apenas unos segundos. Mi pecho sube y baja demasiado rápido, siento las manos temblarme sobre las piernas y tengo la desagradable sensación de que todavía puedo escuchar el sonido de las cámaras disparándose una tras otra. Trago saliva intentando controlar el nudo que aprieta mi garganta, pero es inútil. No puedo dejar de pensar que eso solo fue la entrada de la casa. Todavía falta llegar al estadio.
Nadie habla durante varios minutos. Richard conduce concentrado en el camino, Diana acaricia distraídamente mi rodilla como si supiera exactamente lo cerca que estoy de romperme y Logan no ha soltado mi mano desde que subimos al coche. Miro por la ventana viendo cómo algunos vehículos disminuyen la velocidad para intentar reconocerlo, cómo más de una persona levanta el teléfono para grabarnos al pasar y siento que el aire vuelve a faltarme. Nunca imaginé que enamorarme de la estrella del hockey pudiera cambiar mi vida de una forma tan brutal.
Cuando el estadio aparece frente a nosotros, mi estómago termina de encogerse. Hay todavía más periodistas esperando detrás de las vallas y varias cámaras apuntan directamente hacia la entrada por donde debemos pasar. Bajo la mirada intentando reunir un poco de valor, pero antes de que pueda abrir la puerta, Logan toma mi mentón con una delicadeza que logra detener por completo el caos que tengo en la cabeza.
—Mírame, Isa. —Obedezco casi de inmediato. Sus ojos permanecen fijos en los míos, tranquilos, transmitiéndome una seguridad que desearía sentir por mí misma. —No tienes que hacer esto sola —murmura sin apartar la vista de mí—. Pase lo que pase ahí dentro, no voy a soltarte la mano. Se acabó el tiempo en el que enfrentabas todo por tu cuenta. Ahora somos tú y yo... contra cualquiera.
No me da tiempo a responder, Logan acorta la poca distancia que nos separa y une sus labios con los míos en un beso lento, profundo, uno que consigue apagar durante unos segundos el ruido del exterior. Mis dedos se aferran a la tela de su camisa y cierro los ojos dejándome envolver por él. No desaparecen el miedo, la incertidumbre ni el pánico, pero sí la sensación de estar completamente sola. Cuando el beso termina, nuestras frentes permanecen unidas unos segundos más.
—Gracias —susurro con suavidad.
—¿Lista? —pregunta con una pequeña sonrisa.
Respiro hondo, aprieto con fuerza su mano y, aunque todavía siento el corazón golpeándome con violencia contra el pecho, asiento. Porque tiene razón. Ya no soy solo yo contra el mundo. Ahora somos nosotros.
Los gritos son aun mayores cuando bajamos y gracias a la seguridad de la pista es que podemos pasar sin que se nos lancen, ignoro las preguntas y cuando logramos entrar caminamos directamente hacia el piso en que se llevará a cabo la reunión y durante mis pasos muestro seguridad, sin embargo, jamás me había sentido tan pequeña como cuando atravieso las puertas de la sala de juntas.
La habitación no es especialmente grande, pero la larga mesa de madera, los trajes impecables y las miradas que se posan sobre Logan y sobre mí hacen que el lugar parezca mucho más amplio. Apenas entramos, las conversaciones cesan y el silencio se instala de golpe. Siento cómo el corazón me golpea con fuerza contra el pecho mientras caminamos hasta las dos únicas sillas vacías que hay frente a los altos mandos del equipo. Logan toma asiento a mi lado y, por debajo de la mesa, busca mi mano con absoluta naturalidad. Nadie puede verlo, pero ese pequeño gesto consigue que recuerde cómo respirar.
—Imagino que ambos saben por qué están aquí. —La voz del gerente general rompe el silencio mientras cierra la carpeta que tiene delante.
—Lo sabemos. —Logan responde antes de que yo pueda hacerlo. Uno de los directivos acomoda varios documentos sobre la mesa y nos observa por encima de sus gafas.
—El video donde la señorita Isabella agrede físicamente a otra mujer está en todos los medios. La prensa lleva dos días hablando de la relación entre un jugador estrella del equipo y una integrante del cuerpo médico. Esto afecta directamente la imagen de la organización. —Bajo la mirada apenas un segundo. Sabía que escuchar esas palabras dolería, pero no imaginaba cuánto.