Isabella
Volví a mi pueblo luego de cinco años.
Siento cómo me estremezco mientras miro cómo todo es tan familiar y, al mismo tiempo, extraño para mí. Miro las calles por las que recorrí mi infancia y parte de mi adolescencia, las mismas calles en las que caminé de la mano con el hombre que mantiene nuestros dedos entrelazados y que mantiene la otra rodeando mi hombro para no dejar que me aparte de él.
Tengo un nudo formado en la garganta mientras me mantengo con la mano libre rodeando a mi pequeño, quien está durmiendo. Ya Isaac habló conmigo haciéndome saber que mi madre se encuentra en el hospital y no negaré que estoy nerviosa.
Han pasado muchos años sin verla y regresar luego de todo esto se siente nuevo, como si estuviera entrando a un lugar que alguna vez llamé hogar, pero que hace mucho dejó de pertenecerme. Aun así, una parte de mí sigue recordando cada rincón, cada esquina y cada recuerdo que construí aquí antes de que mi vida cambiara para siempre.
No pensé que volver me haría sentir tan pequeña.
Es como si cada metro que recorremos en silencio despertara un recuerdo distinto. La panadería donde mi madre me compraba pan dulce algunos domingos. El parque donde Isaac me enseñó a montar bicicleta después de que me caí tantas veces que terminé llorando. La pequeña heladería en la que papá insistía en que el sabor de vainilla era mejor que cualquier otro mientras yo discutía con él porque prefería el de chocolate.
Qué extraño es volver y descubrir que la mayoría de mis recuerdos aquí son felices.
Durante mucho tiempo preferí no pensar en este pueblo porque todo me llevaba a recordar el peor momento de mi vida, pero la realidad es que antes de todo aquello yo era feliz. Tenía una familia que, con sus defectos, me hacía sentir querida, un hermano que siempre estaba dispuesto a defenderme y amigos con los que creía que compartiría toda la vida. Después llegó mi embarazo, la mentira de América, las decisiones de mi padre y todo terminó por romperse. No fue mi infancia la que estuvo llena de dolor, fue el final de ella.
Aprieto con más fuerza la mano de Logan, él no dice absolutamente nada y se lo agradezco.
No intenta distraerme, no trata de convencerme de que todo saldrá bien ni me obliga a hablar cuando claramente no puedo hacerlo. Simplemente permanece a mi lado mientras el conductor continúa el trayecto hacia el hospital. Después de todo el escándalo de las últimas semanas, Logan insistió en que no viajáramos solos y, aunque al principio me pareció exagerado, terminé aceptándolo. Ahora mismo agradezco que alguien más conduzca porque ninguno de los dos tiene realmente la cabeza puesta en el camino.
Thiago duerme profundamente sentado sobre mis piernas, abrazado contra mi pecho mientras una de mis manos acaricia distraídamente su espalda. Ni siquiera se ha movido desde que salimos. Su respiración pausada consigue transmitirme una tranquilidad que necesito desesperadamente y, por un momento, todo mi mundo se reduce al calor de mi hijo y a la mano de Logan entrelazada con la mía.
Levanto la vista hacia él y sus ojos ya están sobre mí.
—¿Estás bien?—pregunta con esa voz tranquila que tanto me gusta.
No.
La respuesta es un rotundo no.
Tengo miedo.
Miedo de verla tan enferma que apenas pueda reconocerla. Miedo de descubrir que el tiempo fue más cruel con ella de lo que imaginé. Miedo de que me pida perdón y no saber si soy capaz de dárselo. Miedo de no sentir absolutamente nada al verla. Hay demasiadas emociones peleándose dentro de mí y ninguna parece ganar.
Pero, aun así, asiento.
—Sí. —Logan me observa durante unos segundos más, sé que no me cree. Nunca ha sabido creerme cuando intento fingir que estoy bien y, aunque antes eso me incomodaba, ahora solo consigue hacerme sentir protegida.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo, preciosa—murmura antes de besar mi sien. —Está bien no estar bien —Mis ojos comienzan a arder.
Quiero llorar.
Quiero esconderme en sus brazos y pedirle que demos la vuelta, que volvamos a casa y olvidemos que alguna vez tuve esa conversación con Isaac. Sería mucho más fácil seguir manteniendo la distancia que enfrentarme a una mujer que fue tan importante para mí y que, al mismo tiempo, me hizo tanto daño.
Sin embargo, si hoy me marcho, sé que esa duda me perseguirá durante el resto de mi vida.
—Gracias por venir conmigo—susurro y él frunce ligeramente el ceño, como si hubiera dicho una tontería.
—Nunca iba a dejarte hacer esto sola. —Sus palabras consiguen arrancarme una sonrisa temblorosa.
No necesito nada más. Solo saber que, cuando cruce las puertas de ese hospital, no tendré que enfrentar mi pasado sin una mano sujetando la mía, es suficiente para darme valor. Así que cuando llego al hospital en donde me dijo Isaac que estaría mamá respiro hondo, se supone que iba a ser un chequeo, pero las cosas al parecer se complicaron y la ingresaron esta misma mañana.
El trayecto desde la entrada del hospital hasta la habitación se me hace eterno. Cada paso pesa más que el anterior y siento que mis piernas apenas responden. No puedo evitar temer en cómo irá esta conversación luego de cinco años sin saber nada de mi madre, aun así respiro hondo, pero todo lo que llega es el olor a desinfectante que hace que mi estómago se revuelva. Hace años que no pisaba un hospital por un motivo personal y, aun así, todo me resulta demasiado familiar.
Vislumbro a mi hermano quien está fuera de la habitación con su celular en la mano, tiene el ceño ligeramente fruncido mientras mira el aparato, no se percata de mi presencia hasta que estoy a unos cuantos pasos así que le sonrío despacio y él asiente en dirección a Logan y luego tira de mí depositando un beso en mi frente mientras me abraza.
Cuando mira a Logan simplemente se acerca y acaricia la cabeza de Thiago, que acaba de despertar y bosteza sin entender muy bien dónde estamos.