Tiempo Extra

Capítulo 23

Isabella

Cuando me separo, observo a mi madre, quien se limpia las lágrimas. Tengo el nudo todavía muy fuerte en mi garganta, la sensación de que quedan muchas heridas, pero también arde en mí el dolor de verla en una cama y que ella crea que es su castigo por lo que me hizo. Aunque amo a mi madre a pesar de todos sus errores, una parte de mí se siente tan desconectada de ella como sé que ella lo estuvo de mí, y es esa parte la que sabe que jamás le daría la espalda a mi hijo, por mucho que las decisiones que tome me duelan.

Si Thiago cometiera un error, yo buscaría la manera de ayudarlo a enfrentar las consecuencias y hacerse cargo, no le daría la espalda ni lo echaría de casa, así que no puedo pensar ni ponerme en el lugar de mi madre, porque aunque quisiera simplemente pasar de página y perdonarla del todo, no puedo hacerlo, y ella se da cuenta por la manera en que la miro.

—Lo siento mucho, Isa —toma mis manos entre las suyas y de verdad es que se sienten tan débiles que me da miedo darle un apretón fuerte y que se fuera a romper—. Te quiero, hija, perdón, no mereces todo lo que te pasó. Eres una buena chica y sé que ese niño debe de ser increíble —me trago la sensación que amenaza con derrumbarme y solo me seco las lágrimas con la mano libre.

Ambas nos quedamos en silencio mientras respiro hondo. Los ojos de mamá no me dejan en ningún momento, mientras pienso en todas las cosas que he pasado y lo orgullosa que debería estar de mí. Supongo que, aun con el tiempo, quiero su aprobación.

—¿Qué fue lo que te dijo América? —mamá hace una mueca. Me tenso porque siento que es algo que no me va a gustar, así que espero en silencio mientras mamá suspira.

—Esa chica me dijo muchas aberraciones que supuestamente hacías. Además, tenía videos y fotos tuyas en situaciones comprometedoras —mamá aprieta mis manos—. Ella siempre me contaba cosas al azar que pensé que eran errores, pero ahora que lo veo con claridad, fue envidia lo que ella sentía por ti. Tenía tantas fotos y videos que parecían reales, pero ahora sé que fueron mentiras, porque volviste con Logan. Debí darme cuenta de que amabas tanto a ese chico que jamás habrías mirado para otro lugar que no fuese él. —Asiento despacio.

—Lo volví a encontrar —susurro— y me siento feliz de haberle dado una oportunidad. Ambos fuimos engañados y tú igual, por la misma persona —me encojo de hombros.

—Quiero que me perdones, hija, es posible que no sobreviva y no quiero llevarme esta culpa conmigo. —Miro el techo tragándome el nudo en la garganta y respiro hondo.

Cuando miro a mi madre de nuevo, tengo que recordarme que no debo llorar, así que le sonrío.

—Lo siento, pero no me creo capaz de perdonarte en este momento, hay muchas cosas que debo gestionar primero y tú me lastimaste tanto, mucho más que cualquier otra persona. Se supone que eres quien más debió cuidarme y me diste la espalda. —Mamá se encoge como si mis palabras fuesen un golpe físico para ella.

Mamá cierra los ojos con fuerza y un sollozo escapa de sus labios. No intenta defenderse, no busca justificar cada una de las decisiones que tomó hace cinco años, simplemente llora. Llora como si por fin estuviera sintiendo el peso de todo el daño que me hizo. Sus dedos siguen aferrados a los míos con tanta fuerza como le permiten las pocas energías que tiene, y yo no soy capaz de apartarlos. Me duele verla así, me duele admitir que todavía me importa, porque por más que una parte de mí quiera irse y dejar atrás esta habitación, otra sigue siendo la hija que solo quería que su madre la abrazara cuando el mundo entero parecía darle la espalda.

—Lo sé... —su voz apenas es un susurro ronco—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Perdí ese derecho el día que te cerré la puerta de la casa. Hay noches en las que revivo ese momento una y otra vez y daría cualquier cosa por volver atrás. Abriría esa puerta, te abrazaría y te diría que nada de lo que pasara iba a hacer que dejaras de ser mi hija.

Aprieto los labios con fuerza mientras una punzada me atraviesa el pecho. Durante años imaginé este momento. Pensé que, si algún día volvía a tenerla delante, le gritaría todo lo que callé, le reclamaría cada lágrima, cada noche en la que tuve miedo de no saber cómo alimentar a Thiago, cada cumpleaños en el que fingí que no me dolía no tener una familia. Sin embargo, ahora que la veo tan frágil, con el rostro pálido y el cuerpo consumido por la enfermedad, las palabras que durante tanto tiempo ensayé se quedan atoradas en mi garganta.

—Cuando me echaste de casa... —mi voz tiembla y tengo que respirar hondo antes de continuar—. No esperaba que resolvieras mi vida, mamá. Solo necesitaba que confiaras en mí. Que me preguntaras qué había pasado antes de creer en todo lo que decía América. Solo quería sentir que tenía un lugar al que volver cuando todo se estaba cayendo a pedazos. Pero me cerraste la puerta... y ese día entendí que estaba completamente sola.

Las lágrimas resbalan por las mejillas de mamá sin que ella haga el menor intento por limpiarlas. Niega una y otra vez con la cabeza mientras el llanto le corta la respiración. Instintivamente me incorporo un poco por si necesita ayuda, odiándome en silencio por seguir preocupándome por ella después de todo lo que pasó. Supongo que hay vínculos que nunca terminan de romperse, por más heridas que acumulen.

—No estabas sola... fui yo quien te dejó sola. —Su voz se quiebra todavía más—. Y jamás voy a poder perdonármelo. Tú necesitabas una madre y yo te fallé. Creí las mentiras de esa muchacha, preferí escuchar a alguien que pensé que era buena para ti antes que sentarme a hablar con mi propia hija. No sabes cuánto me arrepiento.

Cierro los ojos un instante porque siento que las lágrimas vuelven a escapar. No quiero llorar, no otra vez, pero tampoco puedo fingir que escuchar esas palabras no remueve algo dentro de mí. Durante mucho tiempo necesité que admitiera todo esto. Soñé con que algún día reconociera que se equivocó, que dijera en voz alta que me había fallado. Ahora lo hace, pero llega demasiado tarde para borrar todo lo que vivimos.




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