Tiempo Extra

Capítulo 28

Logan

America nos está mirando fijamente cuando inicia el juicio en su contra. Hay algo diferente en ella. Ya no luce desesperada como durante los últimos días, cuando veía cómo Kitty se hundía con cada prueba presentada. Ahora mantiene el mentón en alto y una expresión que intenta transmitir seguridad, como si todavía creyera que puede salir victoriosa de todo esto. La conozco demasiado bien para no darme cuenta de lo que está haciendo. Siempre fue escurridiza, siempre supo encontrar la manera de convertir una mentira en una verdad a ojos de los demás y, cuando no tenía pruebas para sostener sus historias, simplemente las inventaba. Es por eso que no me permito bajar la guardia ni un solo instante. Mientras esperamos a que el juez entre nuevamente en la sala, continúo acariciando distraídamente la cintura de Isabella, quien permanece hablando por teléfono con nuestro hijo. Basta observar su rostro para olvidar por un momento todo lo que nos rodea. La seriedad desaparece por completo y es reemplazada por una ternura tan inmensa que resulta imposible no sonreír al verla. Si existe algo que jamás podrá ponerse en duda es el amor que esta mujer siente por Thiago.

—Yo también te amo, bebé. Quiero que te portes muy bien con tu abuela, ¿me escuchas? —Ella ríe por algo que Thiago responde al otro lado de la llamada y luego gira el teléfono hacia mí con una sonrisa que consigue aliviar la presión que llevo sintiendo desde que comenzó este juicio. —Sí, está conmigo, bebé. Te manda muchos besos. —Nuestros ojos se encuentran durante un segundo. —Te manda besos y dice que te ama. —Le pido el teléfono con un gesto y ella me lo entrega sin dejar de sonreír.

—Yo también te amo, hombrecito. ¿Te estás portando bien? —La carcajada de Thiago atraviesa el auricular y consigue arrancarme una sonrisa inmediata.

—¡Sí, papi Superman!

Su entusiasmo es tan contagioso que, por un instante, olvido completamente dónde me encuentro. Siempre ocurre lo mismo cuando se trata de ellos dos. Isabella y Thiago tienen esa extraña capacidad de hacer que cualquier día horrible se convierta en uno cálido, de recordarme que, sin importar cuántas personas intenten hacernos daño, siempre habrá un lugar donde todo está bien. Ese lugar son ellos.

—Eso me gusta escuchar. Ahora tenemos que dejarte, hombrecito. Mamá y papá tienen algo importante que hacer. Dale un beso enorme a los abuelos de nuestra parte, ¿sí? Te amo.

—¡Yo también te amo, papi Superman!

Escuchar esas palabras sigue provocando el mismo efecto en mí. Siento un calor agradable expandirse por todo el pecho mientras cuelgo la llamada y devuelvo el teléfono a Isabella. Ella lo guarda en su bolso sin apartar la vista de mí, y por un instante el tribunal, la prensa, America y todo este maldito juicio dejan de existir. Solo estamos nosotros dos.

—Es momento de entrar —me recuerda con suavidad.

Asiento, pero antes de que dé un solo paso la tomo de la mano y la hago girar lentamente hacia mí. Mis dedos encuentran su cintura mientras la acerco hasta que apenas queda espacio entre nuestros cuerpos. Sin darle tiempo a preguntar nada, uno mis labios con los suyos en un beso lento, profundo y lleno de todo aquello que todavía me cuesta expresar con palabras. Respiro hondo cuando nos separamos porque jamás encontré en otra persona lo que encontré en Isabella. Durante cinco años intenté convencerme de que podía seguir adelante, de que tarde o temprano aparecería alguien capaz de hacerme sentir siquiera una parte de lo que ella despertaba en mí, pero bastaba una conversación, una cita o una simple mirada para darme cuenta de que estaba perdiendo el tiempo. Ninguna mujer conseguía hacerme reír como ella, desesperarme como ella o hacerme sentir en casa con solo tomar mi mano. Isabella siempre fue el amor de mi vida, incluso cuando fui demasiado estúpido para darme cuenta de que estaba dejando escapar lo mejor que me había pasado.

—¿Qué fue eso? —pregunta con una sonrisa que intenta esconder detrás de sus labios. Apoyo mi frente contra la suya.

—Un recordatorio. —Ella arquea una ceja.

—¿De qué?

—De que, cuando todo esto termine, nadie volverá a separarnos. No importa quién lo intente, cuánto dinero tenga o cuántas mentiras invente. Ya perdí demasiados años por culpa de personas que jamás merecieron un espacio en nuestras vidas. No pienso regalarles ni un solo segundo más. —Los ojos de Isabella se humedecen ligeramente, aunque enseguida sonríe y acaricia mi mejilla.

—Entonces terminemos con esto. —Asiento sin apartar la vista de ella.

—Terminemos con America.

Como si el destino hubiera estado esperando esas palabras, las puertas de la sala vuelven a abrirse y el secretario del juez anuncia el reinicio de la audiencia. Tomo la mano de Isabella con firmeza y caminamos juntos hacia nuestros lugares. Al levantar la vista, descubro que America no nos quita los ojos de encima. Nos observa tomados de la mano, intercambiando una última sonrisa antes de sentarnos, y puedo ver cómo la máscara de seguridad que llevaba puesta comienza a resquebrajarse unos segundos. Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que incluso desde mi asiento alcanzo a notar el tic nervioso.

Porque acaba de entender algo y es que después de todos estos años, después de todas las mentiras, de toda la manipulación y de todo el daño que intentó causar... Perdió. Porque, a pesar de todo lo que hizo para separarnos, Isabella sigue sentada a mi lado y jamás volveré a soltar su mano.

America se pone de pie con una tranquilidad que resulta casi escalofriante. Si alguien entrara a esta sala sin conocer absolutamente nada de lo ocurrido durante los últimos años, juraría que la víctima es ella. Lleva un traje sobrio, el maquillaje perfectamente colocado y una expresión ensayada que mezcla tristeza con fortaleza. Incluso espera unos segundos antes de comenzar a hablar, como si necesitara reunir el valor para revivir un supuesto sufrimiento. Durante años vi esa misma actuación cada vez que quería manipular a alguien. La diferencia es que hoy está frente a un juez, no frente a un grupo de personas que desconocen la verdad.




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