Logan
Estoy nervioso mientras espero que traigan a Isabella como lo planeé, así que cuando finalmente la puerta del restaurante se abre y ella ingresa, descubro lo que es quedarse sin aliento.
Isabella está preciosa, desde que vi el vestido supe que le quedaría increíble, pero ver cómo se moldea en ese hermoso cuerpo que tiene parece una fantasía sacada de un cuento prohibido. Con cada paso mi boca se abre más, al punto en que temo comenzar a babear y parecer un retrasado mental, es por eso que parpadeo para salir del embrujo en el que me atrapó, pero es imposible.
Mis ojos captan su pelo moviéndose con suavidad en ondas que le caen por toda la espalda y hombros, el vestido de tiras finas y un escote sencillo en forma de corazón hacen que su cuello se vea más esbelto, la forma en que moldea su cintura hace que mis manos piquen y la seguridad con la que ella se mueve me hace sentir ansioso de tener más de ella en todos los sentidos.
Respiro hondo cuando Isabella se detiene frente a mí y por un segundo no quiero ni tocarla para no arruinar el momento o dañar lo lindo que está su maquillaje. Parece que no habrá día en este mundo en el que esta mujer deje de impresionarme, de volverme un idiota que no sabe a veces conseguir las palabras para hablarle porque nunca jamás otra mujer podrá hacer lo que Isabella es capaz de hacer conmigo: volverme un idiota.
Así que me aclaro la garganta y me muerdo el labio inferior, ella sonríe pasándose un mechón detrás de la oreja y mi mano se levanta tocándole la mejilla con suavidad, sus mejillas se encienden de inmediato haciéndola ver más que adorable. Creo que nunca en esta vida tuve oportunidad de no caer ante Isabella Foster.
—Estás impresionante —susurro sin poder evitarlo.
Ella sonríe mordiéndose el labio inferior y luego se acerca dos pasos hacia mí, mis ojos captan cualquier movimiento que haga esta mujer.
—Gracias, tú estás muy guapo.
Ella coloca sus manos en mi pecho y mi corazón da un salto que casi me hace sobresaltar. Isabella me observa con esas grandes joyas marrones que posee por ojos y yo quiero besarla toda la noche, pero le prometí una cita, hace años que nosotros no tenemos una y es la razón por la cual respiro hondo y me controlo.
—Vamos, tenemos una cita.
Tomo su mano llevándola a mis labios, donde deposito un beso y le guiño un ojo, ella no deja ir esa sonrisa hermosa de esos labios carnosos y yo la llevo hasta la mesa preparada en el centro del salón donde no hay nadie más porque alquilé todo el lugar.
Suelto su mano para abrirle la silla y cuando ella se sienta me aclaro la garganta para ir a mi lugar y tomar asiento.
—Es un lugar hermoso —comenta mientras observa la decoración del lugar que mandé hacer—. Me hace sentir como el invierno en el que finalmente nos hicimos novios. vSus ojos brillan cuando me mira y yo sonrío nervioso.
—Quizás porque me esforcé para que lo parezca. —Isabella me mira sorprendida y sus labios se abren con suavidad.
Dios, tengo que recordarme no lanzarme contra ella o no soltar un vómito verbal mientras la observo. Ella sonríe, así que sirvo dos copas de vino y luego hago una seña hacia el lugar donde el violín y el piano son el centro de atención. Isabella mira hacia allí mientras la violinista y el pianista interpretan sus canciones favoritas. No sé si esta es la mejor cita porque hace años que estoy bastante oxidado en esto de impresionar a una mujer, pero me esforcé todo lo que pude.
No aparto los ojos de ella ni un solo segundo porque siento que si lo hago voy a despertar y descubrir que todo esto no es más que otro de esos sueños que me persiguen desde hace cinco años, de esos donde Isabella aparece, me sonríe y desaparece antes de que pueda alcanzarla. Ahora está aquí, frente a mí, sonriendo con esa dulzura que nunca perdió, mientras la música llena cada rincón del restaurante y el brillo de las velas convierte sus ojos marrones en dos pequeñas llamas que parecen hechas únicamente para incendiarme el pecho.
Ella vuelve a observar a los músicos con una emoción que intenta disimular, pero la conozco demasiado bien para no darme cuenta. Sus dedos juegan con la copa de vino mientras el pianista cambia suavemente de melodía y el chef aparece unos minutos después con el primer plato. Isabella baja la vista hacia él y luego vuelve a levantarla hacia mí completamente sorprendida. Una sonrisa enorme aparece en sus labios al reconocer exactamente lo que tiene frente a ella, ese plato que una vez me confesó que pedía siempre cuando necesitaba sentirse en casa después de un mal día. La veo negar despacio con la cabeza mientras una pequeña risa escapa de su garganta.
—No puede ser...
—Sí puede.
—¿Cómo...?
—Siempre presto atención a cada una de tus palabras.
Sus ojos vuelven a humedecerse y yo sonrío porque, aunque muchos creen que conquistar a una mujer consiste en comprar cosas caras o hacer grandes espectáculos, Isabella jamás ha sido así. A ella siempre la conquistaron los detalles, las conversaciones, que alguien recordara una fecha, una canción o una comida que mencionó meses atrás sin imaginar que alguien realmente prestaba atención. Y si hay algo que aprendí después de perder cinco años de su vida es que jamás volveré a escucharla a medias.
La cena avanza entre risas que hace mucho no compartíamos de esta manera. Recordamos cuando Thiago decidió pintar la pared de la sala porque aseguraba que necesitaba más dinosaurios, el desastre que hizo Dexter intentando cocinar una vez para todo el equipo, las constantes discusiones entre Isaac y yo que terminan siendo ridículas apenas pasan unos minutos y hasta hablamos de Boston, de aquel parque donde pude verla disfrutar sin esconderse de nadie. Solo existe Isabella riéndose frente a mí mientras la luz de las velas acaricia su rostro y me hace preguntarme cómo demonios sobreviví tanto tiempo sin esto.
—¿Qué? —pregunta al descubrirme mirándola otra vez. Sonrío negando con la cabeza.