Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 2

Caminé hacia el banco para tomar agua y, de reojo, vi pasar a una chica por el pasillo vidriado. Era la jugadora de vóley, Magaly Frías. Llevaba su mochila gastada al hombro y, como siempre, pasó de largo ignorándome por completo, como si yo fuera invisible.La verdad, me daba lo mismo. Sé perfectamente que en el club me ven como un engreído inalcanzable, pero me importa muy poco lo que piensen de mí. Tampoco es que yo me gaste en mirarlas chicas en los entrenamientos; sé de sobra que mi viejo jamás permitiría que me relacione con alguien fuera de nuestro círculo. En mis cumpleaño y en las fiestas de la alta sociedad solo hay espacio para las hijas de los socios y los conocidos de mi papá; el resto del mundo no existe para el apellido D'Cano. Así que aprendí a mirar al piso y a no registrar a nadie. El básquet era mi único espacio propio, mi burbuja.

El vibrar de mi celular sobre el banco me trajo de vuelta a la realidad. En la pantalla brillaba el nombre que me revolvía el estómago: Papá

Atendí con un suspiro

—¿Hola?

—Julián, pasé por el club y vi tu auto afuera. Espero que estés terminando para el mediodía no te olvides—la voz de Vicente D'Cano era firme, fría, la voz de un hombre acostumbrado a mandar—. Recordá que hoy al mediodía almorzamos con el decano de la Facultad de Derecho. Tenés que causar una buena impresión

—Papá, ya te lo dije... No quiero ir a Derecho —respondí, bajando la voz para que el entrenador no me escuchara—. Ya compré los apuntes para el ingreso a Medicina. Es lo que me gusta

—Vas a ser abogado, Julián. Un D'Cano no se va a andar mezclando con gente enferma en un hospital; un D'Cano maneja los hilos del poder. Ya te cerré la vacante en el buffet de mis socios para cuando te recibas. No eches a perder tu futuro por un capricho. Te quiero en el restaurante a las doce en punto. Bañado y de traje.!!

El tono de llamada cortada picó en mi oído. Apreté el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Vicente no era un abogado común; era el tipo que les cuidaba las espaldas a los políticos más pesados y turbios del país. Nadie le llevaba la contra, ni siquiera su propio hijo.

Miré la pelota de básquet en el piso. El tiempo se estaba agotando. La secundaria estaba por terminar y la soga en mi cuello cada vez se sentía más floja. Tomé la pelota y la hice volar con toda la bronca contenida, con tanta mala suerte que pegó en la arista de la tabla del aro, pinchándose en el acto. Por suerte nadie vio esto, así que, apurado y con culpa, recogí la prueba de mi delito y salí rumbo al vestuario




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