Tiempo fuera: la regla de los tres

Capítulo 3

El aula de quinto año era un infierno de gritos, risas y papeles volando. La última hora de Historia siempre era la más caótica. En el fondo, como siempre, nos habíamos atrincherado nosotras.

—Che, Maga, ¿viste el remate que metió la pelo duro en el último set? Si no bloqueamos mejor el viernes, nos van a pasar por arriba —me decía Andrea en un susurro, mientras garabateaba el margen de su carpeta.

— Andy. Mañana en el entrenamiento le pedimos al técnico repasar las posiciones —contestó Rocío, trenzándose el pelo con fastidio—Pero hoy Maga no sé si está en este planeta, mirá la cara que trae.

—Es que estoy cansadísima —les respondí en el mismo tono bajo, apoyando la barbilla en la mano—. Me dormí re tarde mirando TikTok... pero estaba buscando videos de jugadas y bloqueos para ver cómo les podemos parar el carro el viernes.

Sonreí de lado, agradeciendo el mate que Rocío me pasó por debajo del banco. Mis amigas eran mi cable a tierra en ese colegio privado donde yo no terminaba de encajar. Ellas también eran becadas; sabían lo que costaba cada zapatilla y cada viaje en tren

Pero la paz duró poco. Al otro lado del salón, la "realeza" del Sportivo Élite estaba en su propio mundo. Juancho y David, dos de los titulares del equipo de básquet, se reían a carcajadas mientras tiraban bollos de papel a la papelera simulando un aro de tres puntos.

Al lado de ellos, Julián miraba su celular con una postura relajada, totalmente ajeno al lío, con esa actitud inalcanzable de que nada de lo que pasaba a su alrededor le afectaba.

—¡Basta! ¡Se terminó la joda! —El grito del profesor Martínez retumbó en las paredes, acompañado por un violento tiza-zo contra el pizarrón. El silencio cayó de golpe—. Estoy harto que conviertan mi clase en un club social. Frías, González, Suárez... dejen de pasarse el mate. Y ustedes tres —señaló con el dedo índice a Julián, Juancho y David—, esto no es la cancha de básquet.

—Profe, si no estábamos haciendo nada... —empezó Juancho con una sonrisa sobradora .Dije basta, Juan. Como son incapaces de mantener el orden en sus grupitos de siempre, voy a desarmar las mesas. A ver si trabajando con gente diferente aprenden a respetar la materia.

Un lamento generalizado recorrió el aula.

—Van a realizar un trabajo de investigación grupal sobre la década infame como trabajo final con videos y todo. Y los grupos los armó yo sentenció Martínez, acomodándose los anteojos con malicia

—. González con David. Suárez con Juan...

Miré a Andrea y a Rocío con pánico. Nos estaban separando.

—Y por último... Frías —el profesor buscó con la mirada en la lista y luego apuntó hacia el fondo—. Se me sienta con D'Cano. Ahora mismo. Muevan los bancos.

Escuchar mi apellido me hizo volver a la realidad. No me molestó que me separaran de Rocío y Andrea; al fin y al cabo, un trabajo era solo un trámite más que tenía que cumplir para mantener el promedio en diez y asegurar la beca

Miré de reojo a Julián . Él tampoco hizo ningún gesto de queja; simplemente guardó el celular en el bolsillo, agarró su mochila con desgano y arrastró su banco hasta quedar al lado del mío.

él era solo un compañero de banco temporal. Mi cabeza estaba demasiado ocupada calculando el tiempo de pedaleo de vuelta a casa y pensando en la cena que mis abuelos y mi tía estarían preparando, como para gastar energía en el chico de oro

Cuando apoyó su mesa, se sentó manteniendo la vista al frente, con esa coraza de desinterés que llevaba siempre puesta. No me miró, no me saludó y yo tampoco hice el intento. Para él, yo era invisible; al igual que él para mí,

Saqué mi carpeta usada, abrí una hoja en blanco y apoyé la lapicera.

.—¿Qué tema preferís?— le pregunté con tono seco y profesional, directo al grano, queriendo terminar con esto lo antes posible.Julián por fin giró la cabeza para mirarme, con una expresión vacía, como si le sorprendiera que alguien le hablara sin buscar su atención.

—Me da lo mismo —respondió con voz plana, encogiéndose de hombros—. Elegí vos. Yo busco la información de lo que me pidas.

Asentí una sola vez, anoté el título del tema en mi hoja y me concentré en lo mío. Éramos dos desconocidos obligados a compartir un espacio, dos mundos paralelos que se cruzaban por obligación, sin saber que el destino ya estaba armando una jugada donde esa indiferencia iba a saltar por los aires.

El timbre que anunciaba el final de la última de la jornada retumbó como una campana de salvación. El aula se transformó otra vez en un caos de bancos arrastrándose, mochilas cerrándose y apuro por salir.

Julián se colgó la mochila al hombro de un solo movimiento y se paró, listo para marcharse sin decir una palabra más. Pero antes de que diera el primer paso, le cerré el camino apoyando mi mano sobre el banco. No iba a dejar que su desinterés arruinara mi promedio

.—Esperá —le dije, manteniendo la voz firme y neutral.

Arranqué un pedacito de hoja del margen de mi carpeta, anoté mi teléfono con letra prolija y rápida, y le deslicé el papelito sobre la madera limpia de su mesa.

—Escríbeme cuando tengas la información de la primera parte. No me hagas perder el tiempo porque necesito el diez para la beca —sentencié, mirándolo fijo a los ojos.

Julián bajó la vista hacia el papel recortado. Por un segundo, una sombra de sorpresa cruzó sus ojos, como si no estuviera acostumbrado a que una chica le hablara con tanta exigencia y tan poco interés en su apellido. Pero la expresión le duró un parpadeo. Agarró el papel, lo dobló a la mitad y lo metió en el bolsillo de su campera del club como si fuera un ticket del supermercado

—Lo mismo digo —respondió con su habitual tono plano, dándose la vuelta para caminar hacia la salida, donde Juancho y David ya lo esperaban en la puerta.

—¿Qué te dijo el chico de oro, Maga? —preguntó Rocío, acercándose junto a Andrea apenas el grupo de básquet desapareció por el pasillo.




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