Giré la llave en el contacto y el motor del auto rugió con un ronroneo suave y perfecto. Juancho y David seguían discutiendo a los gritos en el asiento de atrás sobre una jugada del partido pasado, pero yo apenas los escuchaba. Puse primera, salí del estacionamiento del colegio y encaré la avenida, manejando con la mente en cualquier otra parte.
Mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde, metí la mano en el bolsillo de mi campera y mis dedos tropezaron con el pedazo de hoja que me había dado la chica del vóley. Frías.
Saqué el papel abollado. Mi primer impulso, por pura costumbre, fue estrujarlo para tirarlo en la guantera o dejarlo caer en el piso del auto. No me gustaba tener números de desconocidos y menos para un trabajo que me importaba tan poco como la materia de Historia. Amagué a tirarlo, con la mano suspendida sobre el portavasos... pero me detuve.
Por alguna razón que no lograba entender, me quedé mirando la letra. Era prolija, firme, sin vueltas. Exactamente como ella.
De golpe, me vino a la cabeza el momento en el que me plantó la mano en el banco para frenarme. Nadie en el Sportivo Élite me hablaba así. Las chicas de mi entorno solían reírse de cualquier pavada que dijera o buscaban mi atención por ser el hijo de Vicente D'Cano. Ella no. Ella me había mirado fijo, directo a los ojos, y juro que en su mirada no había ni una pizca de interés por quién era yo o por el auto en el que andaba. Tenía unos ojos avellana, profundos, cargados de una determinación que me había descolocado por completo. Su rostro, serio y sin pestañear, me había parecido extrañamente real en medio de tanta gente careta que me rodeaba
—Che, Juli, ¿vas a arrancar o te vas a quedar a vivir en el semáforo? —me apuró Juancho desde el asiento de atrás, dándome un golpe amistoso en el hombro.
Parpadeé, saliendo del trance, y aceleré cuando vi la luz verde. Sin pensarlo mucho más, agarré el celular con una mano, copié el número del papelito y lo agendé en mis contactos simplemente como "Magaly Frías (Historia)". Guardé el teléfono y guarde el papel en el bolsillo del saco ,no sé porque
—¿ Te tocó el trabajo al final con esa piba? —preguntó David, mirando por la ventanilla
—Si con la piba Frías —respondí con mi tono plano de siempre, barriendo cualquier rastro de intriga de mi voz
.—Uf, qué mala leche. Esa mina es un témpano, no te habla si no es para pedirte la pelota —se rió Juancho—. Encima vive lejísimos, allá donde el diablo perdió el poncho
No dije nada. Seguí manejando en silencio, mirando el camino, pero con la extraña sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien me había mirado a la cara y solo había visto a un compañero de banco, no al heredero de los D'Cano. Y, aunque no quería admitirlo, eso se sentía extrañamente bien
Dejé a los chicos en la esquina del club y manejé directo hacia el centro. Estacioné el auto frente al Gourmet de la Plaza, un restaurante tan exclusivo que costaba encontrar un auto que no fuera de alta gama afuera. Me acomodé el cuello de la camisa, tragué saliva para pasar el nudo de la garganta y entré.
Vicente D'Cano ya estaba sentado en la mesa principal, impecable en su traje italiano hecho a medida. Al lado de él, el doctor Benítez, decano de la Facultad de Derecho, sonreía mientras tomaba un vino caro.
—Ah, acá está el futuro de la firma —exclamó Benítez cuando me acerqué. Me forcé a sonreír y le estreché la mano antes de sentarme frente a mi padre.
El almuerzo fue una tortura de dos horas. Escuché al decano hablar de leyes, de prestigios y de cómo el apellido D'Cano le abriría todas las puertas en la universidad. Mi viejo asentía con suficiencia, dándome esas miradas que no admitían discusión. Sabía perfectamente que si los enfrentaba ahí mismo, Vicente sería capaz de armar un escándalo o de cortarme el auto y el básquet en un segundo.
Fue en ese momento, mientras cortaba la carne sin ganas, que tomé la decisión en mi interior. Iba a jugar su juego. Me anotaría en Derecho para mantenerlo tranquilo y ciego, pero usaría mis propios ahorros para inscribirme también en Medicina. Cursaría ambas carreras en secreto. Correría de un aula a la otra, ocultaría los apuntes en el baúl del auto y haría lo que fuera necesario, pero no iba a dejar que me robaran mi vocación
Cuando el decano se levantó para ir al baño, la máscara de cordialidad de la mesa se cayó. Vicente apoyó los cubiertos y me clavó esos ojos grises que tanto me costaba sostener
—Te vi la cara durante todo el almuerzo, Julián. Cambiá esa actitud. Te estoy regalando el futuro que cualquiera moriría por tener.
La rabia, contenida por meses, se me subió al pecho. Miré el lugar vacío que siempre quedaba a nuestro lado en las comidas importantes
Este es tu futuro, papá, no el mío —dije en un susurro cargado de veneno—. Si mamá estuviera viva, jamás hubiera permitido que me obligaras a esto. Ella quería que fuera feliz, no un peón de tus negocios.
El rostro de mi viejo se transformó. Las venas del cuello se le marcaron y apretó la copa de cristal con tanta fuerza que temí que se rompiera. La mención de mi madre siempre era una bomba atómica entre nosotros. Ella había muerto de cáncer cinco años atrás. Su enfermedad había sido un calvario rápido que nos destruyó. Pero lo peor vino después de su entierro: el dolor hizo que mi papá se alejara de mí, que se volviera un extraño de piedra y que empezara a meterse en terrenos cada vez más oscuros, defendiendo a gente de la que antes ni siquiera pronunciaba el nombre. La muerte de mamá nos había distanciado para siempre, empujándolo a él a aceptar trabajos turbios y a mí hacia la más absoluta soledad.
—Tu madre ya no está, Julián —sentenció Vicente, con una voz tan fría que me congeló la sangre—. Y en este mundo real, el poder es lo único que te mantiene a salvo. Te vas a anotar en Derecho y es la última vez que tocamos el tema.
El decano regresó con una sonrisa, rompiendo la tensión del aire. Yo volví a mirar mi plato, recorde el papelito de Magaly en el bolsillo de mi campera colgada en la silla. En ese instante, rodeado de copas de cristal y de lujos, me di cuenta de que mi vida era una bomba de tiempo. Y la mecha ya estaba encendida.