El gimnasio era un quilombo de gritos, el chillido de las zapatillas contra el piso y el ruido seco de la pelota. Magaly se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor, respirando como podía. La camiseta de la escuela —esa que usaba gracias a la beca -- ya le pesaba. jugaba con pasión porque cada punto era su pase para terminar de estudiar y poder seguir como deseaba demostrandose día a día
—¡Dale, Maga! ¡Esta es nuestra! —le gritó Andrea desde su posición, aplaudiendo con todo. Rocío, en la red, asintió sin sacar los ojos de las rivales.
Maga se acomodó en su lugar. Al levantar la vista un segundo hacia las tribunas para tomar aire, se cruzó con una cara conocida. Julián. Estaba ahí arriba, sentado con sus amigos, con la campera de la escuela y esa pose relajada del que tiene la vida resuelta. Julián se enderezó en el asiento apenas la vio concentrada
Sonó el silbato. El otro equipo sacó y Rocío la recibió perfecta, dejándola bien arriba.
—¡Maga, tuya! —le armó Andrea, dejándole la pelota servida en el aire.
Magaly corrió, clavó las zapatillas y saltó con el alma. En ese microsegundo donde todo pasa en cámara lenta, el bloqueo rival saltó para taparla. Entre ellas estaba la 7, una alta insoportable que venía jugando sucio todos los partidos.
Maga armó el brazo para reventar la pelota, pero la 7, viva y con una maldad tremenda, estiró el pie por debajo de la red justo en la zona donde Maga iba a caer. El árbitro, obvio, estaba mirando la pelota.
El remate de Maga entró con todo del otro lado, pero la caída fue para el demonio. Pisó el pie de la 7, el tobillo se le dobló por completo y cayó al piso con un grito de dolor seco, agarrándose la pierna.
—¡Falta! ¡Eso fue invasión! —saltó Rocío a encarar al árbitro, mientras Andrea se tiraba al piso al lado de Maga, re asustadas.
—¡Tocó la pelota primero, jueguen! —mandó el árbitro, que no vio un carajo. Punto para las otras.
En la tribuna, Julián se paró de golpe, agarrándose de la baranda. Sus amigos seguían en la suya, pero él se quedó duro, masticando bronca. Desde arriba había visto clarito el movimiento de la 7.
Abajo, a Magaly el tobillo le ardía, pero la calentura que tenía era mil veces peor. La 7 pasó caminando por al lado de la red fingiendo demencia. Pero al quedar de espaldas al árbitro y a las chicas, se dio vuelta un cachito. Miró a Maga desde arriba y, con una sonrisa de sobradora total, le siseó sin hacer ruido: "Pobretona fuera".
A Maga le subió la sangre a la cabeza. Se olvidó por completo del dolor, apoyó las manos en el piso y, con los ojos llenos de furia, intentó pararse para ir a encajarle una trompada ahí mismo. Andrea y Rocío la tuvieron que atajar entre las dos para que no se mandara una macana.
—¡No, Maga, pará! ¡Te van a echar! —le suplicaba Andrea, frenándola como podía.
Desde la grada, Julián no llegó a escuchar lo que le dijo, pero vio perfecto la reacción de Maga, la cara de asco de la otra y la injusticia de toda la secuencia. Se quedó clavado mirándola. Maga respiraba a mil por hora, aguantándose las lágrimas, pero de pura rabia. Por primera vez, Julián no vio a la chica callada del fondo del salón; vio a una piba con un fuego tremendo a la que le acaban de jugar de lo más sucio, y le dieron unas ganas locas de bajarse de la tribuna y meterse a defenderla
Maga se quería parar a romperle la cara ahí mismo, pero Andrea y Rocío la tuvieron que atajar entre las dos, arrastrándola hacia el banco como pudieron mientras el árbitro pitaba el final del set. Maga respiraba a mil, con los ojos inyectados en sangre.
En el banco, la entrenadora no dio vueltas. Se paró frente a ellas tapándolas de las miradas del resto del gimnasio y clavó los ojos directo en Magaly, que ya se estaba agarrando el tobillo hinchado.
—Ya sé lo que pasó ahí adentro —arrancó la entrenadora, firme y con la voz baja—. Vi perfectamente el pie de la número 7 y sé lo que te siseó cuando estabas en el suelo. Pero escúchame bien, Magaly: ellas buscan esto. Buscan que saltes porque saben que sos reactiva. Si le metés una trompada, a la que le sacan la tarjeta roja y la echan del torneo es a vos, y la escuela no te mantiene la beca si te suspendés por conducta. Las perjudicadas van a ser ustedes, no la contra. Se la cobran jugando. Le ganan en la cancha, no a las piñas. ¿Podés seguir o te cambio?
Maga la miró con el orgullo herido. Le dolía el tobillo que era un infierno, se le notaba en la cara la mueca de dolor cada vez que apoyaba, pero ni loca se sentaba a ver cómo esa cheta se salía con la suya.
—Sigo —escupió Maga, apretando los dientes.
Volvieron a la cancha para el cierre del partido. A Maga se le partía la pierna en cada salto, pero la bronca la hacía flotar. Desde la grada, Julián no le sacaba los ojos de encima; se daba cuenta de que la piba estaba jugando en una pierna, aguantándose las lágrimas de puro orgullo, mientras la 7 la miraba desde el otro lado de la red con una sonrisita de "ya te quebré".
El marcador estaba re ajustado, punto a punto, y le tocó el turno de sacar a Magaly.
Se paró detrás de la línea de fondo. El gimnasio quedó en un silencio tenso. Maga picó la pelota tres veces contra el piso, ignorando las puntadas que le subían por la pantorrilla, y levantó la cabeza. Clavó la vista directamente en los ojos de la 7, que estaba adelante en la red, parada de lo más pancha lista para bloquear o cancherear el pase
Maga tiró la pelota arriba, tomó aire, saltó con lo último que le quedaba de fuerza en la pierna buena y metió un viaje con el alma. Un saque de potencia que salió como un misil teledirigido.
La pelota no iba al espacio libre; iba con toda la saña directo al cuerpo de la 7. La piba no llegó ni a levantar los brazos para cubrirse: el pelotazo le dio de lleno, de frente y con el revés del impacto en toda la cara. Se escuchó un crack seco que retumbó en las paredes del gimnasio.