El martes arrancó para el demonio. Magaly cerró la puerta de su casa de un portazo, masticando la bronca que venía acumulando desde el sábado. Se subió a la bici, pero apenas apoyó el pie izquierdo en el pedal, un tirón espantoso le subió por todo el tobillo
—La puta madre... —susurró, apretando los dientes del dolor.
Pedalear era una tortura. No podía hacer fuerza y la bici avanzaba a paso de tortuga. Para colmo, el partido del sábado le había costado carísimo: la entrenadora, re caliente por el quilombo de la nariz rota de la 7, la había dejado suspendida para el próximo partido. Todo por ser "reactiva". Aunque safo de que la saquen definitivamente,haciéndose la inocente
El dolor físico no era nada comparado con los pensamientos oscuros que le daban vueltas en la cabeza. Sentía que todo el esfuerzo por mantener la beca se le estaba yendo a la mierda, que el mundo era una injusticia total y que los de arriba siempre ganaban. Estaba sola en esto, frustrada y con ganas de mandar todo a la mierda
Cuando por fin divisó la estación, el silbato del tren le dio el golpe de gracia. Vio las puertas cerrarse y el tren arrancar. Lo había perdido.
Desesperada, sacó la bicicleta del vagón. Le daba una vergüenza terrible tener que usarla hasta la escuela por eso era habitual que la dejara en la estación
Pero hoy no había de otra. Era una bici re vieja, despintada; lo último que Maga quería era que sus compañeros del colegio —que caían todos en autos importados o con ropa de marca— la vieran llegando arriba de ese cachivache. Siempre se cuidaba de mantener el perfil bajo para que no la señalaran
Desesperada, pedaleó las siguientes cuadras como pudo, con el tobillo prendido fuego y las lágrimas de la impotencia nublándole los ojos
Llegó a la esquina de la avenida principal cerca del colegio. El semáforo estaba en rojo para los peatones, pero Maga no miró, solo cruzó lo más rápido que sus piernas rotas le permitían para no perder un segundo más.
De golpe, el chirrido ensordecedor de unos neumáticos frenando sobre el asfalto la congeló en el lugar.
Un auto negro y reluciente, se le vino encima. Maga llegó a clavar los frenos de la bici, tirándose hacia un costado mientras el coche frenaba pisandole una de sus ruedas ,y dejando una marca negra en la calle. El corazón le saltó a la boca.
Adentro del auto, Julián venía con el pulso a mil. Él también se había quedado dormido, iba tardísimo y el camino al colegio se había vuelto una carrera contra el reloj. Cuando vio la bicicleta cruzarse de la nada, clavó el pie en el freno con toda su alma, con el volante temblandole las manos.
Blanco del susto, Julián bajó la ventanilla de un manotazo para putear al ciclista, pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
A través de la ventana, con los ojos abiertos como platos y respirando agitada entre la bici tirada, estaba Magaly.
Julián abrió la puerta del auto y se bajó al toque, con las piernas todavía temblando por el susto.
—¡¿Estás loca?! ¡¿Cómo vas a cruzar así?! —le gritó, yéndose directo hacia ella.
Magaly estaba en el piso, con la rodilla raspada y el tobillo latiendo a mil. Sabía perfectamente que la culpa era suya por cruzar sin mirar, pero el dolor y la frustración de la mañana le explotaron dentro. Se paró como pudo, revoleando la bici rota a un costado.
—Y vos qué hacés viniendo como un loco pelotudo ! —le retrucó con los ojos inyectados en sangre, tapando la culpa con pura furia—. ¡Casi me pasás por arriba, tarado!
Julián se frenó en seco, levantando las manos.respiro profundo
—Pará, pará un cacho. La culpa fue de los dos, ¿dale? Yo venía rápido y vos cruzaste a ciegas. Dejá que te ayude —le dijo, agachándose para levantar lo que quedaba de la bicicleta.
La bici ya estaba para el desguace antes del choque: vieja, despintada y con la cadena floja. Ahora, con el golpe, la rueda delantera parecía un ocho. Julián, sin pedirle permiso, la levantó y abrió la baulera gigante del auto para meter los pedazos adentro
Al ver la bici ahí metida, a Maga se le armó un nudo insoportable en la garganta. Todo junto fue demasiado: el tobillo , la suspensión, la media falta, y ahora quedarse a gamba. El orgullo no le dio para más. Se dio vuelta para que Julián no la viera, pero las lágrimas le empezaron a caer por la cara, calientes y llenas de impotencia. Lloraba contenida, tragándose los sollozos porque odiaba mostrarse débil, lo que la hacía enojarse el triple con ella misma y con la situación de mierda que estaba viviendo.
Julián la miró de reojo mientras cerraba la baulera. No dijo nada para no incomodarla, respetando el momento. Se subió al auto, abrió la puerta del acompañante desde adentro y la miró.
—Subite. Te llevo a la escuela, dale que se hace más tarde.
Maga dudó un segundo, limpiándose la cara con la manga del buzo con rabia, pero no le quedaba otra. Se subió y clavó la vista en la ventanilla, sin emitir palabra. El olor a auto nuevo la hacía sentir todavía más fuera de lugar.
Julián arrancó, pero a las dos cuadras miró el reloj del tablero y después la miró a ella, que seguía con los ojos llorosos y la mandíbula apretada.
—Che... ya son las ocho y veinte —soltó Julián, bajando la velocidad—. Ya entramos re tarde. Te van a clavar la media falta igual en la puerta. ¿Por qué mejor no vamos a desayunar algo por ahí y bajámos un cambio?
—No! Ni loca —saltó Maga, reacia—. Tengo una asistencia perfecta en el año. Si falto, en la dirección me van a mirar raro por el tema de la beca. Tengo que ir.!!!
—pensalo un poco—le dijo Julián con tono tranquilo—. La falta ya la tenés adentro, vayas o no vayas. No te va a cambiar nada es una falta. Vamos a tomar un café, te ponés hielo en ese tobillo que lo tenés como una empanada y después entramos a la segunda hora.
Maga lo miró de reojo. Tenía una mezcla de hambre, dolor y un cansancio mental que la superaba. Terminó aceptando con un bufido, cruzándose de brazos y mirando al frente