Cuando Julián cruzó la puerta de su casa, el silencio de siempre lo recibió como una bofetada fría. Dejó las llaves en la mesita de la entrada y caminó hacia la escalera, con la cabeza todavía metida en la Costanera, el olor a mar y la cabeza de Maga en su hombro. Sentía que el día había valido la pena, a pesar de la falta.
—¡¡¡Julián!!!!
La voz de su padre retumbó desde el living, seco y cortante como un vidrio roto.
Vicente D'Cano estaba parado junto al ventanal, todavía de traje pero con la corbata floja. No era un tipo que solía andar controlando las asistencias de su hijo; por lo general, mientras Julián mantuviera las notas altas, le daba lo mismo si iba o no. Pero hoy era diferente. Se le notaba en la cara, en las ojeras marcadas y en la forma tensa en que sostenía un vaso de whisky a medio terminar. Estaba de un humor de perros.
—Me llamaron del colegio —arrancó Vicente, dándose vuelta lentamente—. Faltaste a clases. ¿Se puede saber qué estabas haciendo?
Julián se quedó plantado en el primer escalón, con las manos en los bolsillos del pantalón. Lo miró fijo, pero no abrió la boca. No pensaba inventar una excusa barata y mucho menos nombrar a Magaly.
Ese silencio, esa indiferencia que Julián usaba siempre como escudo, terminó de sacar de quicio a su padre. Vicente caminó con paso firme hacia él, dejando el vaso sobre una mesa con un golpe seco.
—Te estoy hablando, Julián. No me mires como si fueras un estúpido!!! —escupió, parándose frente a él.
Julián siguió callado, sosteniéndole la mirada con los dientes apretados.
El estallido fue un segundo. Vicente levantó la mano y le pegó una bofetada limpia en la mejilla derecha. El impacto sonó fuerte en el living vacío y le giró la cara a Julián, dejándole la piel ardiendo y un zumbido sordo en la oreja.
Julián tardó unos segundos en volver a acomodar la cabeza. No se tocó la cara, ni mostró dolor. Lo miró con los ojos encendidos de una furia fría y soltó con voz pausada:
—¿Ya está? ¿Con eso ya estás satisfecho?
Vicente parpadeó, un poco descolocado por la falta de reacción de su hijo.
—Si ya terminaste, me voy a mi cuarto —continuó Julián, con una ironía que cortaba el aire—. Tengo que completar las tareas del día. Porque, como ya sabés, hoy no fui a la escuela.
Su padre apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Por un instante pareció que iba a volver a levantarle la mano, pero se contuvo. Soltó un bufido de desprecio, dio media vuelta y se dirigió a paso rápido hacia su despacho, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar los cuadros.
Julián subió las escaleras de a tres escalones. Entró a su cuarto, tiró la mochila contra la pared y pegó un puñetazo en el placard. Estaba rabioso, ciego de la bronca. La marca de los dedos con esos anillos de su viejo le quemaba en la mejilla, pero lo que más le dolía era la humillación. Ya no era un nene al que podían calmar a cachetazos. Quería venganza, quería romperle algo, quería cantarle las cuarenta y demostrarle que no le tenía miedo.
Sin pensarlo, salió de su habitación decidido a confrontarlo. Bajó el pasillo a paso firme, con la sangre hirviendo en las venas.
Pero cuando estaba a metros de la puerta pesada de madera del despacho, se frenó en seco.
La puerta no estaba cerrada del todo; había una hendija milimétrica por la que se filtraba un hilo de luz y el sonido de una voz baja. Su padre no estaba solo, estaba con alguien hablando en un tono que Julián nunca le había escuchado. Era una voz tensa, casi un susurro apurado.
Julián se pegó a la pared, aguantando la respiración.
—...no me importa cómo lo arregles!!! —decía Vicente, con una frialdad que ponía los pelos de punta—. Ya te pagué la mitad. Hay que terminar con esto rápido. Lo quiero frito … hasta que ese pelotudo no esté no podemos estar tranquilos…..Quiero a ese fiscalucho fuera de juego entendés!!!
—Si entendí no dije que no solo que está difícil por….
—El resto de la frase se perdió porque ellos caminaban por el despacho , pollo lo que tapó las palabras.
Matar a alguien? ¿Escuchó bien? Julián sintió que el cuerpo se le congelaba por completo. La rabia de la bofetada desapareció en un segundo, reemplazada por un frío horrible en el estómago. ¿Había entendido bien o la bronca le estaba haciendo imaginar cosas? Su viejo era un abogado importante, un tipo pesado, pero... ¿matar?
Escuchó pasos adentro del despacho y, cagado hasta las patas de que lo descubrieran, Julián se dio vuelta y caminó de puntillas lo más rápido que pudo de regreso a su cuarto.
Cerró la puerta con llave y se sentó en la cama, con el corazón dándole impactos en el pecho como un tambor. Se quedó mirando el techo en la oscuridad de su habitación, dándole mil vueltas a lo que acababa de escuchar, sin saber qué carajo hacer, pero con la certeza de que su vida ya nunca más sería la misma.