Tiempo fuera: la regla de los tres

Capítulo 12

El miércoles arrancó con una discusión temprano en la cocina. La tía de Maga no la iba a dejar caminar con ese tobillo ni de casualidad, y mucho menos subirse a otra bicicleta.

—Vas en Uber y punto, Magaly. Ese lujo nos lo podemos dar ni que fuéramos tan miseros!!! , no seas testaruda y no aceptó un no —le terminó de decir la tía, poniéndole la plata en la mano antes de que pudiera protestar.

Maga terminó cediendo, aunque viajar en auto a la escuela le parecía rarísimo no le gustaba que gasten innecesariamente. Durante todo el viaje estuvo mirando el celular, esperando una respuesta que nunca llegó. El chat de Julián seguía clavado en esa doble tilde azul de la noche anterior.

Cuando llegó al aula, la primera sorpresa del día fue ver el banco de al lado vacío. Julián volvió a faltar a las clases de la mañana. Maga pasó todas las horas normales esquivando las miradas, haciéndo de cuenta que prestaba atención, pero por dentro tenía una mezcla de rabia y orgullo herido. "Se cagó en mí", pensaba, convenciéndose de que el pibe se había arrepentido de haber sido copado el día anterior

A la tarde, tocó volver al colegio para el contraturno de gimnasia. Maga fue igual, aunque sabía que no iba a poder tocar una pelota. La entrenadora la mandó directo al banco de suplentes para que se quedara quieta y cuidara el tobillo. Sentada ahí, ver a sus compañeras entrenar y no poder entrar a la cancha le daba una impotencia que la quemaba por dentro.

Julián entró con la musculosa del club, picando la pelota como si nada hubiera pasado. Maga se le quedó mirando fijo, seria, con los brazos cruzados, esperando que él se diera vuelta, tuviera un poquito de culpa y se acercara a saludarla o a pedirle disculpas por dejarla en visto.

En un momento del entrenamiento, Julián fue a buscar una pelota que se fue larga y quedó bastante cerca del banco de las chicas de vóley. Maga no le sacó los ojos de encima. Julián levantó la vista y la miró. No se acercó, no saludó, ni siquiera sonrió para no levantar sospechas frente al resto de los compañeros. Pero, justo antes de darse vuelta para volver al juego, cuando nadie más lo miraba, Julián le clavó la mirada y le guiñó el ojo. Un gesto rápido, y cómplice.

Maga se quedó helada, asombrada. No entendía nada. Esperaba cualquier cosa —que la esquivara por vergüenza, que volviera a ser el cheto inalcanzable— pero no ese guiño de ojo que daba a entender que entre ellos seguía todo bien. La bronca le creció todavía más en el pecho. ¿Qué se creía? ¿Que le clava el visto toda la noche y se arregla con un guiño de lejos?pero reaccionó rápido. Apenas la miró con esa sonrisita, ella aprovechó que la profesora se había dado vuelta y le sacó la lengua, rápida y desafiante, cuidando de que nadie más en el gimnasio la viera. Julián contuvo la risa y volvió a la cancha.

Maga apretó los puños, clavando la vista en el piso de madera de la cancha, con el tobillo latiendo y la cabeza a mil por hora, sin poder sacarse la mirada de Julián de la mente




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