El miercoles a la mañana, Maga entró al aula con el corazón saltándole en el pecho, preparada para enfrentar las miradas, los chismes de sus amigas y, sobre todo, a Julián. Pero el banco de al lado volvió a estar vacío
Al principio no le dio importancia; pensó que llegaría tarde. Pero pasaron las horas, pasaron las materias, y Julián no apareció. Lo peor vino en el recreo: Maga escuchó hablar a los amigos de Julián de que el pibe no contestaba los mensajes en el grupo de WhatsApp, que no daba señales de vida y que ni ellos sabían dónde estaba.
Maga sintió que un frío horrible le recorría la espalda. En un momento de distracción, le mandó un mensaje privado: "Che, ¿todo bien? ¿Por qué no viniste?". El mensaje quedó con un solo tilde gris. No le llegaba
El jueves y viernes fueron exactamente igual. Julián faltó toda la semana. Maga pasó de la intriga a la preocupación, y de la preocupación a la rabia total de vuelta. Se sentía una estúpida. Miraba la Specialized hermosa en el comedor de su casa y sentía que era un chiste de mal gusto. ¿Por qué le regalaba una bici, le prometía salir el fin de semana y después desaparecía del mapa apagando el celular? El orgullo le quemaba el pecho. "Qué pibe imbécil", se repetía a sí misma para no llorar, convenciéndose de que Julián solo había estado jugando con ella.
Lo que Maga no podía ni imaginarse, era lo que realmente habia pasado en la casa de los D'Cano el martes por la noche
La noche del martes , justo después de que Julián terminara de chatear con Maga y de arreglar la salida, las luces del living se encendieron de golpe. Vicente D'Cano lo esperaba parado en el medio de la sala, con el resumen de la tarjeta de crédito en la mano y la cara desencajada por la furia. Había descubierto el gasto exorbitante de las bicicletas de alta gama.
—¿Me podés explicar qué carajo es esto, Julián? —rugió el padre, tirándole el papel en la cara—. ¿En qué te gastaste esta fortuna? ¿Crees que la plata crece en los árboles?
Julián, que ya venía con la sangre en el ojo por lo de la noche anterior y por lo que había escuchado en el despacho sobre los negocios turbios de su papá , está vez no se quedó callado. El orgullo y el asco que sentía por las mentiras de su padre le ganaron.
—La gasté en algo que SI vale la pena. Aparte, ¿qué me reclamas la plata a mí? —le contestó Julián, levantando la voz—. Si esta fortuna es mía. Te olvidás de que mi mamá me dejó la herencia a mí, no a vos.
La cara de Vicente se transformó, poniéndose completamente roja de la rabia. Julián había tocado su fibra más sensible, ese complejo de inferioridad que arrastraba desde siempre.
—Cerrá la boca, Julián. El que mantiene esta casa y maneja todo soy yo!!! —siseó el padre, señalándole con el dedo, temblando de furia ; pero Julián ya no razonaba y dejándose llevar siguió
—Sí, porque te la adueñaste! —dijo sacando todo el asco que se venía guardando—. Te olvidás de dónde saliste.!! Antes de mi mamá eras un abogado que tenía que laburar de panadero para llegar a fin de mes. Vivís de lo mío de mi herencia y ahora mírate... te convertiste en una basura por la guita, metido en cosas raras. Si mi mamá estuviera viva, le daría vergüenza ver en lo que te transformaste.
El silencio que siguió en el living fue de terror. Fue la primera vez en su vida que Julián le sacaba en cara su pasado y la procedencia del dinero, y también la primera vez que Vicente perdió el control absoluto. El golpe fue seco, violento, directo a la cara de Julián. El pibe trastabilló y cayó contra el sillón, con el pómulo estallado de dolor y la boca ensangrentada.
A mí no me volvés a nombrar a tu madre, pendejo de mierda, y menos para rebajarme —le gritó el padre, respirando agitado, con los ojos fuera de sí—. Te vas a tu cuarto y de ahí no salís.!!
A oscuras en su habitación, Julián pasó los siguientes días encerrado. Tenía el ojo completamente morado, hinchado y cerrado por el golpe, además del labio partido. No podía ir a la escuela así; todo el mundo se daría cuenta del monstruo en el que se había convertido su padre , y no quería tener que dar explicaciones .
Con el celular secuestrado por su viejo y mirando el techo con el cuerpo doliéndole, Julián solo podía pensar en una cosa: el fin de semana ya estaba encima, le había fallado a Maga, y ella debía estar odiándolo con toda su alma sin saber que él estaba viviendo su peor pesadilla.