La semana siguiente arrancó a mil por hora. Con la temporada de torneos encima, el club era un caos de entrenamientos a contra reloj. Maga, todavía con el alta médica a medias, pasaba las tardes mirando las jugadas desde el banco, pero su cabeza no estaba en la cancha. Estaba en la Specialized que seguía guardada en su casa. No podía dejarse eso.
El lunes, Julián finalmente volvió al colegio. Cuando Maga lo vio subir las escaleras para ir al aula, se le encendió la sangre. Iba decidida a encararlo, a tirarle la bicicleta por la cabeza y a reclamarle por haberla dejado plantada todo el fin de semana sin contestar un mísero mensaje.
Corrió dándole alcance y se paró frente a el con los brazos cruzados y la peor de sus caras.
—Tenemos que hablar —le soltó Maga, cortante—. No voy a aceptar la bici, Julián. Te la vas a llevar hoy mismo, quieras o no...
Pero las palabras se le congelaron en la boca cuando Julián levantó la vista.
Él intentó caretearla con una gorra y mirando hacia abajo, pero de cerca no había forma de ocultarlo. Maga tenía un ojo clínico para los golpes por los deportes, lo vio al toque: una línea fina y rojiza cruzaba su labio partido, y debajo del ojo izquierdo, aunque ya estaba sanando, todavía quedaba una sombra amarillenta y violeta.
Maga se quedó muda. La bronca se le derrumbó por completo, reemplazada por preocupación genuina
—¿Qué te pasó? —preguntó, con la voz mucho más suave, dando un paso hacia él.
Julián se acomodó la visera de la gorra, esquivándole la mirada, visiblemente incómodo.
—Nada. Un bardo en el club, jugando al básquet —chamuyó, con una voz apagada que no se la creía ni él. Después, miró la mochila y suspiró—. No me devuelvas nada, Maga. Quedatela. No seas tonta.—le pidió con voz apagada
—Julián, no soy estúpida, a vos te pegaron y no en un partido—le susurró ella, estirándose todo lo que podia para quedar a su altura, preocupada de verdad.—el miro para todos lados y negó con la cabeza guardó silencio un largo rato, mirando fijo la entrada al salon. Parecía que toda esa energía soberbia y ganadora que tenía siempre se le hubiera evaporado del cuerpo. Se lo veía cansado, como roto por dentro .
—No me odies por lo del fin de semana —soltó Julián, tan bajito que apenas se escuchó—. Posta... no estaba para salir. Ahora no estoy para nada. Solo quiero terminar este año de mierda y largarme de una vez ; por favor maga no estoy para esto
Maga lo miró fijo. No podia insistir, su intuición le decía que si presionaba más, él se iba a cerrar . Julián necesitaba aire.
—Está bien —dijo Maga, dando un paso atrás, respetando su distancia—. Pero cuídate.
Él asintió y entro al aula
A partir de ese día, el cambio en Julián fue tan evidente que hasta sus propios amigos del grupo de básquet lo notaron. Ya no salía con ellos, ya no reía en los recreos, iba de la casa al colegio y del colegio a la casa, como un fantasma que solo quería pasar desapercibido. Maga lo miraba de reojo desde el banco de al lado, con el corazón apretado por la preocupación. El misterio del "chico perfecto" del colegio se estaba empezando a romper, y ella no era la única que sospechaba el infierno que ocultaba ; sus amigos también estaban preocupados pero no sabían cómo ayudarlo .
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