Tiempo fuera: la regla de los tres

Capítulo 17

Pasaron dos semanas largas desde que Maga había visto las marcas en la cara de Julián. Dos semanas pesadas, donde ella cumplió su promesa y le dio espacio, pero sostener el silencio en el banco de al lado , se le hacía cada vez más difícil. Lo veía flaco, agotado y con unas ojeras enormes. Además, el ambiente en el colegio estaba rarísimo: la temporada de torneos se venía con todo y la presión se sentía en el aire.

El viernes a la tarde, el gimnasio del club era una caldera. Se jugaba un partido clave del torneo de básquet y Maga, junto a sus dos amigas, estaba en la tribuna. Aunque sus amigas gritaban y alentaban por el colegio, la mirada de Maga estaba clavada en el número díez

Julián estaba jugando de una manera super excepcional, casi violenta. Se notaba que estaba usando la cancha para descargar toda la furia, la impotencia y el encierro de esas últimas semanas. Cortaba pases, clavaba triples imposibles y saltaba con una fuerza que dejaba mudos a los rivales. Parecía invencible, el dueño del partido. Maga lo miraba asombrada; el pibe jugaba con el alma rota, pero con una garra que contagiaba a todos.

El silbato final sonó y el gimnasio estalló en festejos. El equipo de Julián había ganado, y sus compañeros corrieron a abrazarlo, festejando la victoria en el medio de la cancha. Maga sonrió aliviada desde la tribuna, esperando que el triunfo le cambiara un poco la cara. Pero la alegría duró un suspiro.

Julián ni se sumó al festejo largo. Buscó su mochila en el banco de suplentes y, sin pasar por las duchas, empezó a caminar rápido hacia la salida lateral del gimnasio. Maga, extrañada, le hizo una seña a las chicas y bajó rápido de la tribuna para seguirlo con la mirada.

Al cruzar el portón que daba al estacionamiento del club, todos se frenaron.

Ahí parado, apoyado contra un auto importado blindado y de vidrios polarizados, estaba Vicente D'Cano. El tipo vestía un traje oscuro impecable, anteojos de sol a pesar de que ya estaba atardeciendo, y mantenía una postura rígida, fría, rodeado por dos hombres grandotes con cara de pocos amigos que parecían sus guardaespaldas. No tenía facha de padre que va a alentar a su hijo; tenía la viva estampa de un mafioso de película.

Los compañeros de básquet de Julián, que salían festejando detrás, se callaron la boca al toque al ver el panorama. El ambiente se puso pesado, denso. Los pibes se miraron entre ellos de reojo, murmurando por lo bajo, asustados por la vibra peligrosa que transmitía el viejo de Julián.

Él ni los miró. Con la cabeza gacha y la mandíbula apretada, caminó directo hacia el auto. El padre ni se dignó a saludarlo; se dio a vuelta, y subió al asiento de atrás y uno de los guardaespaldas le abrió la puerta a Julián, que se metió al auto como si estuviera entrando a una celda.

El auto arrancó perdiéndose en la avenida, dejando un silencio de tumba en la puerta del club. Maga se quedó helada en la entrada, procesando la escena. Sus amigas llegaron al lado de ella, con los ojos abiertos como platos.

—Che... el viejo de D'Cano da un miedo tremendo —susurró una de las pibas, rompiendo el hielo—. Parece el jefe de la mafia.

Maga no contestó. Tenía el corazón en la boca. Ahora tenía mas puntos que unir , parece que el peligro de Julián no estaba en la calle




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