Tiempo fuera: la regla de los tres

Capítulo 18

Esa misma noche de viernes, el silencio en la casa de Maga se rompió de la manera menos pensada. Cerca de las diez, el rugido de un motor se apagó de golpe en la entrada, seguido por el sonido del timbre, que sonó tres veces, cortito. Cuando Maga abrió la puerta, ahí parado en la vereda, al lado de la moto y con el casco todavía en la mano, estaba Julián. Tenía la capucha del buzo levantada y los ojos desorbitados. Se había escapado. No aguantaba más el encierro ni los silencios de su casa y, por primera vez, había decidido mandar todo al diablo para buscar el único refugio que le quedaba.

La tía y los abuelos de Maga, lejos de hacer preguntas incómodas o armar un bardo por la hora, lo recibieron con los brazos abiertos y una calidez que Julián no recordaba haber sentido desde la muerte de su mamá. Le armaron un lugar en el sillón del living, le dijeron que estaba en su casa y, con una mirada cómplice, se fueron yendo de a poco a sus habitaciones para dejarles espacio.

—Bueno, como es viernes de cine, salen pochoclos —anunció Maga, intentando aflojar la tensión mientras caminaba hacia la cocina.

Julián la siguió en silencio y se apoyó contra la mesada, mirándola fijo. Estaba asombrado. Miraba todo el proceso como si estuviera viendo un truco de magia: cómo Maga calentaba la olla, tiraba los granos de maíz, el aceite y controlaba el fuego con una cancha total.

—¿Qué mirás tanto, kullen? ¿Nunca viste hacer pochoclos? —se burló Maga de reojo, tirándole un puñado de maíz crudo para molestarlo.

—Posta que no —admitió Julián, con una sonrisita que hacía semanas no se le veía en la cara—. En mi casa compramos los pochoclos aunque en realidad voy al cine si quiero ver una peli

Cuando la olla empezó a ametrallar con el pop-pop-pop del maíz explotando, el olorcito dulce a azúcar tostada inundó toda la cocina. Maga los pasó a un bol gigante y se los extendió. Julián manoteó un puñado, los probó y abrió los ojos como platos.

—No te la puedo creer. Te quedaron exactamente como los del cine —la elogió, mirándola con una mezcla de admiración y sorpresa—. Están perfectos, Maga.

—Y obvio, ¿qué te creías? Tengo mis secretos —le retrucó ella, con el orgullo inflado, aunque por dentro el corazón le iba a mil por hora por tenerlo ahí, tan cerca y tan real.

Volvieron al living con el bol gigante en el medio. Maga prendió la tele y puso una película cualquiera, pero la verdad es que ninguno de los dos le prestó atención a la pantalla. Se pasaron la noche charlando bajito, comiendo pochoclos y compartiendo risas cómplices.

Hasta que Julián decidió abrirse a Magaly

Le conto toda la situación con su viejo , omitiendo la charla confusa que escuchó una noche , luego quedaron en silencio ya que Magaly no sabía como responder asombrada de que él estubiera pasando una situación asi

—¿Por qué no se lo contás a tus amigos? —pregunto maga —Estaban re preocupados esos días que no teníamos noticias tuyas —le dijo bajito, cuidando el tono.

—Nooo, ¿te parece contarles? —soltó Julián, negando con la cabeza, todavía mirando la película sin mirar—. El papá de Juancho es amigo del mío, se conocen de toda la vida... Jamás creería algo así. Además, así como vos, yo no quiero que sepan mi talón de Aquiles —le confesó en voz baja.

Maga sintió un nudo en la garganta por la confianza que le estaba teniendo. Se acomodó en el sillón, lo miró fijo y se animó a picarlo un poco:

—¿Y por qué me lo contás a mí? ¿No te da miedo de que revele tu kriptonita?.

Julián desvió por fin la vista de la tele y la miró directo a los ojos, con una honestidad que a Maga la descolocó.

—Nooo, ¿sabés? Creo que serías incapaz —le dijo, re seguro—. Primero, jamás me miraste ni mal ni bien, mucho menos como una lamebotas. Siempre creo que me viste como un compañero al que ignorar, o no , te daba lo mismo.

Maga se quedó muda, parpadeando sorprendida. Ella nunca creyó que él tuviera esa idea de ella. Pensaba que Julián la veía como una chica invisible del fondo, pero el pibe venía prestando atención a cada uno de sus gestos desde hacía un montón.

Ella nunca creyó que tuviera esa idea de ella

Maga lo escuchaba, mirándolo de reojo a la luz de la tele, dándose cuenta de que debajo de toda esa fachada de pibe inalcanzable, Julián solo era un chico que buscaba un lugar en el mundo donde no tener que usar una máscara.

Julián levantó la vista y la miró a los ojos. Por primera vez en meses, la tensión de sus hombros bajó y la mirada se le ablandó por completo. Ya no se sentía solo.

La distancia entre los dos se acortó sin que se dieran cuenta. Maga se quedó fija en sus ojos oscuros, y después la mirada se le desvió, de manera inevitable, hacia la pequeña marca que todavía le quedaba en el labio. Julián también se inclinó apenas hacia ella, la respiración se les mezcló y el living pareció quedarse sin aire. El bardo del colegio, el viejo mafioso, las masitas de la abuela... todo desapareció por un segundo. Estaban a milímetros. Era el momento

Pero los dos se frenaron en el último suspiro. Tenían miedo de apurar las cosas. Julián venía con la vida rota y Maga no quería confundir el refugio que le estaba dando , con otra cosa; querían cuidar lo que estaba naciendo entre ellos.

Y en lugar del beso, Julián acortó la distancia que quedaba y la envolvió en un abrazo fuerte, hundiéndose en su cuello. Maga cerró los ojos y lo abrazó de vuelta, apretándose contra el con todas sus fuerzas, dejándole claro que ahí estaba seguro. Se quedaron así un largo rato, refugiados el uno en el otro en el silencio de la noche del viernes.

Cuando se separaron, la atmósfera seguía siendo intensa, pero ya no había incomodidad.

—Se hizo re tarde —susurró Julián, mirando la hora en el reloj de la pared. Sabía que tenía que volver antes de que el padre notara que la cama estaba vacía.

—Te acompaño a la puerta —dijo Maga con una sonrisa tierna.




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