Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 19

Las dos semanas siguientes fueron, sin dudas, los días más lindos del año. Como si el universo les diera un respiro, el padre de Julián tuvo que salir del país por un viaje de negocios imprevisto. Con la casa grande vacía y los guardaespaldas en pausa, Julián recuperó su celular y, sobre todo, su libertad

No eran novios oficialmente —ninguno quería ponerle etiquetas para no arruinar la magia—, pero se habían vuelto "amigos especiales". Julián empezó a ir libremente a la casa de Maga. Iban a la Costanera a andar en bici (con Maga estrenando la Specialized y volando por el asfalto), paseaban por el barrio y compartían las tardes en el living de los abuelos, donde Julián ya se sentía uno más de la familia. Por primera vez en mucho tiempo, se lo veía sonreír en serio, con los ojos brillando y sin esa mochila pesada en la espalda.

Aprovechando que las tardes eran de ellos, el sábado salieron a pedalear más fuerte, por lo que decidieron ir un poco más lejos . Los bosques de Ezeiza eran ideales .

Maga iba chocha arriba de la Specialized rosa mate; la bici volaba y el tobillo ya no le molestaba para nada. Julián iba a la par, mirándola de reojo con una sonrisa que no le entraba en la cara.

Frenaron en un parador , justo cuando el sol empezaba a caer y el cielo se teñía de un color dorado impresionante. Se quedaron ahí, sentados cada uno en el cuadro de su bici, con las ruedas casi tocándose y las zapatillas apoyadas en el cordón, mirando el horizonte en un silencio re cómodo.

—Gracias por no dejar que te devuelva la bici —soltó Maga de la nada, mirándolo de costado—. Posta. Hacía un montón que no me sentía tan libre.

Julián desvió la mirada del paisaje y la clavó en ella. El sol del atardecer le iluminaba los ojos y, por primera vez, no había rastro de cansancio ni de miedo en su cara.

—Te dije que era una inversión —contestó él, con la voz más suave que nunca—. Valía la pena si era para ver lo rápido que pedaleas

Maga soltó una risita, pero se cortó al toque cuando vio que Julián no dejaba de mirarla. La distancia entre las dos bicicletas desapareció. Julián estiró la mano y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, dejando los dedos un segundo de más en su mejilla. Maga sintió que el corazón le daba un vuelco de esos que te dejan sin aire.

—Acá está perfecto —dijo, frenando de golpe el un susurro

Bajaron de las bicis y las apoyaron contra el tronco de un pino enorme. Maga sacó de su mochila una lona a cuadros y el bol gigante con los sándwich que habían hecho la noche anterior, además de unos pochoclos y un termo con jugo frío.

—Bueno, basta de comer pochoclos. Quiero ver si esa Specialized corre tanto como decís, o si es pura facha —la picó luego, subiéndose a su bici—. Una carrera hasta la entrada del predio. El que pierde paga los helados.

—Te voy a pasar el trapo, D'Cano —le retrucó Maga al toque, subiéndose de un salto y acomodándose las zapatillas.

—Ya! —gritó Julián, saliendo disparado entre los pinos.

—¡Eh, tramposo! —Maga largó detrás, metiéndole un cambio a la bici y pedaleando con todo.

La Specialized volaba. En pocos metros, Maga le achicó la distancia, esquivando raíces y ramas caídas con una agilidad tremenda. Julián miraba de reojo, metiéndole pata a fondo, pero por más que intentaba, no había forma de sacarle ventaja; ella se le ponía a la par, matándose de risa de su cara de frustración. Cansado de ver que no podía ganarle y picado por el orgullo, Julián clavó los frenos de golpe y le tiró la bici cerca, buscando molestarla.

El cálculo le salió para el demonio. Maga intentó esquivarlo, pero las ruedas se tocaron, perdieron el equilibrio y terminaron los dos yéndose al piso.

Cayeron enredados entre el pasto, las hojas secas y los cuadros de las dos bicicletas.

—Sos un animal, Julián! —gritó Maga, tentada de risa pero dándole un empujón en el hombro para sacárselo de encima.

—Vos me tiraste la bici encima! —le retrucó él, re bardeando, mientras la agarraba de las muñecas para frenarla.

Empezaron a jugar a pelear en el suelo, forcejeando entre risas, rodando un poco sobre el pasto corto mientras intentaban dominarse el uno al otro. Julián la dio vuelta con una maniobra rápida de basquetbolista y le trabó los brazos contra el piso, quedando justo arriba de ella.

Las risas se cortaron de golpe.

El bosque pareció quedarse en silencio. Julián la sostenía con firmeza, pero la mirada se le ablandó por completo. Tenía la respiración agitada por la carrera y la pelea, el pelo revuelto lleno de hojitas secas, y los ojos clavados en los labios de Maga. Ella tampoco se movió; se quedó mirándolo fijamente, sintiendo el calor de su cuerpo y el corazón golpeándole en el pecho a mil por hora. Estaban enredados con las ruedas de las bicis todavía girando al lado de ellos.

El primer beso fue ahí, en medio del bosque, suave y tierno al principio, pero cargado de todo lo que se venía guardando desde el primer día que se sentaron juntos en el aula. Maga soltó un suspiro y lo agarró del cuello del buzo, mientras Julián la sostenía de la cintura, atrayéndola más hacia él. El mundo alrededor se apagó por completo; solo quedaba el viento moviendo las copas de los pinos y ellos dos, siendo finalmente libres




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