Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 20

La tarde en los Bosques de Ezeiza estaba siendo perfecta. Después de la carrera rabiosa, la caída y ese primer beso inolvidable entre el pasto y las ruedas de las bicicletas, Maga y Julián se quedaron sentados en la lona, compartiendo los últimos pochoclos con una sonrisa que no les entraba en la cara. La paz era total.

Hasta que, de la nada, el celular de Julián empezó a vibrar como loco arriba de la lona. Era juancho.

Apenas atendió, a Julián se le transformó la cara por completo. El color se le fue del rostro en un segundo.

—¿Qué? Pará, Juan , respirá... No te entiendo nada —soltó Julián, poniéndose de pie de un salto. Maga lo miró asustada, parándose al lado de él. Del otro lado de la línea, la voz de Juan sonaba desesperada, al borde del llanto—. ¿Cómo que chocaron? ¿A quién?

Juan le explicó a los gritos que David había agarrado el auto del hermano, que se había llevado puesto a un tipo en una moto en la avenida y que, del susto, se habían escapado. Le dijo que estaban metidos adentro de la casa de Julián, escondidos, porque necesitaban urgente que el viejo de Julián (con todos sus contactos de abogado) los ayudara antes de que fuera la policía.

Estamos acá adentro de tu casa con David, está re angustiado, temblando, no sabemos qué hacer, Julián. Vení ya, por favor, el portón estaba sin llave —lo apuró Juan antes de cortarle.

Julián se guardó el teléfono con la mano temblando. Tenía terror de pisar su casa, y más de meter a su viejo en el medio, pero Juancho era su hermano de la vida. No podía dejarlo tirado.

—Qué pasó? —preguntó Maga, con el corazón acelerado.

—Juancho... chocó a alguien y se dio a la fuga. Está escondido en mi casa con los chicos, metido en un lío enorme. Tengo que ir ya —dijo Julián, con pánico en los ojos—. Maga, te tengo que dejar en tu casa rápido, no quiero que entres ahí...

—No, ni en pedo, Julián. Vamos directo para allá —lo cortó ella, firme, agarrando su Specialized—. No vas a perder tiempo por llevarme a mí. Vamos.

Cargaron las bicis a mil por hora y Julián manejó hacia su casa como un loco, con el corazón en la boca. Maga iba al lado, agarrándole la mano para intentar calmarlo, pero Julián estaba en un viaje de terror puro. Al llegar a la enorme y lujosa casa de los D'Cano, el ambiente se sentía pesado. La fachada era impresionante, fría, con rejas negras altas y cámaras de seguridad.

Tiraron las bicis en el jardín de entrada. Julián empujó la puerta de entrada, que efectivamente estaba destrabada, listo para encontrarse con una escena de llanto, sangre o desesperación.

—¡¡SORPRESA!! —gritaron como diez voces al mismo tiempo.

Un cañón de serpentinas plateadas estalló en el medio del living. Maga dio un salto del susto y Julián se quedó petrificado en el umbral, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

El living gigante de mármol y sillones de cuero importado estaba copado. Juancho estaba tirado en el sillón, matándose de risa con una lata de coca en la mano; David. sostenía el tubo de la serpentina guiñandole un ojo, y las dos amigas de Maga aparecieron por detrás con globos y bolsas de papitas. Estaba grupete el completo.

—¡No te la puedo creer! —reaccionó Julián, pasándose las manos por la cara, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo pero con unas ganas tremendas de matar a Juancho—. Sos un hijo de puta, ... Casi me da un infarto, pensé que David iba preso.

—Era la única forma de hacerte venir, hermano! —se defendió Juan, cagándose de risa y dándole un abrazo—. Te borraste tres semanas de la faz de la tierra. No contestas los mensajes, te vas con Maga apenas toca el timbre... Les tuvimos que armar un operativo de inteligencia para que reaccionen.

—Además, Magui, nos venís metiendo el perro con el misterio de la bici nueva desde hace un mes —le reclamó una de sus amigas, comenzando loa reírse con ella—. Como ustedes no nos invitaron a la presentación oficial, les caímos todos juntos acá.

Maga miró a su alrededor, asombrada por el lujo de la casa pero aliviada de que todo fuera una joda. Miró a Julián, que todavía estaba tratando de recuperar el aire, pero cuando él la miró a ella y vio que se estaba matando de risa, se relajó por completo.

El plan de los pibes había sido una locura absoluta, pero en medio de ese living tan lujoso, frío y que siempre le traía malos recuerdos a Julián, las risas, el quilombo de los adolescentes y el olor a papitas coparon el aire. Después de los abrazos y de que a Julián le bajara la adrenalina por el susto del choque falso, el grupo empezó a organizarse para la merienda. Juancho y David manotearon un par de botellas de gaseosa y enfilaron directo para la cocina, seguidos por Maga y sus amigas, que llevaban los vasos

Julián fue detrás de ellos a paso rápido. Apenas cruzaron el arco que daba a la cocina —un lugar enorme, de granito negro, impecable y que parecía de revista de decoración—, Julián se les paró adelante y les frenó el carro, bajando la voz.

—Che, en serio, vayamos al quincho o quedémonos en el living, pero les pido por favor que no hagan lío acá —les dijo Julián, con un tono serio que hizo que Juancho soltara una risita, aunque al toque se calló al verle la cara—. Mi viejo estuvo de malas últimamente antes de viajar. Si llega a volver y ve una mancha, un vaso roto o algo fuera de lugar, me mata. Posta se los digo.

Los pibes se miraron entre ellos. David batió la gaseosa un segundo en el aire y la apoyó despacio sobre la mesada, asintiendo.

—Todo bien, Juli, nos rescatamos —dijo Juancho, aflojando los hombros—. Trajimos todo en bolsas, cuidamos el rancho, quedate tranquilo.

Maga lo miró fijo desde el costado de la mesada. Vio cómo a Julián se le tensaba la mandíbula solo de pensar en el regreso de su padre, y sintió unas ganas tremendas de abrazarlo ahí mismo para sacarle esa cara de preocupación. Él la miró de reojo, forzó una sonrisa para transmitirle tranquilidad y le hizo una seña a los chicos para volver al living con las cosas.




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