Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 24

Luego de los intensos festejos de esa semana, Julián y Maga decidieron ir a la mansión de él para poder estar solos y tranquilos. No era que los abuelos o la tía de Maga incomodaran, para nada, pero necesitaban un momento de intimidad absoluta para procesar todo lo que les estaba pasando.

Se cocinaron algo rápido y luego se sentaron en el sillón de la enorme sala principal, justo frente a la chimenea apagada. Julián se recostó y apoyó la cabeza sobre el regazo de ella; Maga le acariciaba los cabellos despacio, mientras él cerraba los ojos y, cada tanto, se incorporaba para darle besos suaves en la frente.

La sensación de paz dur un poco. Maga bajó la voz y tocó el tema que venían esquivando

—¿Te hiciste el tiempo para revisar las cosas de tu papá?

Julián suspiró, abriendo los ojos con pesar

—No... no sé, Magui. Tengo miedo de lo que pueda llegar a encontrar ahí adentro

—Sí, me lo imagino y es re entendible —le dijo ella, sin dejar de acariciarlo—. Pero creo que es mejor saber la verdad, ¿no te parece? Por ahí es otra cosa totalmente distinta, encontramos una explicación lógica y resulta que estamos pensando mal.

—Sí, lo sé... Dios quiera que sea otra cosa, algo no grave, y que lo que escuché haya sido solo una mala expresión de su parte.

Julián se dio la vuelta en el sillón, la miró hacía arriba con esos ojos de perrito mojado que ponía cada vez que quería convencerla de algo.

—¿Y si me ayudás, Maga?

Maga se frenó en seco, dudando.

—Oh... pero Juli, no sé si sería adecuado. Es faltarle el respeto a la privacidad de tu viejo. Si se llega a enterar, el día que lo conozca no me va a querer ni ver.

—Magui, te soy sincero: no te va a querer aunque no se entere de esto —le confesó él con una sonrisa triste, recordando lo rígido que era Vicente con cualquiera que se acercara a la casa.

—Tenés razón... —admitió ella con un toque de melancolía. Sabía perfectamente a lo que se exponía.

—Dale, ayúdame. Dos cabezas piensan mejor que una.

—Y dos pares de ojos ven mejor, jajaja —completó ella entre risas, aflojando la tensión.

Julián se levantó del sillón de un salto y le extendió la mano como un caballero antiguo para invitarla a pasar. Juntos caminaron por el pasillo hasta el gran despacho de Vicente D'Cano.

Al cruzar la puerta, Magali se quedó con los ojos desorbitados de la admiración. Era un señor despacho, de una elegancia imponente: estanterías empotradas repletas de libros jurídicos y obras inéditas, un escritorio de madera maciza, cuadros hermosos de autor y una alfombra importada bellísima. Todo ahí adentro transpiraba poder y dinero. En ese espacio entraban fácilmente la cocina, el comedor y el baño de la casa de sus abuelos

Julián fue directo al grano: empezó a abrir los cajones del escritorio y a revisar los ganchos de las carpetas archivadas, pero Maga se quedó de pie en el centro de la habitación, analizando el entorno con su mente detallista

—No sé, Juli... Pensalo un segundo. Un despacho es un lugar demasiado obvio para buscar —comentó ella, cruzándose de brazos—. Si tu papá guarda cosas que no quiere que nadie en el mundo vea, ¿no tiene una oficina aparte o algún otro escondite

Julián se detuvo en seco, la miró y corrió a darle un beso exagerado en los labios que la dejó sin aire.

—Ves... ¡por eso tenías que ser vos la que viniera! Sos una genia.

—Pará, no festejes tanto —se rió ella, colorada—. ¿En la oficina decis que no?

—No, en la oficina de la empresa hay secretarias, es un desfile de gente. Pero acá en la casa, dentro de su habitación principal, tiene un mini estudio privado donde no entra ni la empleada de la limpieza. Seguro está ahí. Vamos.

Y sin perder un segundo, enfilaron escaleras arriba hacia el santuario de Vicente.




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