Al sector privado del aeropuerto internacional de Ezeiza arribaba el vuelo que traía de regreso a Vicente D'Cano. No tenía previsto adelantar su regreso, pero las circunstancias lo habían obligado a acelerar los tiempos. Al menos ya podía respirar un poco más tranquilo: había logrado solucionar sus "negocios" en el exterior y disipar cualquier posible sospecha que cayera sobre él, habiendo estado convenientemente fuera del país durante los días del crimen del Fiscal Marcial. Su coartada era perfecta.
Ahora solo quería llegar a la mansión y ver a Julián, lo único bueno y limpio que le quedaba en la vida. Su hijo no entendería jamás sus elecciones, lo sabía, pero a veces la desesperación y la vida te llevan por caminos indeseables. Estaba atado a ese destino oscuro e haría lo que fuera necesario para que nada saliera a la luz. No iba a permitir que su pasado le arruinara la vida a Julián
Subieron al imponente auto negro de alta gama que los esperaba en la pista.
—Vicente, mañana a primera hora tenemos la reunión con Franco —le informó Silvano, su mano derecha, mientras el chofer arrancaba—. La casa de seguridad del sur tuvo allanamientos estos días, y la propiedad de Nordelta también estuvo bajo la lupa
—Uff... seguro alguno se quiso pasar de listo y abrió la boca —masculló Vicente, frotándose las sienes con frustración—. Llamá a Ramón y decile que busque en las cámaras de Nordelta, en los talleres, y que pinche de una vez los teléfonos que le pedí. Joder, ¿tanto les cuesta? Les venía diciendo hace meses que teníamos una rata metida adentro.
—Y donde hay una rata, hay varias, Vicente... —le respondió Silvano con su voz particular, una mezcla entre ronca y arrastrada por un acento extranjero difícil de identificar.
Silvano era un tipo imponente: un señor alto, con bastantes kilos de más, nariz aguileña y una mirada oscura que intimidaba a cualquiera que lo mirara fijo. Había un detalle en él que llamaba la atención de inmediato y resultaba difícil de olvidar: siempre usaba guantes de cuero negros, no importaba si hacía un calor sofocante o un frío de morirse; los guantes nunca faltaban de sus mano y cada dos por tres se tocaba la nariz como una especie de toc
—Dejá el tema por hoy. Vamos a casa, que quiero ver a Julián —ordenó Vicente, mirando por la ventanilla.
—Tranquilo, patroncito... —le dijo Silvano con una sonrisa de lado, usando ese apodo condescendiente cada vez que veía a Vicente alterarse por cuestiones familiares—. El niño estaba jugando con una muñeca estos días en la casa, según me dijeron los muchachos. Ya se estaba tardando... yo ya había empezado a creer que el pibe le pateaba para el otro lado, siempre metido en el club con esos dos zánganos que tiene de amigos.
—Espero que haya elegido bien este boludo... —suspiró Vicente, con su clásica exigencia.
—Tranquilo. Parece que la piba es familiar de los Frías, los del oeste.
Los hombres de Silvano habían averiguado el apellido de Maga al verla entrar a la mansión y, por una confusión de nombres, creyeron que pertenecía a una influyente familia política de la provincia del oeste. Nada más alejado de la realidad, ya que Maga había sido criada humildemente por sus abuelos tras el accidente de sus padres. Sin embargo, sin que ellos lo supieran, esa confusión de la mafia beneficiaba temporalmente a Maga, dándole un estatus de "intocable".
El auto aceleró a fondo por la autopista Riccheri, saliendo a toda prisa de Ezeiza en dirección a la mansión.