Al cruzar la pesada puerta de madera del dormitorio principal de Vicente, el aire se sintió de golpe diferente, más denso y frío. Julián guió a Maga hacia el rincón del fondo, donde un imponente juego de biblioteca delimitaba el mini estudio privado de su padre. Sin embargo, antes de avanzar hacia los papeles, Maga se detuvo en seco. Se le escapó un leve suspiro de sorpresa mientras miraba a su alrededor.
Sobre la cómoda, en las mesas de luz y en las paredes, había decenas de portarretratos con fotos de la mamá de Julián. En todas salía sonriente, llena de vida. Maga caminó despacio y apoyó una mano en las puertas espejadas del enorme placard que cubría una pared entera; la madera estaba impecable, sin una mota de polvo.
—Juli... —susurró Maga, conmovida, mirando de reojo las pertenencias—. Su ropa todavía está acá, ¿no?
Julián se paró al lado de ella y asintió con una mezcla de tristeza y nostalgia. Los ojos marrones de él se empañaron un segundo
—Sí. Mi viejo no dejó que se tocara absolutamente nada desde el día en que mamá falleció en el hospital. Es como si el tiempo se hubiera congelado acá adentro. Su perfume, sus abrigos... todo sigue igual.
—debio de amarla muchísimo
—eran súper!! en esa época mi papá era diferente como extraño esos tiempos
Maga lo abrazó de costado, entendiendo por primera vez el tamaño del fantasma que habitaba esa casa. Pero el recordatorio de la urgencia los hizo reaccionar. Dejando atrás la melancolía, se metieron de lleno en el escritorio del mini estudio. Julián abrió el cajón inferior, el que tenía llave, pero que esta vez, convenientemente por el apuro del viaje de su padre, había quedado entreabierto.
Ahí adentro no había contratos comunes. Lo primero que sacaron fue una carpeta negra, pesada, de cuero. Al abrirla sobre el escritorio, a ambos se les congeló la sangre. No eran papeles de abogacía. Eran planos detallados, fotos de frentes de casas sacadas a la distancia, horarios anotados minuciosamente y direcciones de diferentes puntos de la provincia del oeste y del.este
Debajo de esa carpeta, Maga tiró de otra más delgada. Al abrirla, sus ojos color miel se abrieron con horror. Era una especie de catálogo espantoso: hojas satinadas con fotos de perfil y de frente de chicas y chicos jóvenes, la mayoría de su misma edad o más chicos, acompañadas de anotaciones con números, códigos de barras y precios en dólares.
—Dios mío, Julián... —exclamó Maga, tapándose la boca con una mano, sintiendo unas náuseas repentinas.
La mente analítica de Julián conectó todo al instante con lo que había visto en el noticiero: el tráfico de blanca mundial que investigaba el Fiscal Marcial
—Tu papá no es solo un abogado de mafiosos. Él organiza la logística. Él sabe a dónde llevan a esta gente. —dijo Magaly mientras leía y sacaba fotos
—No puede ser, no puede ser... —repetía Julián, con la voz quebrada, negando con la cabeza mientras se le caían las lágrimas. El mundo se le derrumbaba en mil pedazos.
—Juli, reaccioná! Hay que registrar esto ya —le ordenó Maga, imponiendo su fuerte carácter—. Sacá el celular. Ayúdame a sacar fotos , Saca a cada hoja, rápido.!
Con las manos temblando como nunca en su vida, Julián empezó a pasar las páginas del catálogo mientras Maga sostenía el teléfono en alto, haciendo foco y gatillando ráfagas de fotos para registrar las direcciones, los nombres en clave y los rostros de las víctimas. La adrenalina les hacía zumbar los oídos.
Cuando ya estaban terminando se escuchó un
CLANK-CLANK-CLANK-RRRRRRRRR! El característico ruido del portón de la casa
El eco metálico y seco rebotó desde el piso de abajo, filtrándose por las rendijas de la ventana. Julián y Maga se quedaron duros, helados en el lugar. Era el ruido característico, viejo y pesado, del portón eléctrico de la mansión al abrirse. El auto de Vicente ya estaba dentro de la propiedad.
Es él! ¡Llegó! —asfixió Julián en un susurro desesperado.
En un flash de puro pánico, cerraron las carpetas con cuidado milimétrico, las acomodaron exactamente en la misma posición dentro del cajón inferior y empujaron la madera hasta dejarla entornada como estaba. Maga guardó su celular en el bolsillo de la calza deportiva.
Estaban por correr hacia la puerta del pasillo para bajar las escaleras cuando el sonido de los pesados pasos de Vicente y la voz ronca de Silvano retumbaron en la planta baja. La puerta principal de la casa se había cerrado.
—julián! ¡Juli, ¿estás arriba, hijo?! —el grito del padre resonó con fuerza en el living, buscando en el despacho y la cocina. Estaba subiendo los primeros escalones.
Salieron del mini estudio al dormitorio, pero ya era tarde: si abrían la puerta para salir al pasillo, se cruzarían de frente con Vicente en la escalera. Quedarse quietos ahí adentro significaba una condena; el padre jamás les perdonaría haber invadido su santuario privado, y menos después de lo que acababan de ver. El miedo les oprimía el pecho, el corazón les iba a mil por hora.
—Por acá no podemos —dijo Maga, con los ojos inyectados de pánico, señalando la puerta del pasillo—. Nos va a ver.
Julián miró hacia el gran ventanal de la habitación.
—El balcón —reaccionó con rapidez Julian Con un cuidado extremo para no hacer el menor ruido, Julián destrabó el ventanal y abrió la hoja lo justo para que pasaran. Salieron al balcón del padre. El viento frío de la tarde les dio en la cara, pero no tenían tiempo para dudar. El balcón de la habitación de Julián estaba pegado, separado apenas por una saliente de mampostería de la fachada de la casa.
Julián pasó primero, trepando con la agilidad y los brazos largos que le daba el básquet, y estiró las manos para sostener a Maga. Ella, con el físico bien trabajado por los duros entrenamientos de vóley, se impulsó con fuerza y pasó la baranda sin perder el equilibrio. Entraron a la habitación de Julián a toda velocidad y cerraron el ventanal detrás de ellos. Estaban a salvo de milagro, pero el peligro no había pasado.