Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 27

Al abrir la puerta, Julián se topó de frente con la figura imponente de su padre. Vicente D'Cano vestía un traje gris impecable, aunque traía el nudo de la corbata un poco flojo por el viaje. Detrás de él, parado en el pasillo como una sombra gorda y amenazante, Silvano observaba todo en silencio, con sus infaltables guantes de cuero negros puestos.

—Ah, acá estabas. Te estuve llamando desde abajo, Julián —dijo Vicente, clavándole esos ojos fríos que siempre hacían que su hijo se sintiera examinado.

—Hola, papá. Sí, perdón, es que salimos muertos del club y nos metimos a bañar directo. No escuché nada por el ruido del agua —mintió Julián, secándose el pelo rubio con la mano para darle realismo a la actuación. El corazón todavía le rebotaba contra las costillas.

En ese momento, la puerta del baño se terminó de abrir y Maga salió al dormitorio. Llevaba la toalla blanca enroscada en la cabeza como un turbante, unas calzas deportivas que remarcaban su físico estilizado y una remera holgada. Tenía las mejillas un poco coloradas por el vapor que habían armado a las apuradas y unas gotitas de agua le corrían por el cuello trigueño.

Vicente desvió la mirada de su hijo y se quedó petrificado por un segundo. La estudió de arriba a abajo con una lentitud que a Julián le revolvió el estómago. A Vicente, literalmente, se le cayó la baba. Acostumbrado a ver mujeres plásticas o ambientes superficiales, la belleza natural de Magaly, sus labios carnosos ,sus pechos exuberante, sus ojos marrones claros tirando a color miel y ese cuerpo notablemente trabajado por las exigencias del vóley de alto rendimiento, lo dejaron impactado. Le pareció una mujer atractiva y deslumbrante en todos los sentidos.

—Buenas tardes, señor —saludó Maga, plantándose con firmeza y forzando una sonrisa educada. Su mente funcionaba a mil por hora; sabía que un solo paso en falso los hundía—. Disculpe las facha, yooo debo disculparme por invadir su casa lo siento ; no era esta la forma en que deseaba conocerlo

La voz de Maga, segura y sin titubeos, terminó de convencer a Vicente. Se acomodó el saco del traje y cambió su típica expresión de pocos amigos por una sonrisa de caballero, derrochando un encanto falso que usaba en sus reuniones de negocios.

—No hay nada que disculpar, por favor. Al contrario, el desaliñado soy yo que vengo de sufrir el viaje de Ezeiza —respondió Vicente con un tono sumamente amable, dándole la mano con excesiva caballerosidad—. Así que vos sos Magaly Frías. Silvano me estuvo comentando que estabas de visita en casa. Así que no importa las formalidad en este momento

Maga asintió, manteniendo la compostura mientras sentía el roce de la mano del hombre que, según las fotos del celular, tenía que ver con una red monstruosa.

—entonces es un placer conocerlo, señor D'Cano. Julián me habla mucho de usted —dijo ella, jugando el papel de la novia perfecta.

—bien espero

— y de que otra forma me hablaría , obviamente que bien

Vicente miró a Julián de reojo y le dio una palmadita en el hombro, un gesto de aprobación que hacía años no tenía con él. En la mente del abogado, todo cerraba a la perfección. Con el informe que le había dado Silvano sobre el supuesto origen político de los Frías del oeste, Vicente asumió que la chica venía de una familia patricia, de buena procedencia y con un apellido pesado que a él le convenía tener cerca para sus contactos de poder. Le pareció una joven fina, educada y con clase.

—Pero mientras Vicente se deshacía en elogios falsos, el ambiente se cortaba con un cuchillo por el lado de Silvano.

—El placer es mío, Magaly. Me alegra enormemente que mi hijo esté tan bien acompañado por una señorita de buena cuna. En esta casa siempre serás bienvenida —aseguró Vicente, casi relamiéndose por el éxito de Julián—. Los dejo que se terminen de cambiar tranquilos. Silvano, bajemos a tomar un whisky que el día fue largo

El hombre gordo dio un paso lento hacia el frente, haciendo crujir el cuero de sus botas. Clavó su mirada oscura y fría en Maga, estudiándole la postura. Silvano tenía el instinto afilado de un tipo que vivió siempre en la mugre; algo no le terminaba de cerrar. Sus ojos bajaron de la toalla en la cabeza de Maga hacia el piso del dormitorio, buscando algún rastro, alguna inconsistencia. Miró a Julián, que tragaba saliva tratando de mantener los músculos de la cara relajados, aunque sentía que el sudor frío de la nuca lo iba a delatar.

Silvano levantó una de sus manos cubiertas por el guante negro y se acomodó la nariz aguileña, sin quitarle los ojos de encima a la piba. El silencio de esos segundos fue eterno, una tortura donde Julián dejó de respirar, convencido de que el mafioso iba a estirar el brazo, abrir la puerta del baño y notar que el piso de la ducha estaba apenas húmedo, o que ellos estaban temblando.

Como diga, patrón —masculló finalmente la voz ronca de Silvano, rompiendo la tensión y dándose la vuelta, aunque le dejó clavada a Maga una última mirada de profunda desconfianza. El tipo no era ningún boludo: los iba a tener bajo la lupa.

Vicente se despidió con un gesto elegante y cerró la puerta de la habitación.

Apenas escucharon los pasos de los dos hombres alejándose escaleras abajo, Julián y Maga se derrumbaron contra la cama. Julián se tapó la cara con las manos, respirando con dificultad, temblando por el colapso de la adrenalina. Maga se sacó el turbante de la toalla de la cabeza y lo tiró al piso; su pelo trigueño cayó desordenado sobre sus hombros. Se miraron fijamente, con el horror del catálogo todavía fresco en la memoria y el peso de saber que, a partir de ese segundo, estaban viviendo una mentira que en cualquier momento podía costarles la vida.




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