El playón de estacionamiento del club era un caos de autos, micros escolares y bocinazos. El sol de la tarde rebotaba contra el asfalto, levantando un calor pesado que anticipaba la caldera en la que se convertiría el gimnasio. Maga bajó del auto de Juancho cargando el bolso deportivo al hombro, flanqueada por Andrea y Rocío. Unos metros más atrás, Julián, Juancho y David caminaban en bloque, serios, como una guardia premonitoria. El pacto de silencio de la tarde anterior seguía flotando en el aire, pero hoy tocaba poner la cabeza en la cancha.
No llegaron a dar diez pasos hacia la entrada principal cuando el chirrido de cubiertas de una combi los obligó a frenar. De la cual bajó ella: la cheta, la capitana de La Belgrano Elite y el resto del equipo femenino de vóley, luciendo gafas de sol carísimas y los conjuntos de gimnasia de marca, impecables. Detrás de ella bajo Álvaro, el 7 del equipo de básquet, que todavía masticaba la bronca de haber sido domado por Julián el día del partido y los demás de bázquez
Las miradas se cruzaron al toque. Fue un choque eléctrico. La central de La Belgrano miró el bolso gastado de Rocío y soltó una risita despectiva, codeando a su compañera.
—Mirá, gor, llegaron las del club de barrio —comentó en voz alta, lo suficientemente firme para que rebotara en el playón—. Se equivocaron de puerta, chicas, el torneo de fomento es a la vuelta.
Rocío apretó las tiras de su bolso y Andrea dio un paso al frente, plantando el pecho, pero Maga la frenó con el brazo. Maga masticaba un chicle con una parsimonia total, mirándolas de arriba abajo a través de los anteojos de la capitana rival.
—No te preocupes, linda, sabemos perfectamente dónde entrar —retrucó Maga, con una sonrisa helada—. Vinimos a buscar la copa que nos dejaron armada. Vayan elongando, así no usan los calambres como excusa cuando les rompamos la cancha.
Álvaro dio un paso adelante, buscando a Julián con el reto en la mirada, pero antes de que la situación pasara a mayores, la puerta doble de chapa del gimnasio se abrió con violencia.
—Epa, epa! ¡Frenen el carro ahí mismo! —El vozarrón de Carlos, el coordinador general del torneo , retumbó en todo el estacionamiento.
Al lado de Carlos salieron los dos entrenadores: el de La Belgrano Elite, un tipo de traje deportivo idéntico al de sus jugadoras, y la entrenadora de ellas , con su equipo deportivo súper ajustado dejando ver los músculos trabajados en horas de gimnacio . Los tres caminaron con paso firme hacia el centro del playón, metiéndose como una cuña humana entre los dos bandos.
Carlos se plantó en el medio, mirándolos a todos con los brazos cruzados y una cara de pocos amigos que congeló el ambiente.
—Escúchenme bien las doce —sentenció Carlos, barriendo con la mirada desde la cheta hasta Andrea—. Lo del otro día en el partido de básquet de los varones ya fue lo suficientemente al límite. No voy a tolerar ni un solo disturbio hoy. ¿Quedó claro? Si son rivales, lo demuestran en la cancha, con la pelota de vóley y respetando el reglamento. Fuera de esa línea de cal, no quiero un solo problema, ni una mirada de más, y ni un insulto en el pasillo.
El entrenador de La Belgrano Elite dio un paso adelante, acomodándose el silbato en el pecho, mirando de reojo a su capitana.
—Corten el bardo acá afuera, chicas. Vinimos a jugar una final, no a dar espectáculos penosos.
—Lo mismo para ustedes —completó la entrenadora de las chicas, poniéndole una mano firme en el hombro a Andrea—. Si veo que alguna responde a una provocación o busca bardo en el vestuario, la siento en el banco todo el partido. Y si el quilombo pasa a mayores, Carlos ya tiene la orden del comité: expulsión directa de todo el torneo para el club que empiece. No me importa si es la final. Quedan descalificados y se acabó la historia. ¿Estamos?
—La cheta se sacó los anteojos de sol, clavándole una mirada cargada de veneno a Maga, pero asintió con la cabeza ante su entrenador.
—Perfecto, ningún problema —dijo con esa vocecita fina y soberbia—. Nos vemos adentro, chiquis. A ver si sostienen la boca con el juego.
—Entren ya —ordenó Carlos, señalando la puerta del gimnasio.
El plantel de La Belgrano Elite avanzó en fila, dejando un olor a perfume importado en el aire del playón. Maga las vio pasar, inmóvil, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a correrle por las venas. Julián se le acercó por la espalda y le apretó suavemente el hombro
—Hacé lo tuyo, Maga —le susurró al oído—. Rompeles el piso.
Maga tiro el chicle en un tacho, miró a Andrea y a Rocío, y las tres chocaron las palmas en un pacto silencioso. El torneo se definía hoy, y ninguna advertencia de los entrenadores iba a salvar a las chetas de la paliza táctica que les tenían preparada.
El silbato del árbitro sonó, autorizando el saque con el marcador clavado en un infartante 23-23. En la cancha, las seis jugadoras del club se acomodaron en sus posiciones: las tres de atrás atentas a la defensa, y las tres de adelante listas en la red. Del otro lado, la líbero y la central de La Belgrano cruzaron miradas de asco con las chicas del fondo, recorriéndolas de arriba abajo.
—Che, villera, ¿tu noviecito no te compra el mismo número? —soltó la cheta con tono de lástima—. Míranos a mí y a Álvaro: los dos con la 7. Eso es sintonía.
Maga la miró de arriba abajo con un desprecio absoluto, acomodándose la rodillera gastada sin perder el ritmo.todo el partido se estubieron bancando las sisañas de esas boludas y nadie les paró el carro ya no se aguantaba una mas
—Acá nos manejamos por juego, no por pose —retrucó Maga, seca y cortante—. Usar el mismo número por ser novios nomás es de re boludos... ¿O no les da para llegar a más? Guárdate tu 7, que Julián mandó a llorar a Álvaro al banco, y ahora te toca a vos.
La siete se mordió el labio con una bronca bárbara
—Dale, saquemos ya que el olor a club de barrio no se soporta —comentó la central cheta en voz alta, buscando la complicidad de su equipo