La pava silbaba en la cocina, pero nadie se levantaba a apagarla. El living de la casa de Magalí era un mar de silencios incómodos, interrumpidos solo por el ruido del agua al cebar y las miradas fijas en el suelo. Los muchachos se habían reunido ahí después del desastre en la cafetería, buscando un refugio donde procesar la culpa que les apretaba el pecho. El termo pasaba de mano en mano, pero el mate ya estaba lavado y a nadie le importaba.
—Metimos la pata hasta el fondo, loco... Pobre Juli —soltó Juancho, pasándose las manos por la cara, sintiéndose verdaderamente fatal. No podía borrarse de la mente la imagen de su amigo saliendo casi corriendo del local.
—Si no nos habla más, sería completamente comprensible —coincidió Andrea, mirando de reojo su propio celular, deseando con todas sus fuerzas poder volver el tiempo atrás para tragarse sus palabras.
—Bueno, che, tampoco nos matemos —interrumpió David, intentando sacudirse la incomodidad, aunque el tono delataba su propia frustración—. Convengamos que el viejo es una mierda. ¿Cómo puede hacer las cosas que hace? Es un animal que no piensa en el daño que causa a su alrededor. No dijimos ninguna mentira.
—Sí, está bien, ¿pero qué culpa tiene Julián? —saltó Rocío, poniéndose firmemente en el lugar de su amigo—. Pónganse en sus zapatos un segundo, debe de ser horrible enterarte de que el tipo es un monstruo.
—Nadie dice que no sea así, Ro —retrucó David, defendiendo su punto—. Pero tampoco podemos tirarle flores al viejo solo porque Julián esté presente. Es un tema que, lamentablemente, nos toca de cerca y nos hace mal, esto afecta a toda la sociedad, no solo a él. Al tipo hay que llamarlo por lo que es.
—Sí, tenés razón! ¡Todos tienen razón! —la voz de Magalí cortó el aire como un látigo, saliendo bruscamente de su cuarto.
Tenía los ojos un poco hinchados y el teléfono apretado con fuerza contra la palma de la mano. Había pasado la última hora intentando comunicarse con Julián, llamando tres, cuatro, cinco veces, pero el celular de él daba directo al contestador. La impotencia la estaba carcomiendo por dentro.
—Pero piensen un segundo —siguió Maga, plantándose frente al grupo, con la voz temblorosa de la bronca—. Sebastián también la está pasando mal y todos lo ayudan no opinando delante de él. Pueden decir lo que se les cante el culo cuando estemos solos, porque nada de lo que hablemos va a hacer que ese animal se redima, pero por favor... no lo hagan delante de Julián. Sean un poco empáticos con él, se los pido por favor. No deja de ser su papá.
El living se quedó mudo. Juancho bajó la cabeza, asumiendo el reto, y David prefirió no retrucar más. Sabían que Maga tenía un punto y que el dolor de Julián era sagrado para ella.
—¿Y? ¿Pudiste hablar? —preguntó Andrea en un susurro, cambiando el tema
Magalí suspiró de forma pesada, miró la pantalla negra del celular y le hizo una seña negativa con la cabeza, completamente afligida. El silencio de Julián la asustaba más que cualquier grito.
En ese mismísimo instante, la puerta del frente se abrió con un estrépito alegre. Las risas y las voces fuertes inundaron el pasillo, rompiendo la angustia en la que estaban metidos los chicos.
—Hola, hola! ¡Miren quiénes llegaron! —anunció la tía, entrando al living cargada con bolsas de la panadería—. Trajimos masas finas y una torta gigante. ¡Hay que festejar el triunfo de las chicas!
Detrás de ella entraron los abuelos, con los ojos brillantes de orgullo, ajenos por completo a la oscuridad que se había instalado en el grupo.
—Felicitaciones, mi amor! —dijo el abuelo, abriendo los brazos para saludar a Magalí—. ¡Qué partidazo se jugaron! Felicidades par ustedes también chicas
Maga tragó saliva, forzó la mejor de sus sonrisas y guardó el celular en el bolsillo trasero del jean. Miró a sus amigos, dándoles una orden silenciosa con los ojos para que disimularan. El festejo se les había aguado por completo, pero la vida afuera seguía girando, y por unas horas, iban a tener que caretear la felicidad que ya no sentían.