Tiempo fuera: la regla de los tres

Capítulo 35

El silencio del Cementerio de la Recoleta solo se interrumpía por el crujido de sus propias zapatillas sobre las piedritas del camino. Julián caminó con las manos metidas en los bolsillos de la campera, esquivando las miradas de los pocos turistas que deambulaban por el lugar, hasta que llegó al panteón familiar donde descansaban los restos de su mamá. Se apoyó contra el mármol frío, sintiendo que las piernas le pesaban una tonelada.

Ahí solo, sin que nadie lo juzgara ni lo mirara con lástima, se quebró. Estuvo hablándole a ella durante más de una hora en un susurro ahogado, pidiéndole que por favor le diera fuerzas desde donde estuviera, que no se olvidara de él y repitiéndole, con el corazón en la mano, lo mucho que le hacía falta en este momento de su vida. Necesitaba su guía más que nunca ahora que su mundo se estaba desmoronando.

Desahogó cada uno de sus sentimientos, llorando en silencio hasta quedar completamente agotado. Nunca en su vida se había sentido tan cansado; ni siquiera después de los partidos más extensos, de los entrenamientos más brutales o de las finales del club. El dolor en el pecho lo dejó sin energías, así que se sentó en una banca de piedra cercana y, sin darse cuenta, se durmió profundamente, vencido por el cansancio emocional.

Para cuando despertó, el sol ya se habia ocultado entre los mausoleos y el aire se había vuelto helado. Estaba un poco desorientado. Refregándose los ojos, sacó el teléfono del bolsillo y la pantalla se iluminó con una catarata de notificaciones: tenía decenas de llamadas perdidas de Maga, varios mensajes preocupados de sus amigos del club y, destacándose entre todo, un mensaje de voz de su papá.

Con el ceño fruncido, Julián se acomodó los auriculares y reprodujo el audio. La voz de su padre sonaba apurada, con ese tono ejecutivo que usaba siempre:

Vicente—Julián, escuchame hijo . Dejé todo arreglado para que les organicen el festejo del sábado, ya pagué todo. Quería estar presente para saludarte, pero surgió un viaje inesperado de negocios, así que nos estamos yendo con Silvano para el oeste ahora mismo. Disfrutá con tus amigos. Nos vemos a mi regreso, el lunes por la noche. Un abrazo.

Julián suspiró, sintiendo una mezcla extraña de alivio y amargura. Al menos no iba a tener que caretearle la cara a su viejo durante el fin de semana.

Entró al chat grupal y vio que uno de los últimos audios que le había mandado Andrea decía que estaban todos reunidos tomando mates en la casa de Magalí. A pesar de que ya era tardísimo y de que no tenía ganas de ver a nadie, Julián sabía que no podía seguir huyendo. Necesitaba ver a Maga. Se acomodó la mochila, cruzó los portones de hierro del cementerio y caminó directo hacia la casa de ella.




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