Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 36

Julián golpeó la puerta de la casa de Magalí suavemente, casi con timidez, con el miedo latiéndole en el pecho de no saber qué iba a encontrar del otro lado. Para su sorpresa, quien le abrió fue Luisa, la abuela de Magui. Al verlo con los ojos un poco enrojecidos y la mirada cansada, la mujer no hizo preguntas; simplemente le regaló una sonrisa dulce y le dio un cálido abrazo de esos que recomponen el alma. Lo llevó de la mano hasta la cocina y le sirvió en un plato un par de masitas finas y una porción de torta que ella misma le había guardado celosamente de la merienda. Ese pequeño gesto de amor cotidiano e incondicional llenó el corazón de Julián de un calorcito que creía perdido.

—Los chicos están arriba, en el cuarto de Magui —le susurró Luisa con ternura, dándole una palmadita en la espalda—. Subí, mi amor.

Julián asintió y subió las escaleras despacio. Cuando empujó la puerta de la habitación, las conversaciones se cortaron en seco. Al verlo llegar, Juancho y David se pararon de golpe, con la culpa pintada en la cara, amagando con empezar a pedirle mil disculpas por lo que había pasado en la cafetería. Pero Julián no los dejó ni empezar. Hizo un gesto con la mano, pidiéndoles silencio, y caminó directo hacia Magalí. Ella lo recibió con los brazos abiertos y él se refugió en su cuello, abrazándola con una fuerza desesperada.

—Chicos, no, por favor... No se disculpen —dijo Julián con la voz un poco ahogada, sin soltar a Maga—. Esto no es fácil para mí. Sé que lo que dicen de mi viejo es verdad... y, sinceramente, creo que la realidad es mucho peor de lo qué imaginamos. Solo que... me cuesta. Me cuesta procesarlo. Perdón, no quería dejarlos plantados así en la cafetería

—Bueno... —soltó David, rascándose la nuca, siempre apurado por ser el más directo del grupo—. Ahora, ¿qué hacemos, Juli? ¿Vamos o no al festejo gigante que te organizó tu papá para el sábado?

—Sí, ¿qué hacemos con eso? Si faltamos todos, va a quedar re evidente —acordó Juancho, cruzándose de brazos, pensativo

Julián se separó un poco de Maga, miró a sus amigos uno por uno y una chispa de determinación, fría y calculadora, se encendió en sus ojos. Ya no era el chico asustado de hace unas horas.

—Si no vamos, mi viejo se va a dar cuenta enseguida de que algo raro pasa y va a sospechar —explicó Julián, con un tono firme que sorprendió a todos—. Así que hagamos al revés: aprovechemos el descontrol de la fiesta, usemos la gente de pantalla , invitemos a muchos y pongamos las cámaras ocultas. Pero no nos quedemos cortos. No las pongamos solo en el despacho de mi viejo... vayamos también a la casa de Silvano y plantemos micrófonos ahí. Hay que hundirlos con pruebas reales.

Maga lo miró de reojo, con una mezcla de orgullo y temor.

La apuesta era a todo o nada




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