Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 39

La fiesta estaba en su apogeo. Los chicos entraban y salían de la pista, mezclándose entre la marea de gente para mantener la coartada. Decidieron dejar para más tarde la casa de Silvano; total, al ser una casa más chiquita, calculaban que iba a ser mucho más fácil de entrar en cualquier momento de la madrugada.

En medio del bardo de la música, uno de los organizadores del evento se abrió paso entre la multitud, se acercó a Julián y le habló directamente al oído. Los chicos, que no le sacaban el ojo de encima, vieron cómo Julián cambiaba la expresión y, con una cara de asombro total, asentía con la cabeza.

Al notar el gesto, Maga y los demás se le acercaron al humo para preguntarle qué pasaba, pero él solo les hizo una seña con la mano y les dijo que esperaran, mirando fijo hacia el jardín.

Acto seguido, un grupo ingresó al escenario sobre la piscina tapada y empezó a armar instrumentos musicales a toda velocidad. Todos los invitados quedaron expectantes, murmurando teorías, aunque nadie se imaginó ni por asomo quién era el que iba a cantar.

De repente, las luces del jardín se apagaron, se encendieron los reflectores del escenario y los gritos y aplausos estallaron cuando ingresó el cantante de Pier junto a todos sus músicos. Sin dar respiro, la banda arrancó a tocar con todo el power, rompiéndola desde el primer acorde con "La ilusión que me condena".

Era el tema que el equipo , y Julián sobre todo, habían adoptado como un verdadero símbolo para sus vidas. En un segundo, Julián, Maga, Juancho, David, Andrea y Rocío se pegaron en un solo bloque. Se armó una ronda apretada entre ellos, se agarraron con fuerza de los hombros y empezaron a saltar y a cantar el estribillo a puro pulmón, sintiendo cada palabra en el fondo de su ser sin que los demás invitados supieran el verdadero significado:

—Amanecí con ganas de pegar el grito! ¡Parpadeando con rostro poco amigable! ¡Aguantando moretones de insolentes! ¡Librándome de lleno a la libertad! ¡Abrazado a la ilusión que me condena! ¡Que me condenaaas!

Para el resto de la escuela era solo un temazo de rock para agitar, pero para ellos, la letra se transformaba en un juramento. Abrazados bien fuerte, transpirados y saltando al mismo ritmo en medio del pogo, se miraron a los ojos. Fue ahí cuando siguieron con la última parte de la canción, y Julián empezó a cantar conteniendo el llanto, con la garganta apretada por la emoción y los recuerdos:

—¡Me acomodo la mochila más pesada! ¡Recuerdos ingratos lamentan la presencia de esa oscura sombra que acechaba! ¡Pero ahora estoy... abrazado a la ilusión que me condena! ¡Que me condenaaaa!

Gritar esa parte, aguantando las lágrimas, le sirvió para descargar todo lo que venía sufriendo y para juntar fuerzas junto a sus amigos. Maga lo miró con puro amor y lo abrazó más fuerte, mientras la adrenalina les quemaba el cuerpo. Sintieron en el fondo de su alma que, pase lo que pase esa noche, el grupo no se iba a quebrar.




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