Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 40

Una vez que la música de Pier terminó y los aplausos se fueron apagando en el jardín, el grupo se escabulló rápidamente y se reunió de nuevo en la habitación de Julián. El ambiente ahí adentro era completamente diferente al de la fiesta; la emoción del pogo le dio paso a una seriedad absoluta pero con una dinámica revolucionaria . Era el momento de tomar la decisión final.

Ahí mismo se pusieron de acuerdo y dividieron las tareas, pero con un cambio de planes importante. Julián y Magaly decidieron que iban a ir ellos dos solos a la casa de Silvano. Quisieron hacerlo así porque sentían que eran los que estaban más comprometidos en todo ese bardo y, por sobre todas las cosas, no querían exponer de mas a sus amigos. Era su manera de salvaguardarlos si algo salía mal. En realidad, Julián ni siquiera quería que fuera Magali para no ponerla en peligro, pero ella era como una garrapata que se le había pegado y no lo iba a dejar solo ni loca; tenía esa chispa única que empujaba al grupo hacia adelante.

Mientras tanto, los demás se quedaron para asegurarles la espalda. Andrea y Juancho se instalaron frente a las pantallas en el centro de mando, monitoreando las cámaras fijamente para controlar que los hombres de seguridad estuvieran en sus puestos. Sabían que, si los guardias se quedaban quietos en sus lugares de siempre, significaba que el camino estaba libre y no iban a interferir en lo que Julián y Maga tenían que hacer. Por otro lado, David y Rocío se encargaron de la coartada en el terreno: volvieron a bajar y se quedaron dando vueltas por la fiesta, haciéndose ver por todos lados para disimular y distraer a cualquiera que preguntara por el resto.

Con los auriculares puestos y los corazones latiendo a mil, Julián y Magaly se miraron, se dieron valor con la mirada y salieron por la parte de atrás de la gran casa. El predio de Julián era enorme, abarcaba casi una manzana completa, y en la punta sur del terreno se levantaba la casa de Silvano. A lo lejos se veía como una propiedad bonita, no muy grande, de dos plantas: abajo tenía la cocina, el comedor, el baño y el living, mientras que en la parte de arriba se acomodaban dos habitaciones. Parecía un lugar de fácil acceso, pero cuando llegaron se dieron cuenta de que no iba a ser tan sencillo

Se acercaron con cuidado a una de las ventanas laterales e intentaron abrirla, pero al moverla notaron que tenía una traba con pestillos que solo se podían destrabar desde adentro. Con la adrenalina a flor de piel, recorrieron las demás ventanas rodeando la casa, pero todas estaban igual de blindadas. Fueron hacia la parte de atrás, donde la propiedad conectaba con una zona de parrilla y tenía una puerta balcón grande de vidrio que daba directo al comedor. Intentaron deslizarla, pero el pestillo interno la mantenía totalmente bloqueada.

Estaban a punto de desesperarse cuando Maga bajó la mirada y notó algo en la parte baja de la pared: había una pequeña entrada de gato instalada en la estructura. Se ve que Silvano tenía una mascota que entraba y salía por ahí con total facilidad. Al ver el tamaño del hueco, Magaly no lo dudó un segundo; siendo menuda y ágil, se acomodó en el suelo y empezó a filtrarse con cuidado por el espacio para gatos ante la mirada nerviosa de Julián.

Una vez adentro, en la total oscuridad de la planta baja, Maga recorrió la casa a simple vista, tanteando el terreno rápidamente. Podía haber ido directo a la puerta balcón, pero en ese interín se dio cuenta de que lo más fácil y rápido para destrabar desde adentro era una de las ventanas laterales. Con cuidado de no hacer ruido, corrió el pestillo, levantó la hoja de vidrio y le abrió la ventana a Julián para que pudiera colarse, listos los dos para empezar a revisar el búnker de Silvano.Una vez adentro, el silencio de la casa era casi absoluto, solo roto por el eco lejano de los graves de la fiesta que seguía en la otra punta del predio. Julián terminó de colarse por la ventana lateral y se paró junto a Magaly en la penumbra. Para no levantar sospechas ni llamar la atención desde afuera, no prendieron ninguna luz; en su lugar, sacaron sus celulares. Julián encendió la linterna del suyo para iluminar el camino, mientras Maga preparaba la cámara del suyo, lista para gatillar y sacar fotos a cualquier pista que encontraran.

Empezaron a recorrer la planta baja con movimientos rápidos y sigilosos. Pasaron por el living y la cocina, pero a simple vista no encontraron nada extraño. La casa se sentía fría, vacía. Silvano era un hombre extremadamente reservado, un tipo solitario del que nadie sabía si tenía familia o no, y jamás llevaba a nadie a esa propiedad. A lo sumo, Vicente habrá pasado por ahí una que otra vez, pero nadie más ponía un pie en ese lugar.

Iban a subir a las habitaciones, pero al probar la puerta de la escalera se dieron cuenta de que estaba bajo llave y no tenían manera de ingresar. Lejos de frustrarse, volvieron al living y se enfocaron en un pequeño escritorio que Silvano tenía armado en una esquina. Sobre la mesa se destacaba una computadora de escritorio. Julián le dio al botón de encendido con el corazón en la boca, temiendo que estuviera bloqueada, pero para su sorpresa el sistema arrancó directo. Convenientemente, la computadora no tenía ninguna contraseña de seguridad; Silvano era tan confiado en su búnker que jamás se imaginó que alguien lograría entrar a su casa.

Sin perder un segundo, Magaly conectó uno de los pendrive plateados y empezaron a copiar toda la información confidencial de las carpetas, mientras Julián alumbraba el teclado. Fue ahí, revisando los archivos más recientes, cuando la pantalla iluminó sus rostros con un dato escalofriante. Entre los documentos ocultos, encontraron un archivo de texto que contenía un nombre específico junto a una fecha y una hora grabadas en rojo: una verdadera sentencia de muerte fijada para el próximo lunes al mediodía.

Se miraron helados, dándose cuenta del peso de lo que tenían entre manos. Terminaron de descargar los archivos a toda velocidad, apagaron la computadora y salieron de la casa por donde habían entrado, moviéndose rápido entre las sombras del jardín. Estaban agitados y con el pulso a mil, pero se fueron de ahí muy felices y conformes, convencidos de haber descubierto la pieza clave que necesitaban para desbaratar todo y que Silvano no salga impune




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