Mientras la juventud dormía en el living de la casa grande, la realidad en otra de las propiedades de Vicente era completamente oscura. Él estaba acostado en una cama matrimonial espaciosa, en el piso de arriba de uno de sus locales clandestinos, una casa de citas oculta tras una fachada elegante donde retenían a chicas secuestradas. A su lado, ajena a los pensamientos del hombre, dormía una de las jóvenes. Vicente no la miraba; tenía los ojos clavados en el techo, mientras fumaba ,iluminado apenas por el reflejo de las luces de la calle que se filtraban por la persiana. No podía pegar un ojo.
En ese silencio pesado, la mente de Vicente empezó a viajar hacia atrás, desandando el camino y recordando exactamente cómo había terminado metido en ese infierno. Él no siempre había sido ese monstruo sin escrúpulos. Todo había empezado años atrás, por un asunto de su trabajo que se le había ido totalmente de las manos. Él y otra persona, un tipo de muchísimo más cargo y poder, se habían enterado de un negocio turbio. Al principio, Vicente se involucró casi sin querer, pensando que era solo un favor político o un intercambio de influencias de los que se manejaban siempre en su nivel social. Pero el pozo era hondo. Cuando quiso reaccionar, estaba metido hasta la cabeza y el tipo de más arriba lo arrinconó: o se alineaba y manejaba la logística de la red, o lo hundían por completo sacando a la luz lo que ya había firmado.
Cuando su esposa falleció de cáncer, el dolor terminó de congelarlo. Ya no le importaba nada. Totalmente acorralado por los hilos del poder y con el alma rota por el duelo, Vicente dejó de pelear contra el sistema, se olvidó de la culpa y asumió el control absoluto de los negocios oscuros, transformándose en el hombre temido y frío que era hoy.
Un nudo en la garganta lo hizo sentarse en la orilla de la cama. Miró sus manos en la penumbra. Lo que más le dolía, lo que realmente le quemaba el pecho, era saber que en ese proceso había perdido a Julián. Extrañaba desesperadamente la mirada que su hijo tenía con él cuando era chico; esa mirada de admiración, de confianza ciega, antes de que la muerte de su mamá y el muro del silencio los separará por completo. Vicente sabía que se había refugiado en la oscuridad para no enfrentar su propio dolor, dejando de lado a Julián cuando el pibe más lo necesitaba, y ahora no encontraba la forma de volver a encontrarse con él.
Cerró los ojos y se permitió imaginar un futuro que sentía cada vez más lejano: se imaginó a Julián ya grande, casado, feliz, con sus propios hijos corriendo por el jardín. Se imaginó a sí mismo siendo un abuelo presente, compartiendo las tardes de domingo, volviendo a ser la familia unida que alguna vez fueron antes de que todo se rompiera.
Deseaba con el alma recuperar a ese hijo que sentía haber perdido en el camino.Vicente se frotó la cara con las dos manos, barriendo el cansancio, y sus ojos se volvieron a endurecer. La nostalgia por Julián no lo iba a salvar de la realidad; tenía que actuar. Si realmente quería recuperar a su hijo y volver a ser el hombre limpio que el pibe se merecía, tenía que bajarse de ese tren antes de que descarrilara del todo. Y para salir invicto, necesitaba una estrategia perfecta. Necesitaba un chivo expiatorio.
La respuesta estaba flotando en el mismo predio de esa casa: Silvano.
Sentado en el borde de la cama, Vicente empezó a repasar mentalmente los nombres de la gente que le respondía. Pensó en "El Tuerto" y en Samuel, dos sicarios pesados que trabajaban para él desde hacía años, tipos que no hacían preguntas y cobraban en efectivo sin dejar rastros. En su cabeza, la jugada empezó a tomar una forma perfecta y macabra. Si lograba triangular los llamados y los pagos del atentado del lunes a través de cuentas y teléfonos que apuntaran directo a Silvano, podría dar vuelta la torta en un abrir y cerrar de ojos.
La idea era brillante. Silvano venía manejando la logística de las casas de citas y apretando gente por orden suya, pero Vicente se había encargado de quedar siempre un paso atrás, bien resguardado en los papeles. En su mente, empezó a maquinar cómo plantar las pruebas definitivas en la computadora de la casa de Silvano. Iba a hacer que pareciera que Silvano se había cortado solo, que se había vuelto codicioso y que manejaba la red de trata a sus espaldas, usando los sicarios para sus propios ajustes de cuentas, incluyendo el asesinato del fiscal anterior y el ataque que se venía el lunes contra el Juez.
Una sonrisa fría y calculadora se dibujó en el rostro de Vicente. Si la policía o la justicia avanzaban, él mismo se encargaría de entregar a Silvano en bandeja de plata. Dejaría que su empleado pagará todos los platos rotos y luego lo mandaría de vacaciones a cielolandia.
Así, Vicente quedaría libre de toda culpa, con las manos limpias ante la ley y, lo más importante, ante los ojos de Julián.
Podría cerrar ese capítulo oscuro de su vida para siempre, quedarse con sus empresas legales y dedicarse a recuperar a su hijo sin ningún muerto en el placard que lo persiguiera.
Miró la hora en el teléfono. Faltaba poco para el amanecer. Se volvió a acostar, esta vez con la mente en paz, convencido de que tenía el plan perfecto para salvarse.