El lunes por la mañana arrancó gris, pesado y con una llovizna finita que parecía sumarle más drama al ambiente. En el living de Julián ya no quedaba nada del campamento relajado del sábado por la noche. Los colchones estaban acomodados a un costado y sobre la mesa baja solo había termos de café, tazas vacías y el plano que los chicos habían armado el domingo. El reloj marcaba las diez y media. Faltaba poco para la hora señalada en la sentencia de muerte del Juez.
Antes de salir, resolvieron el problema de la escuela. Cada uno habló con sus propios papás inventando que se iban a tomar el día para hacer una excursión por su cuenta, una salida de amigos para despejarse. De esa manera, si el colegio llamaba para reportar la ausencia, los padres justificarían la falta al toque sin levantar sospechas.
Para poder moverse rápido y camuflarse bien, todos se vistieron iguales: pantalones de gimnasia oscuros, camperas deportivas oscuras, zapatillas negras y gorras bajas. Se miraban entre ellos y la adrenalina les subía por el cuerpo; se sentían un verdadero comando de película policial, imitando las tácticas de las series que tanto veían.
El punto estratégico que habían elegido en Google Maps era perfecto: una callejuela angosta de adoquines viejos, un punto ciego libre de cámaras municipales, ubicado tres cuadras antes del gran cruce donde Silvano y sus secuaces planeaban la emboscada.
A las once de la mañana, David estacionó un auto cruzado de desarmadero, en medio de esa callejuela y levantó el capó, simulando que el motor se había roto. Se quedó ahí, haciéndose el que revisaba los cables bajo la llovizna, tapando el paso de manera perfecta pero natural. A media cuadra de distancia, estacionado en una esquina con vista a la calle pero sin intervenir todavía, Silvano monitoreaba la zona desde su camioneta polarizada. Vio el auto de David y maldijo entre dientes; le molestaba el imprevisto porque le retrasaba el laburo, pero desde lejos solo parecía un pibe renegando con un coche viejo. No vio motivos para bajarse a los tiros todavía.
Minutos después, el auto gris del Juez dobló en la calle de adoquines y tuvo que clavar los frenos detrás del auto de David. El chofer tocó bocina, impaciente.
Por seguridad Julián y Juancho colaron en contra mano una camioneta de reparto alquilada cosa que el fiscal no pueda pasar por ahí
Con un movimiento rápido y silencioso, Andrea abrió la puerta trasera del auto del Juez y se deslizó al interior cerrando la puerta despacio , mientras Magaly le hacía la segunda detrás y Rocío se hacía la corredora descansando en la esquina monitoreando cualquier movimiento raro
El Juez, que iba revisando unos papeles en el asiento de atrás, se pegó el susto de su vida y estuvo a punto de gritar, pero Andrea lo miró fijo a los ojos con una seriedad que lo congeló y sin darle tiempo le advirtió
—No grite por favor y escúcheme bien si quiere vivir —le dijo Andrea con la voz temblorosa por los nervios pero con una determinación de hierro—. Salgan de acá ya mismo. Peguen la vuelta. Lo están esperando tres cuadras más adelante para matarlo. Sé lo que le digo. Váyanse. Tiene familia por quién vivir
El Juez la miró estupefacto dudo un momento . No le preguntó cómo lo sabía ; la urgencia y el pánico genuino en los ojos de esa chica encapuchada eran más que suficientes. El instinto de un hombre que investigaba a la mafia le dijo que no era una broma.
—¡Héctor, marcha atrás! ¡Sacanos de acá ya! —le rugió el Juez a su chofer, tirándose hacia el piso del asiento.
Andrea no esperó a que el auto arrancara. Abrió la puerta, se bajó de un salto y corrió a refugiarse en el pasaje con los chicos. El chofer del Juez clavó la reversa a fondo, haciendo rechinar las gomas sobre los adoquines húmedos, y pegó la vuelta a toda velocidad para perderse en la avenida grande.
Desde su camioneta, Silvano vio cómo el auto del Juez metía marcha atrás de golpe y se escapaba en reversa, frustrando todo el operativo en un segundo. Completamente sacado, Silvano golpeó el volante con furia. No entendía qué carajo había pasado. Intentó mirar hacia la calle de adoquines, pero David ya estaba cerrando el capó de su auto y subiéndose para arrancar, mientras unas figuras con camperas oscuras y gorras se esfumaron rápidamente por los callejones.
Silvano se quedó solo bajo la llovizna, respirando agitado y apretando los puños. Se le habían escapado por un pelín. No les había visto la cara a ninguno, pero la jugada maestra se le había caído en frente de sus ojos por culpa de ese grupo misterioso de camperas oscuras. Con los ojos inyectados en sangre, arrancó la camioneta directo a su casa, masticando una furia asesina que iba a estallar en cuanto cruzara la puerta.