Los dedos le temblaban sobre el mouse mientras pasaba las filmaciones del fin de semana en cámara rápida. Las pantallas titilaban, devolviéndole imágenes del patio vacío y del pasillo interno bañado por la luz mortecina de los reflectores. Silvano contenía la respiración, con los ojos inyectados en sangre, buscando el más mínimo movimiento
De repente, se congeló. Retrocedió el video unos cuadros, limpió la imagen y le dio play a velocidad normal.
Ahí estaban. En la grabación de la madrugada del domingo, dos siluetas se movían agachadas en el pasillo exterior. Al principio solo se veían las camperas oscuras, pero en un momento, el que hacía de campana se dio vuelta para apurar al otro. La luz del reflector le dio de pleno en la cara.
Silvano soltó el mouse como si se quemara. El corazón le pegó un vuelco salvaje y la mandíbula se le tensó hasta crujir.
Era Julián. El hijo de Vicente.
A su lado, tironeando para entrar a través de la gatera, apareció la cara de la piba . No eran espías internacionales, no era una banda rival. Eran los pibes!!!!. El mocoso de Vicente y su novia le habían caminado la casa, le habían clonado los discos con la red de trata y, para colmo, sospechaba que eran los mismos encapuchados que le habían cruzado el auto esa mañana para salvar al Juez , estaba casi seguro de eso.
La paranoia se transformó en una certeza fría, asquerosa y asesina. El rompecabezas se armó distorsionado en su mente: Vicente lo estaba usando. Toda esa historia de la fiesta; el hijo de puta estaba usando a su propio hijo para clonarle las computadoras, sacarle la información de la red y limpiarse las manos antes de entregarlo a la policía o al Juez. Lo querían meter en una jaula y quedarse con todo.
—Viejo sorete... mandaste a tu propio cachorro —masticó Silvano, con la voz pastosa por el odio puro.
Se levantó de la silla de un salto, ciego de odio y traición. Abrió el cajón del escritorio, manoteó su arma pesada y le dio un golpe seco a la corredera, metiendo la bala en la recámara. Ya no había códigos, ya no había respeto por el jefe. Vicente se la había jugado sucio usando a Julián, y ahora iba a pagar con sangre.
Salió de la habitación dejando la puerta abierta de par en par, cruzó el living que acababa de destrozar y encaró hacia el patio bajo la llovizna, caminando firme, con el arma pesada oculta en la campera, directo hacia la casa grande. Esta misma tarde se terminaba el reinado de Vicente y descendencia