Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 47

El rugido del motor del auto de Silvano se fue perdiendo , tapado por el ruido de la llovizna. quebrado, con la mirada fija donde el cuerpo de su padre yacía sin vida.Julian quería gritar su dolor , pero Maga lo tomó del brazo con una fuerza que no sabía que tenía.

—Juli, nos tenemos que ir ya —le susurró con la voz temblando, pero con una lucidez desesperada—. Si Silvano se da cuenta de que la mochila no tiene la netbook real, va a pegar la vuelta. todavía deben estar por el predio. Mové, por favor te lo pido.

El teléfono repicó tres veces que parecieron eternas hasta que del otro lado atendieron.

—¿Maga? ¿Qué pasó? ¿Están bien? —la voz de Juancho sonaba ansiosa, del otro lado de la ciudad.

—Juancho, escúchame bien —cortó Maga, ahogando un sollozo—. Silvano mató a Vicente. Lo vimos. Mató a Vicente y nos está buscando. Avísale a Andrea, a David, a todos... pónganse a resguardo ya mismo. Escondan las netbooks y todo . No salgan a la calle. Silvano está loco.por favor cuidensen

—¿Qué? ¡No, pará! ¿Dónde están ustedes? —gritó Juancho, pero Maga ya había cortado la comunicación. No había tiempo para dar explicaciones.

Julián, todavía en shock, reaccionó cuando escuchó el portazo de una de las camionetas de seguridad en el patio exterior. Los hombres de Silvano estaban alertas. Salir a pie por la entrada principal era un suicidio

—La moto —dijo Julián reaccionando y con una chispa de instinto de supervivencia volviendo a sus ojos—. Es más conveniente. Podemos meternos por los pasajes angostos del fondo y esquivar las camionetas si nos cierran el paso. Vamos

Bajaron las escaleras de servicio a oscuras, evitando el living ensangrentado. Julián manoteó el casco de repuesto y salieron con mucho cuidado agazapados al garaje trasero. La moto fiel que Julián cuidaba como a su vida, arrancó al primer intento con un ronquido ronco que en el silencio de la noche sonó como una bomba.

En cuanto el portón del garaje se levantó, los reflectores del predio los apuntaron. Dos secuaces de Silvano, que custodiaban el costado derecho, se dieron vuelta de golpe y gritaron.

—¡Ahí están! ¡Es el pibe! —bramó uno, sacando un arma.

—¡Agarrate fuerte! —le gritó Julián a Maga.

Julián aceleró a fondo. La rueda trasera patinó un segundo en el barro del parque antes de morder el asfalto del camino interno. La moto salió disparada hacia la puerta trasera del predio justo cuando los primeros disparos empezaron a romper el aire. ¡Tan, tan! Los impactos dieron contra las chapas del gran portón , dejando un zumbido metálico aterrador.

Salieron a la calle a toda velocidad bajo la llovizna implacable que les golpeaba la cara. El frío de la noche les calaba los huesos, pero la adrenalina los mantenía encendidos. Julián miró por el espejo retrovisor: las luces altas de una camioneta negra aparecieron a dos cuadras, devorándose la distancia. Silvano y sus hombres no los iban a dejar ir.

Comenzó una persecución frenética por las calles del barrio. Julián zigzagueaba entre los autos, subiéndose a las veredas y doblando en las esquinas sin frenar, intentando aprovechar la agilidad de la moto para perderlos en los puntos ciegos. Pero la camioneta los pisaba, doblando con las gomas chillando sobre el pavimento mojado

Llegando a la zona de las avenidas más oscuras, la camioneta se les puso a la par. La ventanilla del acompañante bajó y el cañón de una pistola asomó en la penumbra.

—¡Agachate! —rugió Julián.

Una ráfaga de disparos estalló en medio de la noche. Uno de los tiros reventó el espejo izquierdo de la moto, saltando en mil pedazos de vidrio. Otro impacto dio en el guardabarros trasero, haciendo que la moto diera un coletazo violento. Julián luchó con el manubrio para no irse al suelo. En ese mismo instante, Maga soltó un grito ahogado de dolor puro y su cuerpo se venció hacia atrás, perdiendo fuerza pero no se soltó

—¡Maga! ¿Qué pasó? —gritó Julián, desesperado, sintiendo cómo el agarre de ella en su cintura se aflojaba.

—¡Me dieron, Juli! ¡Me dieron en la pierna! —exclamó ella, tratando de no llorar apesar del dolor, apretando los dientes mientras sentía el calor de la sangre empapándole el jean.

El pánico invadió a Julián, pero sabía que si se detenía a mirar la herida, los mataban a los dos ahí mismo. No se detuvieron. Julián apretó los dientes, metió un rebaje violento y subió la moto a una plaza pública, cruzando por el medio de los árboles donde la camioneta no podía entrar. Escucharon el tremendo bocinazo y la frenada de los asesinos que tuvieron que desviar por la avenida. Habían ganado unos segundos valiosos, pero la camioneta iba a rodear la manzana.

—¿A dónde vamos, Maga? ¿A lo de tus abuelos? —preguntó Julián con la voz rota , buscando una calle segura.

—No! —gritó Maga, aguantando una puntada insoportable en el muslo—. A lo de mis abuelos no. Silvano no sabe dónde viven, si nos siguen los va a matar a ellos también. No me quiero arriesgar... no los metamos en esto.

—¿Entonces a dónde? ¡Decime por qué nos encuentran!

Maga, mareada por el dolor pero con la mente fija en proteger a su familia y la netbook que llevaba en la espalda, recordó el viejo sector industrial cerca de las vías donde se encontraba el terreno con la casilla rota

—A la casilla abandonada —indicó Maga, pegando su cara a la espalda de Julián—. La que está detrás de los galpones de trenes. Ahí nadie busca. Vamos ahí.

Julián no lo dudó. siguiendo las instrucciones de Magaly apago las luces de la moto para volverse invisible en la oscuridad de la madrugada y se metió por un camino de tierra bordeado de maleza alta. La moto saltaba en los pozos llenos de agua, haciendo que Maga gimiera de dolor cada vez que se movía la pierna herida, pero aguantó como una guerrera

Cruzaron el porton roto y frenaron la moto dejandola detrás de una vieja estructura de chapa y madera carcomida por los años: la casilla abandonada. Julián apagó el motor y todo quedó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el siseo de la llovizna cayendo sobre el techo de chapa.




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