Juancho cortó la llamada de Magalí con las manos temblando y el corazón en la boca. «Silvano mató a Vicente». Las palabras le resonaban como ecos. La llovizna golpeaba el vidrio y el chico sintió que el techo se le caía encima. Esto se les fue de las manos Miró su netbook sobre el escritorio, repleta de listas de nombres, transacciones de trata y los planos del atentado que habían evitado esa misma mañana. Sabía que Julián y Maga estaban solos en las calles y tenía que hacer algo
Tomó aire, guardó la computadora con el pendrive conectado , en la mochila y cruzó el pasillo de su casa hacia el despacho de su padre.
Su papá era un fiscal de renombre, un hombre intachable, chapado a la antigua y completamente alejado de los negocios oscuros que manejaba Vicente. Era una persona de ley, sumamente influyente y con llegada a los despachos más altos del poder judicial.
Juancho entró despacio, arrastrando los pies, y cerró la puerta con llave detrás de sí. Se quedó ahí parado, apretando las correas de la mochila contra el pecho, con los ojos llenos de lágrimas. El miedo lo congelaba por dentro; tenía una duda tremenda que le quemaba y, de golpe, no sabía cómo arrancar a confesar semejante locura.
—Papá... ¿podés escucharme? —alcanzó a decir con un hilo de voz, casi en un ruego.
El fiscal dejó la lapicera sobre el escritorio y lo miró fijo, extrañado y preocupado por la actitud de su hijo.
—¿Qué pasa, Juan? Me estás asustando. Sentate y hablá.
Juancho caminó hacia la silla, dejó caer la mochila en el piso con un golpe sordo y se sentó, entrelazando los dedos para que no se notara cuánto le temblaban las manos. Tragó saliva, miró el piso y por fin, rompiendo la represa de nervios, largó la primera bomba
—Se fue todo al carajo, papá. Mataron a Vicente. Lo mató Silvano y no sé si no están buscando a nosotros también
El fiscal se levantó de su sillón como si le hubieran dado una descarga eléctrica, con el rostro desencajado.
—¿De qué carajo estás hablando, Juan?¿Cómo que mataron a Vicente ?¿D'Cano? ¿Cómo que "nos" están buscando? ¿En qué estás metido ?
Ahí, con el dique ya roto, Juancho sacó la netbook de la mochila, la abrió sobre la mesa y empezó a escupir toda la verdad
Sentados frente a frente, bajo la luz tensa del despacho, Juancho descargó todo. Le contó desde el inicio hasta el hackeo por la gatera y el operativo con el auto del desarmadero para salvar al Fiscal esa mañana, y terminando con la bomba: Silvano acababa de ejecutar a Vicente en la casa grande mientras Julián y Maga miraban escondidos. Mientras hablaba, Juancho abrió la netbook y le mostró las carpetas con la información clonada. Y el vídeo que tomo la cámara de seguridad que ellos también oportunamente habían puesto apuntando ala entrada del despacho de Vicente
Ahí pudieron ver claramente a Silvano disparando a Vicente
A medida que pasaba los ojos por los archivos de la pantalla, el fiscal se fue transformando. El color se le fue del rostro, los ojos se le inyectaron en sangre y la mandíbula se le tensó tanto que parecía que se le iban a partir los dientes. Cuando su hijo terminó de hablar, el hombre pegó un puñetazo terrible sobre el escritorio de madera que hizo saltar la lámpara y los portalápices por el aire.
—¡¿Vos te volviste completamente demente, Juan?! —rugió el fiscal, con la voz rota por la furia y el terror de padre. Se paró de golpe, tirando la silla hacia atrás—. ¡¿Qué carajo tenés en la cabeza?! ¡Estuviste jugando a los detectives con la mafia más pesada del país! ¡Te metiste con tipos que desaparecen personas como si nada! ¡¿Cómo carajo se te ocurre ocultarme algo así?!
—¡No podíamos decírtelo, papá! —le contesto Juancho, parándose también, plantándosele cara a cara con las lágrimas corriéndole por las mejillas—. ¡Ponete en nuestro lugar un segundo!
—¡¿En tu lugar?! ¡Soy tu padre y soy fiscal de la Nación, carajo! ¡Tu obligación era venir a este despacho el primer maldito día! —el hombre caminaba de un lado a otro, agarrándose la cabeza, completamente sacado—. ¡Vicente está muerto en este momento por culpa de sus estupideces! ¡Podrías haber sido vos el que terminara en una zanja con un tiro en la nuca! ¡¿No pensás en tu madre?! ¡¿No pensás en tu familia?!
—Pensábamos en Julián, papá! —exclamó Juancho, pegando un grito que le desgarró la garganta—. ¡Si veníamos a decirte a vos, vos ibas a meter preso a Vicente de inmediato! ¡Ibas a destruir a la familia de mi mejor amigo! Julián no tiene la culpa de tener un padre mafioso . Queríamos salvar al Fiscal, queríamos desmantelar la red, pero sin arrastrar la vida entera de Julián al piso. ¡No queríamos traicionarlo! Yo no tomé dimensión de lo pesado que era esto papá, lo siento —soltó finalmente, abrazando al padre.
El fiscal se detuvo en seco, impactado por el golpe del cuerpo de su hijo refugiándose en su pecho. Miró a su hijo, que respiraba agitado contra su camisa, temblando de furia y de miedo. El enojo del hombre seguía ahí, pero el horror de darse cuenta de que su hijo podía haber sufrido cualquier cosa y que sumado a eso se había movido por pura lealtad y nobleza, sumado a la vulnerabilidad de ese abrazo desesperado, le ablandó el pecho por un segundo. Los brazos del fiscal rodearon a Juancho con fuerza, conteniéndolo, antes de separarlo apenas unos centímetros.
Le tomó la cara con las dos manos y lo miró fijamente a los ojos, con la voz más baja pero cargada de una gravedad absoluta.
—La lealtad no te salva de una bala, Juan. Esta gente no tiene códigos.Silvano podría mandar a limpiarnos a todos. A todos!!!
El fiscal soltó a su hijo, se sentó en el borde del escritorio y miró las carpetas de la netbook con detenimiento, tragándose el nudo del estómago para volver a ponerse el traje de profesional. Tenía que actuar ya.
—Explícame esto. ¿De dónde sacaron estas listas con cuentas bancarias en el exterior? Esto no es de Silvano.