El living de la casa de Juancho se había transformado en un búnker de guerra impenetrable. El aire estaba espeso, cargado de humo de café y un silencio sepulcral que solo se cortaba por el murmullo constante del televisor encendido de fondo. Los teléfonos fijos no paraban de sonar. Hombres de traje gris o negros con handies, custodios de la fiscalía y altos mandos judiciales entraban y salían del despacho del padre de Juancho, pisando fuerte y hablando en voz baja con caras de pánico.
En el rincón del living, amontonados en los sillones, estaban Andrea, David y el resto de la banda. Tenían las caras pálidas, las manos entumecidas y los ojos clavados en el piso. La culpa y el terror los estaba devorando vivos. El papá de Juancho, en una de sus tantas salidas del despacho para buscar unos papeles, se frenó en seco frente a ellos. Tenía la corbata floja, la camisa arrugada y los ojos inyectados en sangre.
—¿Ustedes toman dimensión de lo que hicieron? —les soltó el fiscal, con una voz profunda que hizo que David se encogiera en el sillón—. ¡Ocultaron una red de trata internacional durante semanas! Jugaron a ser espías con la mafia. ¿Qué carajo les pasa por la cabeza? ¡Son chicos de secundaria! Si las cosas salen un milímetro mal, los cargan en un camión y no los vemos nunca más. ¡Irresponsables!
—Queríamos ayudar a Julián, doctor... —intentó defenderse Andrea con un hilo de voz, lagrimeando.
—A Julián no lo ayudaron, lo expusieron! —rugió el hombre, dándole un golpe a la mesa ratona que hizo saltar los vasos—. A Julián lo acaban de emboscar. Su padre está muerto. ¿Eso es ayudar? ¡Tendrían que haber venido a mí desde el primer maldito segundo!!
El reto cayó como un yunque sobre los pibes. Juancho, sentado a un costado con la cabeza entre las manos, no decía nada; ya había pasado por esa tormenta y sabía que su papá tenía toda la razón. Habían sido unos estúpidos.
De repente, el periodista del noticiero de la mañana levantó la voz en la pantalla, interrumpiendo la tanda comercial con una placa roja de "ÚLTIMO MOMENTO". Todos, incluidos los secretarios judiciales que caminaban por el pasillo, se giraron hacia el televisor.
“Atención con esta información de último momento. Caos y conmoción nacional por un doble golpe que sacude al poder político y empresarial. Hace instantes, la policía confirmó el hallazgo del cuerpo sin vida del reconocido abogado nacional Vicente D’Cano, en lo que fuentes oficiales califican como un violento intento de asalto perpetrado por una banda comando en su residencia. Vicente habría muerto defendiendo su hogar
David se tapó la boca para no gritar. Andrea rompió en un llanto silencioso, abrazándose a sus rodillas. Era real. El papá de Julián estaba muerto y la televisión ya estaba instalando la mentira que el Gobierno había pactado para tapar todo. Pero la placa roja no cambió de color; la música de alerta siguió sonando.
"Pero esto no es todo. En un hecho simultáneo y que la justicia investiga si tiene conexión, una célula terrorista fuertemente armada atacó a balazos la residencia de la familia Frías en el Norte del país, hiriendo de gravedad a los altos funcionarios del gobierno provincial y a su familia que residen allí .Hay un despliegue de las fuerzas federales en este momento”
Juancho levantó la cabeza de golpe, con los ojos abiertos de par en par. Miró a su papá, que se había quedado helado a mitad del living ya que esa información aún no le había llegado.
—Fue Silvano..fue Silvano. —susurró Juancho, con la voz temblando de horror—. Se equivocó de familia. Pensó que Maga era pariente de esos políticos... los mandó a matar por el apellido.
El fiscal no respondió. Intercambió una mirada aterrada con uno de los jueces generales que acababa de salir de su despacho. La locura de Silvano había roto el tablero. Al meterse con los Frías del Norte, el mafioso se había metido con los intocables del Gobierno.
El papá de Juancho agarró su teléfono celular, marcó un número de inmediato y caminó hacia la ventana, dándole la espalda al living.
—Soy yo —dijo con voz cortante—. El animal de Silvano saltó el cerco. Acaba de ametrallar a los Frías en el Norte. Ya no hay nada que negociar. Activen al grupo comando... denle luz verde. Encuentren a Silvano y terminen con esto hoy mismo. Necesito que saquen a los chicos de la calle ya.!!
El fiscal cortó, se giró hacia Juancho y le exigió:
—Juan, ¿dónde carajo están Julián y la chica? Pasame las coordenadas exactas para mandar las camionetas de la fuerza.
A Juancho se le heló la sangre. Miró a su padre con desesperación.
—No sé, papá... Maga me cortó antes de decirme. Solo sé que iban a buscar un resguardo.
—¡¿Cómo que no sabés?! —se desesperó el fiscal.
Nadie lo sabía. La casilla abandonada junto a las vías era un secreto absoluto que Maga solo compartía con sus abuelos. Y para colmo de males, a esa misma hora, en la casa de la tía de Magalí, el celular de la mujer descansaba sobre la mesa de la cocina. El mensaje desesperado que Julián había mandado por Instagram seguía ahí, con el tilde de recibido, pero completamente ignorado. La tía era una mujer grande, ajena al mundo de las redes sociales de los pibes; jamás abría esa aplicación y no tenía idea de la alerta. Ella y los abuelos seguían durmiendo, desprotegidos, ajenos al peligro mortal que todavía los rondaba.
Lejos de los despachos y del living seguro de Juancho, la llovizna empezaba a parar sobre las vías del tren. En la casilla abandonada, Julián sostenía a Maga , estaban completamente solos, incomunicados, y la ayuda que tanto esperaban... no tenía idea de cómo encontrarlos