Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 52

Los paramédicos entraron corriendo al tinglado de los galpones viejos de la quema, abriendo camillas y maletines de lona con movimientos mecánicos, pero Julián estaba fuera de sí. El dolor de la mandíbula no era nada comparado con el pánico que le devoraba el pecho. Cuando un oficial con chaleco táctico intentó separarlo de Maga para revisarlo, Julián lo manoteó de la manga, desesperado, escupiendo un hilo de sangre por el culatazo.

—¡Los chicos! ¡Tienen que mandar patrulleros! —gritó Julián, con la voz rota y desfigurada por el golpe—. ¡Silvano tenía a nuestros amigos de la escuela! Los van a matar si no los encuentran, por favor... ¡Tiene que encontrarlos!

Maga, desde el piso arcilloso, lloraba con el mismo terror, intentando incorporarse a pesar del tiro en la pierna que le empapaba el vendaje improvisado.

—Por favor, escúchenlo —suplicó ella, temblando por el shock—. Fuimos al galpón solo por eso... los tienen a ellos. Si no hacen algo, los van a matar.

El oficial principal se agachó frente a Julián en medio del barro, le puso una mano firme en el hombro y lo miró fijamente a los ojos para transmitirle calma. Las luces rojas y azules de los patrulleros le teñían la cara de sombras intermitentes.

,—Muchachos, escúchenme bien. Quédense tranquilos —dijo el policía con voz pausada pero autoritaria—. Sus amigos están perfectamente bien. Nadie los tocó. Estuvieron toda la noche refugiados en la casa del Fiscal. Toda la banda está bajo custodia federal desde ayer. Silvano les tiró un blef para hacerlos salir de la casilla, era todo mentira de ese hijo de puta para asustarlos. Están todos sanos y salvos.

La revelación cayó sobre Julián y Maga como un balde de agua fria en medio del invierno. Julián soltó el aire que parecía tener retenido en los pulmones desde hacía horas, sintiendo que el corazón le bajaba las revoluciones de golpe. Miró a Maga; la chica cerró los ojos y apoyó la frente contra el suelo de tierra, llorando ya no de miedo, sino de un alivio puro, descomunal, que le hizo aflojar cada músculo del cuerpo. No había matones persiguiendo a sus amigos. Estaban todos vivos y seguros.

—Vamos, arriba —indicó el médico con suavidad, ayudando a levantar a Maga hacia la camilla de lona—. Ya pasó el peligro, chicos. Ahora nos toca cuidar esa pierna y limpiar ese golpe.

Fue recién ahí, con el peso de la mentira desarmado y la certeza de que sus amigos estaban a salvo, que Julián se dejó guiar hacia las puertas traseras de la ambulancia

—¿Y mis abuelos? ¿Y mi tía? —preguntó Maga, con un hilo de voz y un miedo terrible pintado en los ojos, temiendo que la respuesta fuera otra tragedia.

—Están bien, no se preocupe. Hoy temprano el fiscal mandó por ellos, ya deben estar ahí —respondió el policía, dándole un apretón suave en el hombro—. Mi jefe mandó una custodia a buscarlos a primera hora para llevarlos a la clínica por seguridad. Nadie llegó a tocarlos. Están a salvo

El interior del vehículo sanitario era blanco, brillante y olía a alcohol y plástico limpio, un contraste violento con el barro, el miedo y el óxido del galpón. Sentaron a Julián en el banco lateral mientras a Maga la acomodaban en la camilla central, tapándola con tres mantas térmicas de aluminio que crujían con cada movimiento. La médica le clavó una aguja en la vena del brazo a Maga para conectarle la vía del suero y estabilizarle la presión, que la tenía por el piso.

El vehículo arrancó con un envión, saltando en los baches del camino de tierra de la quema hasta agarrar el asfalto de la avenida principal. El traqueteo constante de la ambulancia parecía ir calmando los nervios de los dos. Julián se estiró todo lo que pudo y le agarró la mano izquierda a Maga. Estaba helada, pero a medida que la calefacción del cubículo hacía efecto, el temblor de la piba empezó a ceder.

Maga giró la cabeza en la almohada y lo miró con los ojos empañados.

—Pensé que nos mataba, Juli —susurró ella, con la voz rota—. Cuando te pegó y te agarró del pelo... pensé que era el final. Que nos tiraba ahí mismo y nadie se iba a enterar.

Julián le apretó los dedos con suavidad. Sentía que el dolor de la mandíbula le impedía hablar bien, pero no le importó.

—Yo también lo pensé —confesó—. Pero cuando ese sádico dijo lo que dijo de vos...tuve miedo… sí hacía con vos lo que hacen con las demás No iba a soportar que te transformaran en una cifra más de esa lista de terror. Preferiría morir antes

—No digas eso —le pidió ella, apretando los dientes—. Ya se murió tu papá... no digas eso, por favor.

El nombre de Vicente quedó flotando en el aire de la ambulancia como una sombra pesada. Julián cerró los ojos y apoyó la nuca contra la pared acolchada. El peso de la orfandad le cayó encima de golpe, sin anestesia. Hasta ese momento, la adrenalina de escapar, el frío de la casilla y el engaño de Silvano lo habían mantenido en un estado de trance. Pero ahora, con el monstruo muerto, la realidad se le presentaba desnuda: su papá ya no estaba. Su casa era una escena del crimen . Estaba solo en el mundo.

Maga notó el vacío enorme que se le formó en los ojos a Julián. Con las pocas fuerzas que tenía, levantó la mano y le acarició el brazo ensangrentado.

—No estás solo, Julián. Me tenés a mí. Y tenés a los chicos. De acá salimos juntos, ¿me escuchaste? Pase lo que pase.




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