La puerta se abrió nuevamente más tarde ya cuando se habían retirado el fiscal y la familia de Magaly .
La silueta de Juancho asomó la cabeza. Detrás de él, empujándose con desesperación pero en absoluto silencio, entraron Andrea, David y el resto de la banda.
Al verlos despiertos y con vida, Andrea se tapó la boca y corrió a tirarse de rodillas al lado de la camilla de Maga, estallando en un llanto ahogado. David y los demás rodearon a Julián, abrazándolo por los hombros con un cuidado extremo, midiendo la fuerza para no lastimarle la cara vendada.
—¡Qué boludos que son! ¡Casi nos morimos del susto, la puta madre! —exclamó David con los ojos rojos, dándole un golpe afectuoso en el brazo a Julián—. Pensamos que no los contaban. Cuando el fiscal nos dijo que Silvano les había mandado un mensaje usando nuestras vidas, no lo podíamos creer.
—Perdón, chicos... —intentó hablar Julián, arrastrando las palabras por la mandíbula hinchada—. Pensamos que de verdad los tenían. Nos asustamos. Reaccionamos como unos pelotudos.
Juancho se acercó, arrastrando una silla, y miró a sus dos amigos con una mezcla de orgullo y profunda culpa.
—Los pelotudos fuimos nosotros por dejarlos solos desde el principio —dijo Juancho, con la voz quebrada—. Si hubiéramos hablado con mi viejo el primer día , nada de esto hubiera pasado. Nos mandamos una tras otra jugando a los detectives. Mi viejo nos pegó la cagada a pedos de nuestras vidas en el living, y tiene toda la razón. Casi los matan por nuestra culpa.
Maga apoyó la nuca en la almohada de la clínica, mirando a Juancho, a Andrea Rocío y a David. Aunque sentía el alivio de tenerlos ahí, la culpa por haberlos puesto en peligro todavía le daba vueltas en la cabeza.
—También estuvo acá cagándonos a pedos, sobre todo a Juli —dijo Magalí
—Se los juro, prefiero mil veces tener que ir a visitarlo a un penal de máxima seguridad, hacer la fila los domingos con el bolso y verlo a través de un vidrio, antes que tener que ir a enterrarlo a un cementerio —confesó Julián, y un sollozo le deformó la cara—. Si hubiera sabido que esto terminaba con él muerto en el piso de casa, venía a hablar con tu viejo el primer día, Juancho. Lo prefería tras las rejas, pero vivo. Con la oportunidad de visitarlo, de hablar... de perdonarnos por todas las veces que nos gritamos. Ahora ya no tengo nada
Juancho se paró de la silla, caminó los dos pasos que lo separaban de Julián y le puso una mano firme en el hombro, apretándolo con fuerza, mientras Andrea se secaba las lágrimas con la manga del buzo.
—No estás solo, hermano —le dijo Juancho con la voz quebrada—. La cagamos todos, pero de acá salimos juntos.
A mitad de la tarde. El clima tenso del hospital cambió por completo cuando una mujer de mirada dulce entró sosteniendo un arreglo floral enorme, y una canasta llena de dulces de todo tipo gomitas chocolates chupetines en fin surtido y traían globos de todos colores que rompían con el blanco aburrido de las paredes. Detrás de ella, con un traje gris pero sin la rigidez del juzgado, apareció el nuevo fiscal. Cristian Bellosty
El hombre recorrió el cuarto con la mirada, observando a los seis amigos que se amontonaban alrededor de las camillas. Se detuvo un segundo en Julián, después en Maga, pero cuando sus ojos cruzaron los de Andrea, se frenó en seco. La habitación se quedó en un silencio absoluto. El fiscal se sacó los anteojos, dio un paso firme hacia ella y le sostuvo la mirada con un respeto que conmovió a todos.
—Vos sos Andrea, ¿verdad? —preguntó, con la voz notablemente quebrada. Ella, sorprendida en su rincón, asintió despacio—. Quería mirarte a los ojos antes que a nadie. Si vos no hubieses estado tan atenta ese día, si no hubieses sabido leer las señales y dar ese aviso desesperado... hoy yo no estaría acá. El plan de D'Cano era sacarme del juego ese mismo viernes. Me salvaste la vida, Andrea. Literalmente.
La esposa del fiscal se acercó también, con los ojos empañados, y le tomó las manos a la chica con una ternura de madre, antes de dejar las flores en la mesa de luz. El fiscal se dio vuelta entonces para abarcar al resto del grupo con un brazo sobre los hombros de su mujer
—Les voy a estar eternamente agradecido a todos —continuó, mirando ahora el mapa de vendas, sueros y golpes de la banda—. En mi profesión uno ve de todo, pero la lealtad y el coraje de ustedes es algo que no voy a olvidar jamás. Me devolvieron a mi familia sano y salvo. Les prometo que toda la mugre que los lastimó va a terminar tras las rejas; yo mismo me voy a encargar de que a partir de hoy la justicia los cuide.
Julián miró a Maga y sintió que el nudo en el pecho, ese que arrastraba desde que escuchó la conspiración en el despacho de su viejo, por fin se desarmaba. El peligro había terminado.