Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 55

Dos días después , Julián caminó por los pasillos de mármol y piedra del cementerio, acompañado por Magalí, que caminaba despacio y apoyándose en él debido a los puntos en la pierna. El cielo gris de agosto amenazaba con volver a largar una llovizna helada. No había cámaras, ni coronas de flores de la empresa, ni políticos fingiendo pésames. El entierro oficial de Vicente había sido rápido y bajo un absoluto secreto, tal como el Fiscal lo había orquestado para mantener el pacto de silencio.

Se detuvieron frente al panteón familiar de los D'Cano. Julián empujó la pesada puerta de hierro forjado, que se quejó con un crujido metálico que rompió el silencio del lugar. Adentro, el ambiente era fresco y olía a piedra vieja. Los rayos de luz entraban de costado por los vitreaux, iluminando las placas de bronce.

Julián clavó la mirada en la placa que llevaba el nombre de su mamá, la mujer cuya partida había distanciado a padre e hijo. Justo al lado, reluciente y colocada hacía apenas unas horas, descansaba la nueva placa con el nombre de su padre: Vicente D'Cano. Finalmente, después de tanta soledad, malas decisiones y dolor, volvían a estar juntos.

Maga le dio un apretón suave en la mano y dio un paso atrás, saliendo del panteón para dejarlo solo frente a los mármoles y que pudiera despedirse en paz.

—Me dolió mucho lo que hiciste, papá —susurró Julián, y las lágrimas le ganaron de mano, resbalando por sus mejillas y goteando sobre el suelo de granito—. Te odié cuando descubrí todo. No podía entender cómo te habías metido con un monstruo como Silvano en todo eso... Hiciste mucho daño, papá. Dios, cuánto sufrimiento causaste... Tanta gente inocente, chicas de mi misma edad. Yo no sé en qué pensabas.

Julián estiró la mano y apoyó los dedos sobre el bronce frío con el nombre de su viejo.

Lamento tanto que todo haya terminado de esta manera en el living... No merecías ese final. Pero por más duro que sea, tenías que pagar, papá. Tendrías que haber estado preso; solo así te eximias de tus culpas, y quizás, con el tiempo, hubiésemos podido sanar.

Se quedó ahí un largo rato, mirando las dos placas juntas, dejando que el viento se llevara los últimos restos de rencor. Cuando se dio vuelta para salir del panteón y tomó el brazo de Maga, sintió que el pecho le pesaba un poco menos. El dolor de la ausencia iba a seguir siempre, pero la culpa por fin había muerto ahí dentro.




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