Tiempo fuera: la regla de los tres

Capitulo 57

Un año y medio después de aquella noche en la clínica, la vida había tomado un rumbo tan luminoso que los días oscuros de la persecución parecían sacados de una película ajena. La transición a la adultez había traído una calma reparadora. Tras la liquidación de la empresa de Vicente y la venta de su vieja propiedad, Julián había vivido unos meses en un lugar provisorio, hasta que el destino se acomodó: los inquilinos que ocupaban la antigua casa de los padres de Magalí dejaron la propiedad.

Esa casa, el hogar donde Maga había vivido antes del trágico accidente de auto donde murieron sus papás y del cual ella fue la única sobreviviente, había quedado vacía. En lugar de volver a ponerla en alquiler, tomaron una decisión madura y valiente: mudarse juntos allí. Durante meses, entre apuntes universitarios y entrenamientos, se dedicaron a reformarla. Pintaron las paredes, cambiaron las cañerías viejas y tiraron abajo una arcada para ganarle luz a la cocina. Transformaron un lugar que arrastraba las sombras de la pérdida en un refugio moderno, lleno de plantas, libros y proyectos.

Esa noche de sábado, la casa reformada estaba de fiesta. La mesa del comedor —armada con dos tablones y caballetes para que entraran todos— desbordaba de fuentes con empanadas, pizzas caseras y gaseosas. El bullicio era ensordecedor y llenaba cada rincón del living. En una punta de la mesa, colgada con orgullo sobre la pared recién pintada, brillaba la medalla dorada de Julián junto a la foto del equipo del club. Al final, el básquet les había dado la revancha: un mes después de la tragedia, Julián había vuelto a las canchas para jugar esa final postergada. Con el apoyo de la banda gritando en la tribuna y una dedicatoria silenciosa al cielo, habían salido campeones locales. Ese trofeo ya era un hermoso recuerdo del pasado; ahora los desafíos eran otros.

—¡Por favor, David, pasame la jarra que me bajó la presión del hambre que tengo! —reclamó Andrea, provocando la risa de todos.

—Tomá, proba una de carne que las hizo la tía y están mortales —le respondió David, pasándole una fuente grasienta—. Dejá de estresarte por los finales de Psicología que recién arranca el cuatrimestre, Andre. Te vas a quemar las pestañas antes de tiempo.

Conversaban animados en un rincón con la tía, mientras que del otro lado de la mesa se acomodaba la familia de Juancho por primera vez completa. El Fiscal, despojado de su traje y su semblante rígido de la justicia, reía de buena gana con un vaso de vino en la mano. A su lado, su esposa, una mujer de mirada dulce que ya había adoptado a Julián como a un hijo más, le servía ensalada al abuelo de Maga, mientras que la hermana menor de Juancho cambiaba música en el celular, integrada por completo al grupo de los grandes. La madre de Juancho no paraba de sonreír, mirando con adoración a Andrea; la familia estaba chocha con la novia de su hijo y con el rumbo que todos estaban tomando.

Julián observó la escena desde el centro de la mesa. Miró a Juancho, que le guiñó un ojo mientras le robaba una empanada del plato. Su amigo ya andaba con carpetas de la facultad de Derecho bajo el brazo, decidido a seguir la tradición familiar y convertirse en abogado, una noticia que había devuelto la total armonía a los almuerzos de los domingos en lo de los fiscales. Al lado de él, David y Rocío discutían apasionadamente sobre protocolos de encriptación y redes troncales; ambos se habían anotado juntos en la carrera de Conectividad y Ciberseguridad, canalizando toda esa maña que habían demostrado tirando cables y hackeando netbooks hacia el ámbito legal de la defensa de sistemas.

Maga se sentó al lado de Julián, rozándole la rodilla por debajo de la mesa. Ella también había sorprendido a todos con su elección: Analista de Sistemas.

Después de haber sido el blanco de la paranoia informática de Silvano y por la confusión con la familia del Norte, Magalí había decidido que la tecnología nunca más sería una amenaza para ella ni para los suyos; iba a dominar los códigos desde adentro.

Julián, por su parte, ya cursaba el primer año de Medicina. Había volcado toda su mente brillante hacia el lado más humano de la vida. Sus manos, que antes se enfracasaban en encestar ahora estudiaban anatomía y se preparaban para salvar vidas en el futuro, sanando la culpa silenciosa que la tragedia de su padre le había dejado en el pecho.

Ya no había secretos ni servidores espejo. El Fiscal y el pacto de silencio federal habían hecho su trabajo subterráneo, enterrando el horror de Silvano en los archivos clasificados para garantizarles la paz.

El Fiscal carraspeó, llamando la atención de los comensales, y levantó su vaso de vidrio. El living se fue quedando en silencio, contagiado por la solemnidad del momento

—Quiero aprovechar que estamos todos acá, las dos familias y este grupo de chicos que nos encanecieron el pelo a más de uno —empezó diciendo el papá de Juancho, mirando a Julián y a Maga y al resto del grupete —. Queremos brindar por esta casa que vuelve a estar llena de vida. Pero, sobre todo, por el futuro de todos ustedes. Ya pasaron la tormenta más dura y demostraron de qué madera están hechos. Brindo por el inicio universitario de la banda, por los futuros médicos, abogados, psicólogos y analistas informáticos que van a cambiar este mundo, y porque la vida los encuentre siempre así de unidos. ¡Salud!

—¡Salud! —resonó a coro en todo el comedor.

El tintineo de los vasos chocando entre sí inundó el ambiente. Julián buscó la copa de Maga y la chocó despacio, mirándola fijo a los ojos. Ya no había sombras bajo la mirada de ella, ni paranoias por el apellido Frías, ni autos extraños estacionados en la puerta.

—Miranos ahora, Maga —susurró Julián por encima del bullicio de los festejos—. Estamos acá. En tu casa. Empezando de verdad.

Maga sonrió, con los ojos brillantes por la emoción, y le entrelazó los dedos con esa misma fuerza que le había devuelto la vida en la clínica. El horizonte que tenían por delante ya no era una amenaza; era un lienzo limpio, completamente de ellos.




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