Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 1.

El sonido de un ligamento al romperse no es tan fuerte como un disparo, pero en mi cabeza sonó como el fin del mundo.

Faltaban doce segundos para el final del cuarto tiempo. El aire en el Madison Square Garden estaba saturado de una mezcla de sudor, palomitas de maíz y la electricidad de veinte mil personas conteniendo el aliento. El marcador parpadeaba en un rojo frenético, casi sangriento: 98-99. El balón se sentía como una extensión de mi propio cuerpo, una esfera de cuero caliente y desgastado que me pedía a gritos el tiro de gracia.

Yo era Dante Ricci, el "Rey de la duela", el hombre que no conocía la gravedad ni el miedo. Había pasado toda mi vida entrenando para momentos como este, donde el peso de una franquicia entera descansaba sobre mis hombros. Y me encantaba ese peso. Me alimentaba de él.

Hice un amago hacia la izquierda, sintiendo el aliento caliente y apresurado del defensa sobre mi cuello. Podía oler su desesperación. Un movimiento rápido, un cambio de dirección brusco —el tipo de maniobra que había ejecutado miles de veces desde que tenía diez años en las canchas de asfalto de Brooklyn— y entonces, llegó la traición.

Mi rodilla derecha simplemente no respondió.

No hubo un choque espectacular. No hubo una falta sucia de esas que terminan en pelea. Fue algo mucho más íntimo y devastador. Fue un crack seco, un estallido interno que sentí hasta en los dientes. Un latigazo de fuego puro viajó desde mi articulación, subió por mi columna y estalló en la base de mi cráneo, nublándome la vista por un segundo que pareció eterno. El balón, ese que era mi mejor amigo, se me escapó de las manos, rodando tontamente fuera de la cancha mientras mis piernas cedían y yo me desplomaba contra la madera pulida.

—¡Dante! —el grito de mi entrenador, una voz que normalmente me hacía saltar, sonó lejana, como si estuviera gritando desde el fondo de una piscina.

El dolor llegó en oleadas, una agonía blanca y cegadora. Intenté ponerme en pie por puro instinto, impulsado por ese ego que me decía que un rey no cae ante sus súbditos, pero mi pierna derecha ya no me pertenecía. Era de gelatina, un cable suelto que ya no conectaba con mi cerebro. Me derrumbé de nuevo, golpeando el suelo con el puño cerrado. No golpeé por el dolor físico, sino por la rabia volcánica que me quemaba la garganta.

—No te muevas, Ricci. ¡No te atrevas a moverte! —ordenó el médico del equipo, arrodillándose a mi lado con una velocidad que solo se ve en las tragedias.

A mi alrededor, el caos se transformó en algo mucho peor: un silencio sepulcral. No hay nada más aterrador para un deportista que el silencio de veinte mil personas. Era un silencio de funeral, de esos que huelen a flores marchitas y a finales definitivos. Podía ver, desde mi posición humillante en el suelo, las caras de horror en la primera fila. Vi a niños llorando y a hombres adultos con las manos en la cabeza. Vi los flashes de los celulares capturando mi desgracia en 4K, listos para subir mi caída a las redes sociales antes de que yo pudiera siquiera entender qué me había pasado.

—Es el cruzado, ¿verdad, Doc.? —gruñí entre dientes, apretando la mandíbula con tanta fuerza que temí que mis molares se hicieran trizas.

El médico no respondió de inmediato. Sus manos, expertas y frías, palpaban la zona que ya empezaba a inflamarse como un globo bajo mi licra. Su mirada esquiva fue la confirmación que no quería recibir. Para un hombre de treinta años, en el pico de su forma física y con un contrato de cien millones en juego, una rotura de ligamento no era solo una lesión; era una sentencia de muerte profesional. Era el recordatorio de que somos mortales, de que la máquina tiene fecha de caducidad.

—Vamos a sacarte de aquí, Dante. Respira. Todo estará bien —dijo, pero su voz temblaba un poco.

"Mentira", pensé mientras los paramédicos me subían a la camilla. Lo sabía por la forma en que mis compañeros me miraban, como si fuera un caballo que estaban a punto de sacrificar detrás del granero.

Mientras me sacaban por el túnel hacia las ambulancias que esperaban bajo las luces de neón de Nueva York, alcancé a ver por última vez el tablero. El tiempo se había agotado. El reloj marcaba ceros. Habíamos perdido el juego, habíamos perdido la temporada. Pero lo peor no era el marcador, sino la sensación de vacío absoluto en mi pecho. Por primera vez en mi vida, no tenía un plan para el día siguiente.

En ese momento, envuelto en el frío de la camilla y el estruendo de las sirenas, no podía saber que mi destino ya no dependería de mi puntería, de mis saltos verticales o de mi capacidad para dominar a otros hombres en una cancha. Mi destino estaba a punto de caer en las manos de la mujer más implacable que jamás conocería. Unas manos que, según decían, podían reconstruir cualquier músculo, pero que no tenían la más mínima intención de ser delicadas con mi orgullo herido.

Ella no sabía que yo era el Rey. Y lo que era peor: no le importaba en absoluto.

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¡Bienvenidas! Para todas las que vienen de "Cenizas en la Pasarela" y de seguir a los Volkov, esta es la historia que esperaban: el inicio de la redención del Rey de la Duela. 🏀💔

Esta novela está participando en el concurso oficial, así que ¡deséenme mucha suerte! Su apoyo es mi motor, así que no olviden dejar sus comentarios y sus estrellitas. ¡Gracias por estar en cada nueva aventura conmigo! ✨🏥




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