VALERIA
—Es un imbécil, Val. Un imbécil con mucha suerte y una rodilla completamente destrozada.
Marcos, mi asistente principal y la única persona en esta clínica que se atrevía a hablarme sin filtros, dejó caer el grueso expediente sobre mi escritorio. Suspiré, ajustando el cuello de mi bata blanca mientras giraba la silla para mirar la radiografía que iluminaba la pantalla de mi ordenador. El diagnóstico era, por desgracia, de manual: rotura completa del ligamento cruzado anterior, un desgarro grado tres en el menisco lateral y una inflamación periférica que hacía que su rodilla pareciera más una fruta podrida que una articulación humana. Una auténtica carnicería.
—Es mi paciente, Marcos. No me importa si es un imbécil, un santo o el próximo Papa —respondí sin apartar la vista de las sombras grises y blancas de la imagen—. Lo que me importa es que el dueño de los Knicks ha puesto un cheque con demasiados ceros sobre mi mesa. Quieren que este hombre vuelva a saltar y a encestar en seis meses. Si no lo logro, no es solo su carrera la que se va al traste, es la reputación de esta clínica.
Marcos soltó una risa seca y se cruzó de brazos.
—Pues buena suerte con eso. He llamado al hospital para coordinar el traslado y me han dicho que ha echado a tres enfermeros esta mañana. Al parecer, el señor Ricci opina que la comida del hospital es basura orgánica y que no piensa usar muletas de "pobre". Quiere una silla de ruedas motorizada y un fisioterapeuta hombre que "sepa de verdad lo que es el deporte".
Cerré los ojos un segundo, frotando el puente de mi nariz con cansancio. Llevaba diez años tratando con atletas de élite y el patrón siempre era el mismo. Se creían semidioses, seres de luz bendecidos por la genética, hasta que su propio cuerpo les recordaba, de la forma más violenta posible, que estaban hechos de carne, hueso y fragilidad. En ese momento, la mayoría no se volvía humilde; se convertían en niños malcriados con cuentas bancarias demasiado grandes.
—Dile que pase a la sala cuatro —ordené, poniéndome en pie y recogiendo mi tableta—. Y Marcos... dile que, si llega un minuto tarde, su cita se cancela. No me importa si viene en silla de ruedas o arrastrándose por el pasillo. Aquí el tiempo es mío.
Diez minutos después, la puerta de mi consultorio se abrió con un estruendo innecesario, el sonido del metal chocando contra el marco de madera. Dante Ricci entró en una silla de ruedas empujada por un asistente joven que parecía estar a punto de romper a llorar.
Dante no se veía como el hombre impecable que adornaba las portadas de GQ o Sports Illustrated. Tenía una barba descuidada de varios días que ensombrecía su mandíbula cuadrada, los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y un aura de furia tan densa que casi podías tocarla. La habitación, que solía ser un espacio de calma y curación, se sintió de repente pequeña, invadida por su presencia física.
—No voy a quedarme sentado en esta mierda de silla —fue lo primero que escupió. Su voz era un barítono áspero y profundo que vibró en mis oídos, cargado de una hostilidad eléctrica—. Y no pienso usar ese estúpido cabestrillo de plástico. Quiero algo que no me haga parecer un inválido.
Caminé hacia él con una parsimonia estudiada. No le mantuve la mirada; en su lugar, le arrebaté el informe médico que traía sobre el regazo sin pedir permiso. Me mantuve en silencio durante un minuto eterno, pasando las páginas mientras sentía su mirada quemándome la frente. No lo miré a él. Miré sus rodillas, la derecha oculta bajo un aparatoso vendaje y una férula rígida.
—Señor Ricci, vamos a dejar algo claro antes de que abra la boca otra vez —dije, levantando la vista por primera vez y clavando mis ojos en los suyos—. En este edificio, usted no es "El Rey", ni el MVP, ni la estrella de Nueva York. Aquí, usted es un paciente con una articulación que ahora mismo tiene la estabilidad de un anciano de ochenta años. Nada más.
Sus ojos, de un marrón tan oscuro que parecían pozos de obsidiana, se fijaron en los míos. Era guapo, sí, pero de una forma insultante y agresiva, como un depredador que acababa de ser enjaulado. Me recorrió de arriba abajo con una mirada lenta, evaluadora, el tipo de mirada que solía usar para intimidar a los árbitros o para desarmar a las mujeres en las fiestas. La mayoría se habrían sonrojado o habrían bajado la vista; yo simplemente me crucé de brazos, sosteniéndole el desafío.
—¿Y tú quién se supone que eres? —soltó al fin, con una sonrisa cínica que no llegó a sus ojos—. ¿La que trae el café o la secretaria que me va a dar la cita con un médico de verdad?
—Soy la doctora Valeria Méndez. La directora de rehabilitación de este centro —respondí con una calma que pareció irritarlo aún más—. Soy la persona que decidirá si usted vuelve a pisar una cancha de baloncesto de manera profesional o si pasará el resto de sus días viendo los partidos desde el sofá de su mansión mientras su pierna se atrofia hasta quedar convertida en un palo inútil. Yo soy la única razón por la que todavía tiene una oportunidad.
Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal, ese círculo de seguridad que los famosos suelen proteger con tanto celo. Pude olerlo: una mezcla de perfume de diseñador muy caro, el rastro metálico de los medicamentos del hospital y un aroma a hombre y frustración. Puse una mano firme, enguantada en látex negro, justo por encima de su venda, en la zona donde el cuádriceps empezaba a perder tono.