DANTE
Llevaba tres días en el infierno. Y el infierno no tenía llamas, sino que olía a desinfectante industrial, tenía paredes de un blanco clínico que me quemaba las pupilas y una carcelera llamada Valeria Méndez que parecía disfrutar genuinamente viéndome sudar frío.
—Una más, Ricci. No seas nena. Tu abuela tendría más estabilidad en ese cuádriceps que tú ahora mismo —soltó ella sin levantar la vista de su tableta. Estaba apoyada contra la pared con una pose de indiferencia que me daban ganas de gritar.
—Te... odio... —logré articular entre dientes. Cada fibra de mi pierna derecha vibraba como si estuviera conectada a una toma de corriente. El sudor me caía por las sienes y se me metía en los ojos, pero no me atrevía a soltarme de las barras de apoyo. Si lo hacía, sabía que ella me daría otra de sus charlas sobre "compromiso y disciplina".
—Ponte a la fila, "Rey" —respondió ella con un sarcasmo que cortaba—. Mi ex, la junta médica del club y el carnicero de la esquina que no está contento con mi dieta opinan exactamente lo mismo. No eres especial. Eleva la pierna. Dos centímetros más.
Estaba a punto de mandarlo todo al diablo, de llamar a mi agente y decirle que me buscara un fisioterapeuta en Suiza o en la Luna, cuando la puerta de cristal de la clínica se deslizó con un suave siseo.
Entró una ráfaga de aire fresco, rompiendo la atmósfera viciada de la sala, y con ella, la mujer más irreal que había visto en mi vida. Era alta, con una melena castaña que se movía con una suavidad de comercial de champú y una sonrisa que parecía tener la capacidad de iluminar hasta el rincón más deprimente de esta sala de tortura.
—¡Val! Perdona la tardanza, el tráfico en la Quinta Avenida estaba imposible. Creo que hubo un desfile o algo así —dijo la aparición, caminando hacia nosotros con una elegancia natural. Ignoró por completo que yo estaba allí, con el torso descubierto, empapado en sudor y luciendo como un animal herido en mitad de su rehabilitación.
Valeria cambió por completo. Fue como ver un eclipse terminar. Su rostro de piedra se suavizó, sus hombros se relajaron y sus labios se curvaron en una sonrisa genuina. Una sonrisa cálida, protectora. Una que, por supuesto, nunca me había dedicado a mí.
—Dame cinco minutos, Cami. Solo termino de humillar a la estrella de los Knicks y nos vemos —respondió Val, guardando su tableta en el bolsillo de su bata blanca.
—Oh, ¿es él? —La mujer, Camila, se acercó a la camilla. Sus ojos eran claros, amables, rebosantes de una curiosidad inocente que me desarmó. No me miró como la prensa, buscando la nota trágica, ni como los fans, con decepción. Me miró como si fuera una criatura herida que necesitaba consuelo—. Hola. Soy Camila. Siento muchísimo lo de tu rodilla. Vi la noticia en Instagram y se me rompió el corazón. Debe ser horrible pasar de estar en la cima a estar... bueno, aquí.
Me quedé mudo por un segundo, algo poco común en mí. Yo, que había salido con modelos de pasarela y actrices de reparto, me sentí como un principiante tartamudo. Había algo en ella que gritaba "clase alta", pero de la buena, de la que no necesita presumir. Era pura, dulce y era la distracción perfecta que necesitaba para olvidar que mi carrera profesional estaba ahora mismo en una bolsa de hielo.
—Dante —logré decir, forzando mi sonrisa de galán, esa que solía derretir cámaras—. Y sí, es bastante horrible, pero ver una cara como la tuya hace que todo este dolor valga un poco más la pena.
Valeria soltó un bufido tan fuerte y seco que casi pareció un estornudo de desprecio.
—No lo escuches, Cami. El narcisismo patológico es un efecto secundario común de su lesión. Se cree que su encanto es analgésico —intervino Val, tomando a su amiga del brazo para alejarla de mi camilla con una posesividad casi maternal—. Espérame en la recepción, solo tengo que aplicar el vendaje compresivo y soy libre. No quiero que te contamines con tanto ego.
Vi a Camila alejarse, despidiéndose con un gesto elegante de la mano que me dejó el corazón latiendo más rápido que cualquier entrenamiento de pretemporada. Ella era luz. Valeria era la tormenta que me mantenía anclado al suelo.
—Es tu amiga —dije, más como una afirmación que como una pregunta, mientras Valeria regresaba a mi lado con un rollo de venda elástica.
—Es mi hermana pequeña. Mi mejor amiga —respondió ella, retomando su tono profesional y gélido de inmediato. Me tomó la pierna con una firmeza que me hizo sisear de dolor—. Y ni lo pienses, Ricci. No eres su tipo. Camila es demasiado buena, demasiado dulce y demasiado... íntegra para un tipo que solo sabe morder y usar a las personas. No permitiré que ensucies su mundo con tu estilo de vida de estrella del rock.
—Es libre de elegir, ¿no? —sonreí, aunque el dolor de la venda apretando mi rodilla inflamada me hizo apretar los dientes—. Además, tú y yo vamos a pasar mucho tiempo juntos, Doctora. Meses de sudor, contacto físico y cercanía. Sería una pena que nuestra relación fuera tan... hostil. Quizá podrías presentarnos formalmente en una cena familiar.
Valeria terminó de asegurar la venda con un tirón seco y experto que me sacó un gruñido involuntario. Se inclinó sobre mí, apoyando sus manos a ambos lados de mis hombros en la camilla, atrapándome. Sus ojos grises, a pocos centímetros de los míos, chispeaban bajo las luces de neón de la clínica.