Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 4.

DANTE

—Doscientos mil dólares.

Valeria ni siquiera parpadeó. Siguió anotando en su tableta con una calma que empezaba a sacarme de quicio. El sonido rítmico del lápiz digital golpeando la pantalla era lo único que rompía el silencio sepulcral de su oficina privada. Era una habitación pequeña, pulcra, que olía a café recién hecho y a una eficiencia aterradora. Estábamos a solas después de la sesión con Camila. El rastro de su aroma —algo dulce y floral, como un jardín en primavera— todavía flotaba en el aire, recordándome exactamente por qué estaba sentado frente a esta mujer, humillándome de una forma que nunca imaginé.

—Doscientos mil dólares adicionales a lo que ya te paga el club, Valeria. Solo por ser... amable —repetí, reclinándome en la silla de cuero de diseño italiano. Traté de recuperar mi aura de "Rey", esa que hacía que los defensas retrocedieran en la cancha, aunque ahora mismo tuviera la rodilla derecha envuelta en una bolsa de hielo y me sintiera como un trasto viejo y olvidado en un bote de basura—. No es un soborno, míralo como un bono por servicios especiales. Solo tienes que convencer a tu hermana que necesita un "guía" en el mundo del deporte. Invítala a mis sesiones. Haz que coincidamos fuera de aquí en lugares que no huelan a hospital. Tú pones las reglas del encuentro, yo pongo el dinero. Es un trato en el que todos ganan.

Valeria dejó la tableta sobre el escritorio de cristal con un golpe seco que me hizo dar un respingo imperceptible. Lentamente, se quitó las gafas de montura fina y me miró de frente. Sus ojos grises eran como dos trozos de granito pulido; no brillaban con la ambición que estoy acostumbrado a ver en la gente cuando hablo de cifras con seis ceros. Al contrario, brillaban con un desprecio tan puro, tan absoluto, que por un segundo me sentí como si me hubiera encogido en la silla, como si fuera un niño pequeño siendo regañado por la directora del colegio.

—¿De verdad crees que todo el mundo tiene un precio, Ricci? ¿O es que tu ego es tan masivo y deforme que no concibes la idea de que alguien te diga "no" a la cara sin pestañear? —Su voz era suave, pero cada palabra tenía el filo de un escalpelo.

—Todo el mundo quiere algo, Doctora. No me vengas con santidades de mártir. ¿Qué es lo que quieres tú? ¿Una clínica tres veces más grande que esta oficina de juguete? ¿Equipos de última generación traídos de Alemania? Ponle nombre, firma el papel y mañana mismo tienes el depósito en tu cuenta corriente. No me hagas perder el tiempo con moralismos.

Valeria se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio personal con esa seguridad gélida que me descolocaba por completo. Sus labios, pintados de un tono neutro, pero perfectamente perfilados, se tensaron en una línea fina y peligrosa. Me di cuenta de que ella no me tenía miedo; es más, me miraba como si fuera un experimento biológico interesante, pero defectuoso.

—Quiero que cierres la boca —dijo en un susurro gélido—. Quiero que dejes de ver a mi hermana como si fuera un trofeo de consolación para tu carrera en pausa. Camila no es una zapatilla de edición limitada que puedas comprar, y yo no soy tu maldita agente de relaciones públicas. Entiende una cosa muy clara: no necesito tu dinero sucio ni tus limosnas de estrella acabada. Mi clínica está llena de atletas que sí tienen respeto por su propio cuerpo, por su recuperación y, sobre todo, por mi trabajo.

Me quedé helado. Literalmente, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el hielo que enfriaba mi rodilla inflamada. Nadie me hablaba así. Nadie se atrevía a decirme que mi dinero, ese que tanto me había costado ganar a base de golpes y canastas, no servía para nada en este pequeño reino de paredes blancas.

—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir y mi paciencia se agota más rápido que tu saldo de simpatía —continuó ella, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador que sabe que tiene a su presa acorralada en un callejón sin salida—. El dueño del club me llamó esta mañana. Estaba muy preocupado, o eso dijo. Tu contrato tiene una "cláusula de conducta y salud" muy específica, Dante. Si yo firmo un reporte oficial diciendo que no estás cooperando, que te saltas las normas o que tu progreso es nulo por pura falta de disciplina y exceso de soberbia... te cortan. Estás a una sola firma mía de ser un exjugador de treinta años con una cuenta bancaria gorda, pero sin un solo propósito en la vida más que gastarte los ahorros en terapia psicológica para superar tu irrelevancia.

El golpe dolió más que la propia cirugía y los puntos de sutura. Ella tenía el dedo sobre el interruptor de mi existencia profesional. Si Valeria Méndez decía que yo no servía, los Knicks me tirarían a la basura en menos de lo que tarda en sonar la bocina del final del partido. Mi legado, mi gloria, todo dependía de una mujer que parecía odiar mi mera existencia.

—Así que aquí está mi contraoferta, "Rey" —Valeria se acercó tanto que pude ver las diminutas motas doradas en sus iris grises y oler ese aroma a jabón limpio y desinfectante que emanaba de su piel, un contraste violento con el calor que desprendía su cuerpo—. Tú vas a ser mi perro faldero durante los próximos meses. Vas a llegar diez minutos antes a cada cita, vas a hacer cada maldita repetición sin quejarte ni una sola vez, vas a comer exactamente lo que yo te marque en la dieta —nada de chuletones de mil dólares ni alcohol— y vas a dormir las ocho horas que yo te ordene. Si lo haces... si dejas de ser un imbécil arrogante y te conviertes en el paciente perfecto, yo misma te presentaré a Camila en un entorno seguro, donde ella pueda verte como un hombre y no como un proyecto de rehabilitación con mala actitud. Ese es el único trato que vas a recibir.




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