VALERIA
El despertador sonó a las 4:45 AM, como cada mañana, pero hoy el café se sentía más necesario que de costumbre. Mientras el agua hervía en mi cocina silenciosa, no pude evitar pensar en Dante Ricci. Ayer, cuando le estreché la mano en mi oficina, sentí una descarga que todavía parecía vibrar en la palma de mi mano. Era arrogante, ensimismado y representaba todo lo que detestaba de la cultura del estrellato deportivo, pero tenía algo en los ojos —una mezcla de desesperación y fuego— que me decía que este no iba a ser un caso ordinario.
Llegué a la clínica cuando el cielo de Nueva York todavía era de un azul oscuro y gélido. Encendí las luces de la sala de rehabilitación, el zumbido de los fluorescentes siendo el único sonido en el edificio vacío. Preparé las ligas de resistencia, las pesas rusas y ajusté la altura de la camilla. Quería que todo estuviera listo. Quería que cuando él entrara, sintiera que había entrado en mi territorio, en mi campo de batalla.
A las 5:58 AM, escuché el sonido de un motor potente rugiendo frente a la puerta. Un minuto después, la puerta se abrió.
Dante entró cojeando, apoyado en sus muletas de fibra de carbono. No traía la silla de ruedas, lo cual era un punto a su favor, aunque su rostro gritara que preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta. Venía con una sudadera negra de marca que costaba más que mi coche y unos pantalones cortos que dejaban ver la musculatura de sus piernas. Incluso con una rodilla atrofiada por la cirugía, sus piernas eran un monumento a la potencia atlética.
—Llegas dos minutos antes —dije sin mirarlo, fingiendo que estaba muy concentrada revisando unos parámetros en la computadora—. Empezamos bien, Ricci.
—No te acostumbres, Doctora. Solo quería asegurarme de que estabas despierta. No querría que te quedaras dormida mientras intentas torturarme.
Su voz era aún más ronca a estas horas de la madrugada. Me di la vuelta y le señalé la camilla central.
—Sudadera fuera. Necesito ver la alineación de tu columna y cómo compensas el peso al sentarte. Muévete.
Dante gruñó algo que sonó como un insulto en italiano, pero obedeció. Se quitó la sudadera con un movimiento fluido, revelando un torso que parecía esculpido en mármol. Cicatrices menores de batallas pasadas en la cancha, hombros anchos y una estructura abdominal que hablaba de años de sacrificio. Por un segundo, mi cerebro profesional se desconectó y mi cerebro de mujer tomó nota: era, objetivamente, un hombre espectacular. Pero recuperé el control antes de que él pudiera notar siquiera un parpadeo en mi expresión.
—Túmbate. Vamos a empezar con movilidad pasiva. Si duele, te aguantas. Si el dolor es punzante, avísame.
Me acerqué y puse mis manos sobre su pierna derecha. Estaba caliente, la piel tensa por la inflamación interna. Al primer contacto, Dante se tensó tanto que sus músculos se pusieron duros como piedras bajo mis dedos.
—Relájate, Dante. Si peleas contra mis manos, te vas a lastimar más —susurré, empezando a mover su rodilla en ángulos milimétricos.
—Es difícil relajarse cuando siento que estás intentando arrancarme la pierna —masculló él, cerrando los ojos y apretando los puños contra la superficie de la camilla.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era diferente. Solo se escuchaba su respiración pesada y el roce de mis guantes de látex contra su piel. Me concentré en el tejido, en la forma en que su rótula se desplazaba. Estaba tan cerca de él que podía oler su piel: un rastro de jabón de sándalo y ese aroma metálico del sudor frío por el esfuerzo.
—¿Por qué lo haces, Valeria? —preguntó de repente, con los ojos todavía cerrados. Su voz había perdido un poco de esa agresividad defensiva.
—¿Hacer qué? ¿Mi trabajo?
—No. Por qué ser tan... así. Tan dura. Podrías ser la fisioterapeuta estrella de cualquier equipo, ganar millones y ser la favorita de todos los jugadores si tan solo sonrieras un poco más y apretaras un poco menos.
Me detuve un momento, sosteniendo su pantorrilla con firmeza. Lo miré a la cara. Sus pestañas eran largas y oscuras, contrastando con la palidez de su piel por el dolor.
—Porque si sonriera y fuera blanda contigo, serías un lisiado de lujo en un año, Dante. La mayoría de la gente a tu alrededor te dice lo que quieres oír porque eres "El Rey". Yo te digo lo que necesitas oír porque soy la única que no quiere nada de ti, excepto que camines bien. Mi lealtad no está con tu fama, está con tu anatomía.
Dante abrió los ojos y me sostuvo la mirada. Había una intensidad en ese contacto visual que me hizo sentir que la temperatura de la sala subía varios grados. No era odio, al menos no en ese momento. Era una curiosidad peligrosa.
—Eres una mujer extraña, Doctora Méndez.
—Y tú eres un paciente que habla demasiado. Boca abajo. Vamos a trabajar la extensión del tendón de la corva.
El resto de la sesión fue un combate silencioso. Lo empujé hasta el límite de sus fuerzas. Lo vi sudar, lo vi temblar y lo vi morderse el labio inferior hasta casi sacarse sangre para no gritar cuando presioné un punto gatillo en su menisco. Hubo momentos en que nuestras manos se rozaron más de lo necesario, momentos en que tuve que apoyar mi cuerpo contra el suyo para hacer palanca y estabilizar su cadera. Cada vez que eso pasaba, una corriente eléctrica recorría mi columna.