Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 6.

DANTE

El dolor no es algo nuevo para mí. He pasado media vida jugando con esguinces de tercer grado, con dedos fracturados que mis entrenadores simplemente vendaban con cinta adhesiva para que pudiera seguir encestando, y con una espalda tan tensa que cada paso se sentía como un cristal rompiéndose en mi columna. Pero esto... esto no era solo dolor físico. Era una humillación constante, orquestada por una mujer que parecía leer mis debilidades como si fueran un libro abierto y que disfrutaba viendo cómo mi orgullo se desmoronaba entre sus manos enguantadas.

Eran las 6:15 de la mañana. El Madison Square Garden estaba a pocas manzanas de aquí, durmiendo bajo la bruma grisácea de Nueva York, mientras yo me encontraba tumbado boca abajo en la camilla de Valeria Méndez, sintiéndome como una sombra patética de lo que solía ser. El silencio de la clínica solo era interrumpido por mi respiración entrecortada y el roce de la tela. Sudaba tanto que el pecho se me resbalaba sobre el tapizado de cuero negro, y la sensación de impotencia empezaba a quemarme más que la propia lesión.

Valeria tenía su rodilla apoyada con fuerza en el borde de la camilla para hacer palanca, una técnica que en cualquier otro contexto habría resultado íntima, pero que aquí era puramente mecánica. Sentí todo el peso de su cuerpo presionando contra mi cadera mientras tiraba de mi pierna derecha hacia atrás, buscando una extensión que mi cerebro juraba que era anatómicamente imposible.

—Respira, Dante. Si bloqueas el aire, tus músculos se cierran como una fortaleza. Deja que el oxígeno llegue a la articulación, o te vas a desgarrar tú solo por puro miedo —ordenó ella con esa voz autoritaria que me daban ganas de besarla o de gritarle.

Su voz estaba peligrosamente cerca de mi nuca, vibrando en el aire frío de la mañana. Sentí su respiración cálida rozándome el lóbulo de la oreja cuando se inclinó aún más para ajustar la presión en mi muslo. Sus dedos, aunque firmes y profesionales, quemaban a través de mi piel de una forma que nada tenía que ver con la rehabilitación. Me obligué a cerrar los ojos con fuerza, hundiendo la cara en el hueco de la camilla, tratando de no pensar en cómo se sentirían esas mismas manos si no estuvieran buscando un ligamento roto, sino algo mucho más pecaminoso. La odiaba, me repetía a mí mismo como un mantra, pero mi cuerpo parecía haber olvidado el guion de "enemigos" y empezaba a reaccionar a su cercanía de una forma que pronto sería imposible de ocultar bajo mis pantalones cortos de entrenamiento.

—Es... fácil... decirlo para ti —logré articular, con los dientes tan apretados que me dolía la mandíbula. El olor a jabón neutro y ese aroma a sándalo que ella despedía se mezclaba con mi propio sudor, creando una atmósfera densa y asfixiante que me nublaba el juicio—. Siento que se va a romper otra vez, Valeria. Joder, para un poco.

—No se va a romper. Los puntos de la cirugía están sólidos y yo sé exactamente hasta dónde estirar antes de que el tejido ceda. Confía en mis manos, Ricci. No en el terror que tienes de no volver a ser el de antes.

Ese era el maldito problema. Empezaba a confiar en sus manos demasiado. Valeria trabajaba con una precisión que rozaba lo obsesivo; cada presión, cada movimiento, tenía un propósito clínico. Pero el roce sutil de su bata contra mi piel descubierta y la firmeza de sus dedos sobre mis tendones estaban haciendo que mi pulso se disparara por razones que no tenían nada que ver con el ejercicio aeróbico. Era una tortura deliciosa y frustrante.

De repente, un pinchazo agudo, como un clavo ardiente atravesando el hueso, me recorrió la rodilla. Solté un gruñido gutural y tensé todo el torso, soltándome de los bordes de la camilla y dándome la vuelta con una torpeza que hirió mi orgullo más que mi pierna.

—¡Basta! —rugí, sentándome de golpe. La furia, el agotamiento y el dolor se mezclaron en mi pecho, y por un segundo, mi mirada fue una declaración de guerra abierta.

Valeria retrocedió un paso, sorprendida por mi arrebato, pero lejos de estar asustada. Se quedó allí, de pie, con la espalda recta y esos ojos grises analíticos que siempre parecían estar buscando la fisura exacta en mi armadura para terminar de romperla.

—Dante, si te detienes ahora por un simple berrinche, perderemos todo el rango de movimiento que hemos ganado en los últimos quince minutos. No me hagas perder el tiempo, mi agenda no está para caprichos de estrellas mimadas.

—¡No puedo más, joder! —Exploté, y esta vez no fue el Rey el que habló, sino el hombre asustado detrás de la fama—. ¿Crees que no me esfuerzo? ¡He ganado campeonatos con fracturas por estrés en los pies y no me he quejado! Pero esta pierna... esta maldita pierna no me obedece. Me siento como un maldito juguete roto que estás intentando pegar con pegamento barato para que los dueños del club no pierdan su inversión.

Me pasé las manos por el pelo, que estaba empapado en sudor, y bajé la cabeza, ocultando la mirada entre mis hombros anchos. No quería que me viera así. No quería que la "dictadora" viera que el hombre de las portadas de revistas estaba a punto de desmoronarse en su consultorio. El silencio que siguió fue distinto. No fue la habitual tensión cortante, sino algo más pesado, denso y cargado de algo que no supe identificar.

Escuché el siseo de sus pasos sobre el suelo de linóleo. Valeria no se quedó a distancia; se acercó y se sentó en el pequeño taburete rodante justo frente a mí, obligándome a levantar la vista. Estábamos tan cerca que nuestras rodillas casi se tocaban, y podía ver las pequeñas pecas en su nariz que la hacían parecer casi humana.




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