DANTE
La fiesta se había disuelto entre el humo de los últimos cigarrillos y el eco de una música que alguien finalmente se dignó a apagar. Mi ático, que hace apenas una hora era un hervidero de testosterona, risas de jugadores de la NBA y el tintineo de copas de cristal caro, ahora se sentía extrañamente vacío. O casi vacío. El silencio que quedaba no era relajante; era pesado, cargado con la electricidad estática de lo que acababa de ocurrir frente a todos.
Camila seguía ahí. No se había ido con el resto del grupo. Estaba de pie junto al enorme ventanal de tres metros de altura, mirando las luces infinitas de Manhattan como si estuviera descifrando un código secreto en el horizonte. No se veía como la mujer risueña y ligera que había estado coqueteando conmigo y riendo de mis chistes toda la noche. Había una rigidez nueva en sus hombros, una rectitud en su espalda que me puso en alerta de inmediato.
—Ha sido una gran noche, Cami —dije, tratando de recuperar mi tono de "Rey de la Duela". Me apoyé en mi muleta de fibra de carbono mientras me acercaba a ella, el sonido del metal contra el suelo de mármol resonando en la estancia vacía—. Gracias por convencer a Valeria de venir. Quería limar asperezas con mi fisioterapeuta fuera de esa bata de hielo que usa como armadura.
Ella se giró con una lentitud que me erizó los vellos de la nuca. No había rastro de la sonrisa dulce y los hoyuelos que solía dedicarme. Su mirada era afilada, directa y helada, como un tiro libre en el último segundo de un séptimo juego de finales.
—¿De verdad me estás dando las gracias, Dante? ¿O simplemente estás intentando medir qué tanto me di cuenta del espectáculo de posesividad que acabas de dar frente a todo tu equipo? —Su voz no tembló ni un poco.
Me quedé helado a mitad de paso. El "Rey" se quedó sin palabras, una sensación que odiaba.
—No sé de qué hablas. Jordan se pasó de la raya, fue un desubicado con ella y yo solo...
—Jordan es un idiota, Ricci. Todo el mundo en esta ciudad lo sabe. Pero tú... tú no reaccionaste como un paciente agradecido protegiendo a su doctora de un tipo pesado. Reaccionaste como un hombre que cree que Valeria Méndez es de su propiedad. —Camila caminó hacia mí con pasos decididos, acortando la distancia hasta que su dedo índice se clavó con fuerza en mi pecho, justo sobre el tatuaje que ocultaba mi corazón—. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. Valeria no es solo mi hermana de sangre. Es la mujer que me recogió del suelo cuando mi mundo se hizo pedazos, la que ha estado en cada una de mis derrotas sin pedir nada a cambio. Mi lealtad hacia ella es más antigua, más profunda y mucho más fuerte que cualquier fascinación pasajera que yo pueda sentir por un hombre con tu fama.
Traté de soltar una risa cínica, de recuperar mi máscara de arrogancia habitual, pero ella no me dejó ni un milímetro de espacio para maniobrar. Su presencia llenaba la habitación de una forma que no esperaba de alguien tan "dulce".
—Si piensas que soy la niña ingenua que se va a quedar sentada bebiendo champán mientras tú juegas a dos bandas, estás cometiendo el error más grande de tu carrera. Tal vez me veas muy tierna con mis vestidos de flores y mi risa fácil, pero no me has visto realmente enfurecida. Y te aseguro algo, Ricci: sé usar un bate de béisbol tan bien como tú usas ese balón, y no me temblará el pulso para romperte la otra rodilla si te atreves a lastimarla o a usarla.
—Camila, por favor... no hay nada entre ella y yo. Es solo... es una relación de trabajo complicada por la presión de los Knicks —mentí, aunque la palabra "complicada" se sintió como una verdad punzante que me quemaba la garganta.
—No me mientas a la cara. Vi cómo la mirabas cuando creías que nadie te observaba. Vi cómo la sujetaste de la cintura, queriendo marcarla como si fuera un territorio conquistado. Y lo más preocupante de todo, Dante... vi cómo ella te miró a ti cuando creyó que el mundo se había detenido. —Camila suspiró, y por un breve instante la dureza de su rostro se suavizó con una nota de tristeza pura—. Si hay algo entre ustedes, dímelo ahora. No voy a ser el obstáculo entre mi hermana y su felicidad. Prefiero apartarme ahora mismo. Pero lo que no voy a permitir, bajo ninguna circunstancia, es ser el juguete que uses para encubrir lo que sientes por ella o para darle celos.
Se alejó hacia la entrada principal, recogiendo su bolso de diseñador con un movimiento seco y decidido. Antes de salir, se detuvo bajo el marco de la puerta y me miró por encima del hombro, con una expresión que mezclaba la decepción con la advertencia final.
—Valeria es íntegra. Ella nunca me traicionaría, es capaz de sacrificar su propio corazón por no herirme a mí. Y por eso mismo, no voy a permitir que un tipo como tú la ponga en esa posición de mierda. Aléjate de ella si esto es solo un capricho de tu ego, Dante. Porque si le rompes el corazón, Nueva York se te va a quedar muy pequeña para esconderte de mí. Y créeme, no querrás conocerme cuando decida que eres mi enemigo.
La puerta de roble macizo se cerró con un clic definitivo que retumbó en mis oídos como un disparo. Me quedé allí, solo en la inmensidad de mi ático, con el corazón martilleando contra mis costillas. El plan original de usar a Camila para vengarme de la frialdad de Valeria acababa de explotar en mil pedazos frente a mis ojos.
Camila no era el trofeo indefenso; era la jueza y el verdugo. Acababa de dejarme claro que en este juego de "Tiro Libre", yo no era el que ponía las reglas, ni el que controlaba el reloj. Si seguía adelante con esta mentira, podía perderlo todo: mi rehabilitación, mi reputación y, lo más aterrador, la única oportunidad real de que Valeria me viera como algo más que un contrato millonario con patas.