DANTE
El lunes por la mañana, el silencio de la clínica se sentía como una condena. Me dolía la rodilla, claro, pero el dolor físico no era nada comparado con el martilleo incesante en mi cabeza cada vez que recordaba mi comportamiento en la fiesta del viernes. El eco de la música urbana y el olor del perfume de Valeria parecían haberse quedado instalados en mi sistema, saboteando mi capacidad de pensar con claridad.
Había sido un idiota. Un idiota posesivo de primera categoría. Había marcado territorio frente a Jordan como si Valeria fuera un trofeo de campeonato, una propiedad privada que nadie más podía siquiera mirar. Y lo peor de todo es que, por un segundo —un segundo que me aterraba reconocer—, me había olvidado por completo de que Camila estaba observándolo todo. El plan original de usar a Valeria para llegar a su hermana se estaba desmoronando más rápido que una defensa mal organizada, sobre todo después de la "charla" que Camila me dio antes de irse de mi ático. Mi cerebro se negaba a procesar otra imagen que no fuera la de Valeria con ese vestido negro de seda, desafiándome con la mirada mientras mi mano apretaba su cintura.
Cuando la puerta de la sala de fisioterapia se abrió, me tensé tanto que mi rodilla soltó un latigazo de advertencia. Ella entró con su bata blanca impecable, crujiendo con cada paso, y el cabello recogido en una coleta tan tirante que parecía que sus facciones eran de cristal pulido. No quedaba ni rastro de la mujer de los labios rojos y la mirada encendida de la otra noche. Esta era la doctora, la carcelera, la mujer que no aceptaba sobornos.
—Túmbate en la camilla, Ricci. Sin perder el tiempo. Ya vamos cinco minutos tarde —dijo sin mirarme. Su voz era un bloque de hielo seco que me quemó la piel.
—¿Ni siquiera un "hola"? ¿Tan mala fue la fiesta que perdiste los modales, Doctora? —intenté bromear, aunque mi voz sonó más ronca y profunda de lo habitual.
Valeria dejó su tableta sobre la mesa de metal con un golpe seco que resonó en toda la sala y finalmente se giró hacia mí. Sus ojos grises, usualmente tranquilos, estaban cargados de una furia contenida que me hizo enderezar la espalda.
—La fiesta fue un error, Dante. Un error táctico, ético y profesional. Lo que hiciste frente a tu equipo y, sobre todo, frente a Camila... fue absolutamente inaceptable. Me pusiste en una posición en la que nunca debí estar.
—Jordan es un imbécil que no sabe cuándo cerrar la boca ni dónde poner las manos. Solo te estaba protegiendo de un tipo que no sabe aceptar un "no" —me defendí, aunque sabía que mi argumento era débil.
—No necesito que me protejas, y mucho menos de esa forma tan primitiva —se acercó a la camilla, obligándome a tumbarme—. Aquí soy yo la que tiene el control, Ricci. ¿Lo has olvidado? En el momento en que me tocaste la cintura frente a todos, pusiste en duda mi autoridad profesional. Si los Knicks se enteran de que su estrella está teniendo "arranques de celos" con el personal médico, mi carrera se acaba.
Se puso los guantes de látex con ese chasquido seco que ahora me ponía los pelos de punta. Sus manos cayeron sobre mi rodilla con una firmeza que bordeaba el castigo físico. Solté un siseo de dolor.
—Te pasaste con el alcohol el viernes, ¿verdad? La retención de líquidos en la articulación es evidente. Te dije que nada de toxinas. Eres un irresponsable que pone en riesgo meses de trabajo por una noche de copas.
—Solo fueron un par de copas para celebrar que sigo vivo, Valeria. No seas tan dramática.
—Dramática es la forma en que tu ligamento está reaccionando al exceso de toxinas. Si crees que este proceso es un juego, dímelo ahora mismo y dejamos de perder el tiempo.
El ambiente en la sala estaba cargado de una electricidad estática casi insoportable. El recuerdo de su cuerpo pegado al mío volvía como un flash cegador. No podía respirar bien con ella tan cerca, oliendo a ese jabón neutro que empezaba a obsesionarme.
—Camila me confrontó antes de irse de mi casa —solté de repente, queriendo romper el hechizo—. Me dejó muy claro lo que piensa de nosotros. O de lo que ella cree que somos.
Valeria se detuvo en seco. Sus manos se quedaron quietas sobre mi pierna.
—Lo sé. Hablé con ella —respondió, todavía con la vista fija en mi rodilla—. Me dijo que notó cosas que no debería haber notado. Está confundida, Dante. Y me duele saber que ella está dispuesta a hacerse a un lado solo porque cree que hay algo entre nosotros.
Valeria finalmente levantó la vista. Lo que vi en sus ojos me dejó desarmado: una vulnerabilidad cruda.
—No somos cercanos, Dante. Métetelo en la cabeza. Somos un contrato. Y si no puedes mantener esa línea clara, esto se acaba hoy mismo. Ella es mi propia sangre, mi hermana. No voy a dejar que tú, con tu ego de "Rey", nos metas en medio de tus estúpidos juegos de conquista. Ella sacrificaría su felicidad por la mía, y eso es exactamente lo que no voy a permitir que pase.
—¿De verdad crees que todo esto es un juego para mí? —me incorporé sobre los codos, quedando a escasos centímetros de su rostro—. Lo de la fiesta no fue un juego, Valeria. Lo que sentí cuando ese idiota te puso la mano encima no fue parte de ningún plan. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro pudiera detenerlo.
—Pues debería haberlo sido —susurró ella. Su mirada bajó a mis labios por una fracción de segundo—. Porque si no es un plan, Dante... si es real... entonces estamos metidos en un problema mucho más grande que una rodilla destrozada.