Tiro Libre: Corazones en Juego

Capítulo 10.

DANTE

Hay derrotas que no se ven en el marcador, sino en la mirada de un hombre que ha perdido su propósito. Lo supe en cuanto puse un pie en el modesto apartamento de Queens. No necesité que nadie me lo diera por escrito; el olor a ungüento barato, las fotos amarillentas de los Chicago Bulls de los noventa colgados en marcos desgastados y el silencio pesado, ese que solo habita en las casas donde se guardan demasiados "hubiera sido", me dieron la bienvenida.

Me había costado una pequeña fortuna en favores —y prometerle a Marcos que le conseguiría una camiseta firmada por todo el equipo— convencerlo de que me diera la dirección. Pero después de lo que Valeria me soltó en la clínica sobre los "jugadores que se apagan", no podía sacarme esa imagen de la cabeza. Sabía que su padre, Ricardo Méndez, era la razón de su armadura de hielo, el origen de esa obsesión por la perfección médica que la hacía tan insoportable y, a la vez, tan magnética.

—¿Quién es usted y qué hace en mi casa? —La voz era ronca, cansada, pero conservaba un rastro de la autoridad que alguna vez tuvo en la duela.

Ricardo se fue a sentar en un sillón desgastado por los años, con la pierna derecha extendida sobre un taburete. Tenía el mismo gris tormenta en los ojos que Valeria, pero sin el brillo de la esperanza; en él, el gris era de tristeza.

—Soy Dante Ricci. Juego para los Knicks —dije, tratando de modular mi tono para no sonar como el tipo engreído que sale en las noticias todas las noches.

El hombre soltó una carcajada seca que terminó en una tos áspera.

—Sé quién eres, Ricci. Eres el chico de los cien millones que cree que el mundo le pertenece porque sabe encestar un balón naranja. ¿Qué haces en Queens? ¿Te has perdido de camino al Madison Square Garden o es que tu GPS no reconoce los barrios donde la gente trabaja para vivir?

—Vengo a pedirle un favor. O más bien, a ofrecerle un trato de hombre a hombre —me senté frente a él en una silla de madera que crujió bajo mi peso, ignorando el pinchazo de advertencia en mi propia rodilla—. Su hija es la mejor fisioterapeuta de Nueva York. Me está reconstruyendo pieza por pieza cuando nadie más daba un centavo por mí, pero ella tiene un punto ciego, un talón de Aquiles: usted. Sé que no deja que lo toque. Sé que prefiere ser un comentarista de radio de bajo presupuesto antes que admitir que necesita ayuda de la mujer que usted mismo crio.

Ricardo se tensó. El orgullo de un exjugador es una bestia herida difícil de domar.

—Valeria y Camila tienen su propia vida, Ricci. No necesito que mis hijas me miren con lástima cada vez que trato de caminar hasta la cocina. Mi carrera se acabó hace veinte años en una cancha de instituto por un diagnóstico de mierda hecho por un médico que tenía prisa. Ya es tarde para los milagros.

—Nunca es tarde para dejar de sentir que el cuerpo es una celda —solté, y por primera vez en mucho tiempo, no era una frase ensayada por mi agente de prensa—. Mire, tengo acceso al mejor equipo de rehabilitación portátil del país. Puedo hacer que lo traigan aquí mañana mismo bajo la excusa de un "estudio de casos" de los Knicks. Si usted acepta el tratamiento, le prometo que la próxima vez que Valeria o Camila crucen esa puerta, no lo harán para compadecerse de usted. Lo hará con el orgullo de ver a su héroe ponerse de pie.

—¿Y tú qué ganas con esto, Ricci? ¿Acaso mi hija no es lo suficientemente dura contigo y quieres comprar su voluntad?

—Gano no verme en ese espejo dentro de diez años —respondí con una honestidad cruda que me quemó la garganta—. Ella dice que soy un irresponsable, y quizás lo soy. Pero verlo a usted me recuerda que el "Rey" puede terminar en el exilio muy rápido.

El silencio se prolongó durante lo que parecieron siglos. Ricardo me escaneó de arriba abajo, observando mis muletas y la determinación en mis ojos. Finalmente, asintió con un gesto casi imperceptible.

Dos horas después, escuché la llave girar en la cerradura. Valeria entró cargada con dos bolsas de papel, hablando por teléfono con ese tono eficiente que usaba para dar instrucciones médicas. Se detuvo en seco cuando me vio allí, sentado en su mesa de formaica, compartiendo un café con su padre mientras revisábamos estadísticas de la liga de 1994.

—¿Dante? —Su voz fue un susurro cargado de una confusión que rápidamente se transformó en una llamarada de furia—. ¿Qué demonios haces tú aquí? ¿Cómo te atreves a invadir la casa de mi padre?

—Solo hablábamos de baloncesto, Doctora —dije, manteniendo la calma mientras Ricardo me lanzaba una mirada de advertencia—. Tu padre me estaba explicando por qué la defensa de zona es para cobardes. Y, por cierto... aceptó empezar el tratamiento con la tecnología de pulsos que le mencioné. El club lo enviará mañana.

Valeria soltó las bolsas. El sonido de una lata de sopa golpeando el suelo fue lo único que rompió el trance. Miró a su padre, que por primera vez en años no apartó la vista con amargura, y luego me clavó una mirada que habría derretido el glaciar más grande del Ártico. Se acercó a mí con pasos rápidos y decididos.

A pesar de que soy un gigante de casi dos metros y ella apenas me llega al hombro, Valeria me tomó del antebrazo con una fuerza que me obligó a seguirla. Me arrastró hacia el estrecho pasillo con la determinación de quien mueve una montaña, ignorando el hecho de que mi rodilla operada me hacía cojear un poco. Allí, donde las paredes de Queens parecían cerrarse sobre nosotros, me obligó a detenerme, quedando tan cerca de mi pecho que podía sentir el calor irradiando de su piel.




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